lunes, 13 de octubre de 2014

UMC: La princesa olvidada

La princesa olvidada



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, había una ciudad enterrada bajo el nivel del suelo cubierto de hiedra y con árboles tan grandes como casas usando las calles para plantar sus raíces. La ciudad había sido un lugar muy conocido hacía un tiempo, hogar de gente buena y hábil que se ganaba la vida creando esculturas e instrumentos. Pero tras una guerra tuvieron que marcharse y dejaron su preciosa ciudad vacía, abandonada, sin nadie para recorrer sus calles ni cantar las canciones que tanto amaban. O eso parecía, pues en esta ciudad vivía una niña.

Aria era una niña amable y cariñosa que nunca había visto a otro humano desde que nació. Los animales la habían criado entre todos y ellos le dijeron que hace muchos años, un humano visitó la ciudad con un bulto en sus brazos y, tras depositarlo en la plaza principal, se marchó tan rápido como había llegado. En ese bulto se escondía un bebé rosado y feliz que los animales decidieron llamar Aria, pues las arias de la ciudad eran lo que más echaban de menos de cuando los humanos todavía vivían en ella.

Con los años Aria creció, y se convirtió en una niña radiante, tanto en cuerpo con sus cabellos dorados y sus ojos almendra, como en alma con sus constantes risas y juegos. Aria fue el regalo más preciado que los animales jamás habían recibido, y cuando estos le contaron a la niña de los antiguos habitantes y las maravillas de la ciudad, Aria les entregó otro. Tras practicar por días y días, la niña les deleitó con una canción tan hermosa que los animales no pudieron hacer otra cosa que llorar de alegría. Y viendo que les había gustado tanto, Aria nunca dejó de cantar.

Al cumplir los catorce los animales llevaron a Aria a la superficie y le mostraron el lago cercano. Temiendo que algo le pasase a una niña tan pequeña su familia nunca le había dejado aventurarse muy lejos de la ciudad en la superficie así que el regalo fue inesperado y muy bien recibido. A Aria le gustó tanto el lago  que decidió quedarse todo el día jugando en la orilla con su familia. Tenía muchas ganas de ver el sol ponerse al atardecer.

A mediodía, sin embargo, algo ocurrió que hizo que los animales la mandaran esconderse tras unos arbustos. Escondida todavía, pero curiosa, Aria asomó un poco la cabeza y se encontró con que había un humano a caballo acercándose al lago. Parecía algo cansado y ciertamente el caballo tenía cara de dolor, pero Aria lo encontraba absolutamente fascinante. Era más mayor que ella, no sabía cuánto, pero tenía barba e iba vestido con armadura y parecía de bastante mal humor, maldiciendo su suerte por lo bajo. Aria decidió acercarse despacito para observarle sin que se diera cuenta y vio cómo el caballero desmontaba a orillas del lago y ambos bebían de las limpias aguas.

–¡Ay de mí! ¿Y ahora qué voy hacer? Debo llegar a palacio pronto, ¡o padre me degollará!

Horrorizada por tal exclamación y compadeciéndose del pobre hombre, Aria salió de la espesura y se acercó a él, sobresaltándolo.

–Vaya susto, pequeña doncella. ¿Quién sois y qué hacéis a orillas de este lago? ¿Venís a reíros de mi desgracia?

–¡Por supuesto que no! –respondió Aria muy ofendida–. Yo solo me acercaba con la intención de ayudaros. Pero si me tratáis así…

–¡No, no! Sois bienvenida. ¿Pero cómo podríais vos ayudarme a mí? –preguntó el caballero.

–Bueno, primero deberíais decirme cuál es el problema –dijo Aria por su parte, muy juiciosamente.

–Veréis, yo estaba de camino a la fiesta de cumpleaños de mi madre, que se celebrará en una semana, y como vivo muy lejos llevo ya dos viajando. Si continúo al mismo ritmo que hasta ahora llevo, llegaré en tres días, pero pasando por el bosque del norte mi caballo empezó a quejarse y ahora camina muy lento. De esta manera no llegaré a tiempo pero tampoco puedo decirle que vaya más rápido ni dejarlo atrás –explicó el caballero.

Aria se quedó pensativa, contemplando cuál podría ser la razón del retraso del caballo y porqué gemía en primer lugar. Habiendo crecido entre animales, no le supuso ninguna molestia acercarse al caballo y hacerle carantoñas para subirle el ánimo mientras buscaba el origen del problema. Mientras el caballo se acomodaba Aria se dio cuenta de que el pobre animal evitaba apoyar peso el una de sus patas traseras y se acercó con cuidado. El caballo le ayudó a levantar la pata y observando con detenimiento, Aria descubrió una rama gruesa de espino que se hallaba clavada en el casco.

–¡Ajá! –exclamó Aria–. Ya he encontrado la raíz del problema.

–¿Cuál es? –preguntó el caballero.

–Vuestro caballo tiene clavada una rama de espino en la pata y cada paso que da le duele, pues se le clava aún más. Por eso no puede correr ni andar rápido, toma cada paso con cuidado para que le duela lo menos que puede.

–Ya veo –respondió el caballero, levantándose de su lugar sentado en la orilla.

Entre los dos consiguieron sacarle la rama que tanto daño le hacía al caballo y este, muy contento, gemía de alegría.

–Muchísimas gracias por vuestra ayuda, mi querida doncella. ¿Me haríais el regalo de decirme vuestro nombre? Ahora voy con prisas pero sin duda volveré para agradecérselo con creces.

–Mi nombre es Aria –dijo ella y respondió que no hacía falta que le agradeciese el gesto.

–¡Tonterías! Como que soy Marte, príncipe de este reino, que se lo agradeceré de alguna manera.

Tras decir esto, el príncipe subió a caballo y se alejó a galope, dejando a Aria maravillada por quién acababa de conocer.

Muy contenta por el suceso, pero muy cansada dada la tardía hora, Aria se quedó a contemplar la puesta de sol y acto seguido volvió a la ciudad olvidada con su familia para dormir. Aria se pasó todo el día siguiente muy emocionada por su encuentro con el príncipe mientras los animales le decían que tuviera cuidado, no fuera alguien a aprovecharse de ella. Pero la veían tan emocionada que no podían bajarle los ánimos porque sí así que se dedicaron a contarle a Aria todo lo que sabían sobre el reino en el que estaban y sobre la familia real, que celebraría el cumpleaños de la reina en seis días.


Dos días después de haberse encontrado al príncipe Marte los animales la volvieron a llevar fuera para que esta vez explorara el bosque del norte. Ese que tantos problemas le había causado al príncipe y que tan intrigada la tenía. Y allí estaba ella, recogiendo setas y retirando cuidadosamente las que eran venenosas, cuando Aria volvió a encontrarse con un caballo. El pobre salió de la espesura con la silla de su jinete puesta y se veía que tenía miedo, no de lo que tenía detrás, sino que iba buscando ayuda. Al verla, el caballo se acercó y, cogiéndola de las faldas, la llevó arrastrando con él entre los arbustos hasta que salieron a un pequeño claro en el que había una tienda de campaña, un fuego apagado y otro caballero. Este, a diferencia del príncipe Marco, parecía que estaba dolorido ya que se agarraba la tripa y hacía ruiditos de dolor.

Aria, preocupada, se acercó a él y le preguntó qué pasaba, porqué estaba así.

–Cena… malo… envenenado… –consiguió gemir el hombre.

¿Envenenado? ¿Cena? ¿Podía ser que el caballero hubiera cenado algunas de las setas del bosque sin saber cuáles se podían comer y cuáles había que evitar? Decidida a ayudar a este hombre de la misma manera que lo había hecho con el príncipe, Aria cogió su saquito de setas y fue enseñándole al caballero todas las que le podían haber sentado mal hasta que éste le señaló cuáles se había comido. Sabiendo esto, la niña se puso manos a la obra y fue a recoger las hierbas que necesitaba tras haber encendido el fuego que había en el campamento. Aria tenía muy buena memoria así que se acordaba de las hierbas que había que tomar cuando uno comía lo que no debía. Los animales la habían criado muy bien y aunque siempre le traían ellos la comida, Aria había aprendido todo lo que podía no fuera que algo pasase y no supiera qué hacer.


Cuando ya tenía todas las hierbas las llevó al campamento y las puso a cocer, dándole agua al hombre de vez en cuando y poniéndole un paño frío en la frente para acallar la fiebre. Cuando ya tuvo el té listo se lo dio de beber y vio cómo poco a poco empezaba a mejorar. Pero estas cosas no se curan de la noche a la mañana así que cuando por fin el caballero estuvo bien ya era de noche y resolvió quedarse a dormir de nuevo y partir al alba.

–Os debo mi vida, pequeña doncella, no sé cómo agradecéroslo –dijo el caballero mientras ayudaba a preparar la cena.

Aria, que había decidido hacerle compañía hasta que se fuera por la mañana, respondió que no hacía falta que se lo agradeciese.

–¡Tonterías! Si no me hubieseis curado habría tardado mucho en volver a casa para la fiesta de cumpleaños de mi madre. Incluso puede que hubiera muerto por el camino por culpa de esas setas, así que debo agradecéroslo.

Oyendo de nuevo la misma frase que había usado anteriormente el príncipe Marte, Aria decidió saciar su curiosidad, pues estaba casi segura de que el caballero era otro de los príncipes del reino.

–¿Por casualidad no será vuestra madre la reina de este reino, ¿verdad?

–Sí, mi pequeña doncella, mi madre es la reina y yo soy Guillermo, segundo príncipe del reino. Tenía que cumplir con mis deberes y visitar al gobernante de un pueblo cercano y a la vuelta me ha pasado esto. Espero llegar a tiempo a la fiesta o madre estará muy triste.

Deleitada al ver que estaba en lo correcto, Aria se pasó toda la noche hablando con el príncipe y escuchando historias de la familia real, desde lo hermosa que era su madre y lo valiente que era su padre hasta lo torpe que era su hermano mayor y lo gracioso que era su hermano menor.

Al día siguiente el príncipe Guillermo montó en su caballo y se despidió tras prometerle que volvería a darle las gracias correctamente. Por su parte, Aria se dio cuenta de que con tanto hablar de la familia real y la capital del reino, el palacio y el cumpleaños de la reina, se había quedado con ganas de asistir ella también. Por desgracia ella no tenía ningún caballo y nunca había conocido ninguno cerca de la ciudad olvidada que estuviese dispuesto a llevarle al palacio. Triste por no poder ir pero al mismo tiempo sin darse por vencida, Aria decidió que al día siguiente volvería a salir de la ciudad y trataría de encontrar a alguien que la llevara. Después de todo, todavía quedaban cuatro días para la fiesta y si encontraba a alguien al día siguiente sería capaz de llegar a tiempo.

Al día siguiente, tal y como había decidido, Aria salió de la ciudad preparada para el viaje. Llevaba un pequeño saco con todo lo que tenía e iba acompañada de sus animales favoritos: Zorro, el gato rojo que parecía un zorro y que siempre le daba buenos consejos; Capitán, el conejo blanco con el que se pasaba los días jugando y Rey, el colibrí que siempre cuidaba de ella desde el aire.

Aria se puso en camino a la capital andando a su paso habitual, esperando que tarde o temprano encontraría a alguien que quisiera llevarla. Desgraciadamente, no había muchas carretas a aquella hora del día y parecía que todos los que iban a la ciudad no tenían espacio para llevarla. A mediodía, sin embargo, Aria volvió a encontrarse con otro caballero. Este iba cabizbajo y se veía que estaba triste por alguna razón así que Aria se le acercó a preguntarle qué problema tenía.


–Oh, pequeña doncella, os explicaré mi problema. Hace varios días ya salí de mi hogar esperando encontrar un regalo único para mi madre, que cumple años dentro de tres días. Sin embargo, no he tenido ninguna suerte y no he encontrado nada digno de su belleza.
Ante esto, Aria no pudo sino echarse a reír.

–¡Os burláis de mí! Y yo que pensaba que vos erais una persona amable –se quejó el caballero.

–No me burlo de vos –se apresuró a responder Aria, tras lo que no pudo evitar preguntar–. ¿No seréis vos por un casual el príncipe Andrés?

–¡Lo soy! –respondió este–. Y no necesito que nadie se burle de mí. Ya he tenido bastantes problemas por el camino. He entrado a cientos de moradas, buscado entre cientos de los más bellos tejidos, vestidos, pinturas y joyas y nada encuentro digno de mi hermosa madre.


–Os aseguro, mi príncipe, que no me río de vos, sino del hecho de que en los últimos cuatro días me haya encontrado con vuestros dos hermanos antes que a vos. Ambos con pleitos relacionados con el cumpleaños de la reina –explicó Aria.

–¿Es eso verdad? –se maravilló el príncipe–. ¡Debéis contarme vuestras historias!

Y así fue como Aria acabó contándole con pelos y señales al príncipe Andrés todo lo que había ocurrido desde el día de su cumpleaños cuando había conocido por primera vez a uno de sus hermanos. Aria pensaba que de esta manera quizás el príncipe recuperara el ánimo mientras que a este no dejaba de sorprenderle la mucha ayuda que una niña tan pequeña había prestado a sus dos poderosos y mucho más experimentados hermanos, los príncipes del reino. Fue gracias a todo lo que oyó que a Andrés se le ocurrió que podía pedirle ayuda a Aria para encontrar el regalo perfecto para su madre. La pequeña doncella, tras oír todo lo que ya había probado se quedó un rato pensando y, finalmente, sonrió con triunfo.

–¡Lo tengo! ¡Tengo el regalo perfecto! Seguidme, mi príncipe, y os llevaré hasta él.

El príncipe invitó a la pequeña doncella a subir a su caballo y, siguiendo sus indicaciones, lo guió hasta el bosque vecino, donde tras una larga caminata llegaron a un claro lleno de flores. Tan lleno de vida que rebosaba de color, el claro contenía flores de todos los tipos y tamaños y Aria aconsejó al príncipe que recogiera las flores más bellas y fuertes para su madre y las atara con un paño húmedo. De esta manera las flores no se secarían sino que siempre que mojaran el paño de vez en cuando, llegarían a palacio con el ramo más hermoso jamás ideado.

La idea encantó al príncipe, que tenía a su disposición tantas flores que no sabía por dónde empezar a montar el ramo. Con la colaboración de ambos les llevó hasta el atardecer juntar todas las flores necesarias pero el resultado era tan hermoso que a ninguno les importó tener que cabalgar toda la noche para poder llegar a tiempo a la fiesta de la reina. Pues, como agradecimiento por su ayuda, el príncipe Andrés se ofreció a llevar a Aria hasta palacio, donde pensaba presentarla a sus dos padres.

Tras tres días de duro camino ambos llegaron a tiempo para las festividades y, una vez allí, Aria se sorprendió al verse empujada y arrastrada de habitación en habitación en el palacio por las sirvientas, que recibieron del príncipe Andrés la orden de ponerla guapa y presentable para la fiesta. Aria, que nunca se había puesto guapa para nada, quedó un poco aturdida de todos los perfumes y el maquillaje que le aplicaron y entre los polvos y las brochas con colorete, Aria se dio cuenta de que con toda la emoción se había olvidado de tener listo un regalo para la reina. Al instante, la pequeña niña entró en pánico y recorrió el palacio tratando de encontrar a alguien para que la ayudase. Tarea nada fácil pues todos estaban muy ocupados con sus quehaceres y nadie podía hacerle caso. Cuando por fin pensaba que no había nada que hacer, una voz la sorprendió.

–¿No seréis vos, pequeña doncella, aquella que me curó en el bosque del norte?

Era el príncipe Guillermo con quien se había encontrado. Muy contenta, Aria le explicó su problema y vio cómo el príncipe se arrodillaba junto a ella con una sonrisa.

–No os preocupéis, mi pequeña dama, prometo ayudaros. Ya os dije en su momento que os devolvería el favor en un futuro, ¿cierto? Acompañadme y encontraremos un regalo adecuado para la reina.

Salvada por los pelos, Aria acompañó al príncipe al mercado, donde la niña encontró el broche más bonito que jamás había visto en su vida. Les dio el tiempo justo para envolverlo y volver al palacio antes de que la fiesta empezase. Dándole las gracias al príncipe Guillermo, Aria volvió al lado del príncipe Andrés pues no quería preocuparle.

Aria no se había divertido tanto nunca y tuvo el placer de bailar con el príncipe Andrés, con Zorro, Capitán y Rey, de comer los manjares más exquisitos y de jugar por primera vez con otros niños como ella. Aria se sentía como en un cielo que no quisiera dejar jamás. Al fin llegó la hora de que la reina abriese sus regalos y Aria esperó su turno con paciencia. El primero en darle su regalo fue el rey y luego los príncipes, después los condes y los duques, los marqueses, los capitanes y, al final, ella. La reina quedó encantada con el broche que el príncipe Guillermo le había comprado para que se lo regalase y cuando se enteró de quién Aria era y lo mucho que había ayudado a los príncipes, insistió en agradecérselo de alguna manera.

–No hace, falta, Su Majestad –insistió Aria–. Lo hice porque quise y los príncipes ya me lo han agradecido cada uno a su manera.

–Yo no –se opuso el príncipe mayor, Marte–. Recuerdo prometeros que os agradecería el gesto de alguna manera, si mal no recuerdo. De modo que creo que es hora de que lo haga. De hoy en adelante, si los reyes de este reino aceptan, me gustaría que formases parte de nuestra familia. Tendrás un cuarto para ti en el palacio, un caballo para recorrer el reino y estoy seguro de que cualquiera de nosotros te ayudarás si nos necesitas para algo.

–Pero yo ya tengo una familia –dijo Aria, mientras Rey el colibrí asentía desde su hombro–. No puedo dejarles.

–Ellos son bienvenidos aquí también si quieren. Y no tienes que vivir siempre aquí, puedes venir a visitarnos cuando quieras. ¿Qué os parece, padre, madre?

Los reyes asintieron, pues siempre habían querido tener una hija y Aria era, claramente, amable y una buena persona. Incluso si solo venía a visitarles de vez en cuando ellos estarían felices, una familia es más feliz cuantos más miembros tiene. Los otros dos príncipes también estaban de acuerdo y Aria sintió que iba a echar a llorar de la emoción.

–Muy bien, acepto –dijo ella–. Pero me sigue pareciendo demasiado así que os regalo esta canción en agradecimiento.

Con esto, Aria se puso a cantar una de las canciones que había aprendido con el tiempo. Su voz era tan hermosa que todos quedaron cautivados y, a partir de entonces, la llamaron Aria la de la bella voz. Con los años Aria pasó a ser la querida princesa del reino, valorada por todos y amada por más todavía. Se escribieron libros sobre ella, se compusieron canciones y se pintaron cuadros. Pero esa, como suelen decir, es otra historia.


Fin.

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