lunes, 16 de septiembre de 2013

The Legend of Brethílíen

The Legend of Brethílien


A long time ago, in a faraway land, a conflict erupted between two countries in the continent of the Great Eda. The country of Máreléi decided the country of Brethílien didn't have a right to their lands because there was almost no soldiers apart from the Royal Legion that protected the King. Within days the forces of Máreléi were at the border of the country and the King had no choice but to call to arms every male able to hold a sword, a bow or a spear.

Surprisingly, almost every man went to the palace, excluding children and the elders. Every woman gave the soon to be soldiers their blessing and as soon as they arrived at the headquarters of the Royal Legion they were prepared for battle.

The High General of the Legion lead them to the border and there began a horrible battle. One hour into the battle, when it seemed as though Brethílien was losing, one of the female generals, called Gàlade started singing a song. With her strong voice, every verse of the lyric traveled throughout the battlefield and soon every soldier started singing along and their spirits returned. They charged forward again, with hope and determination, General Gàlade in the lead.

Brethílien won that battle, and every other. And in every battlefield, wherever they fought, the song that ended being called The Anthem of Gàlade, and considered the hymn of Brethílien, could be heard.

When the war concluded three years later, with General Gàlade losing her life to kill the king of Máreléi, every man in the country considered themselves soldiers. The Anthem guided them to victory, and General Gàlade was buried in the precise plaza in which the original summons to the Legion was made.


Today, the Legend of Brethílien is synonymous of strength and determination, of courage and love, and, above all, of hope.



Whether in war, whether in peace,
no one can rob us our right to live.
Never too far, even in pain,
they'll never make us surrender.
No matter how many battles fought,
they always came again.
No matter how much of us we give,
they'll never win in the end.

Armour yourselves with your pride and love,
it's not for us that we join in the fight.
Mount on your horses and look above,
think of your wives and the children at home.
For them, we come here.
Shoulder yourselves with a kiss and smiles,
pray that you'll live again.
Equip yourselves with laughter and swords,
we'll never yield or falter.

Show in  the battle what is true strenght,
show there what is most important.
Don't let yourselves forget that back home,
people are waiting for us.

Armour yourselves with your pride and love,
it's not for us that we join in the fight.
Mount on your horses and look above,
think of your wives and the children at home.
Shoulder yourselves with a kiss and smiles,
pray that you'll live again.
Equip yourselves with laughter and swords,
we'll never yield or falter.

martes, 3 de septiembre de 2013

UMC: Medianoche

Medianoche



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía un príncipe muy especial llamado Medianoche. Medianoche era el príncipe de su gente, Los Sin Forma, unas criaturas muy pacíficas y muy diferentes unas de otras. Había Sin Forma que eran humanos y otros que eran duendes, otros hadas, otros seres del bosque e incluso gatos o perro. Ellos utilizaban sus poderes para estar con la persona con la que amaban de forma que si uno de ellos se enamoraba de alguien diferente a ellos, podrían cambiar para estar juntos. La madre de Medianoche, la princesa de aquel entonces, había quedado enamorada de un caballo muy hermoso y audaz que le había salvado la vida, así que, para estar con él, se convirtió en una yegua. Gracias a esto, Medianoche tenía la forma de un caballo y, según decían sus gentes y sus padres, era el caballo más hermoso que jamás había existido.

Medianoche tenía las crines de color negro azabache y su pelaje era del mismo color, refulgiendo con los rayos del sol. Sus patas, sin embargo, eran blancas como la leche, exactamente igual que su hocico, y entre las orejas tenía un parche del mismo color que le bajaba hasta los ojos grises. El príncipe se contaba afortunado pero aún así no podía esperar a encontrar la persona especial de la que se enamoraría. Él solo esperaba que fuera amable, y se pasaba las horas pidiéndole permiso a los Reyes para que le dejaran ir a buscarla.

Finalmente las plegarias de Medianoche fueron atendidas y por su diecisiete cumpleaños los Reyes le dejaron ir de viaje con la condición de que si se enamoraba, volviera inmediatamente a presentarles la persona que había escogido. La Reina, sin embargo, le dijo que tuviera mucho cuidado con los bandidos, pues se decía que los caminos estaban llenos de ellos.

Muy contento, y lleno de energía, Medianoche dejó su reino y sus praderas atrás y decidió encaminarse al reino más próximo, el cual decían que tenía bosques tan grandes que te perdías en ellos y lagos tan profundos que los más maravillosos peces habitaban en sus aguas.

Nada se interpuso en su camino durante dos días, ni siquiera cuando cruzó la frontera entre los reinos, y tampoco tuvo problemas para encontrar comida o agua, pastando en las orillas del bosque y bebiendo de las aguas de los grandes lagos. Al tercer día, sin embargo, algo lo distrajo, y, silenciosamente, se acercó al camino que hasta entonces había evitado. Por entre los árboles logró vislumbrar un grupo de cuatro humanos fornidos que rodeaban otro más joven. El joven acorralado tenía los cabellos de cobre y sus ojos eran dorados como el alba más clara. Además, parecía algo asustado, aunque su mano descansaba en una espada.

Rápidamente, Medianoche decidió ayudarlo y, sin pensarlo siquiera, salió desde detrás de los arbustos en los que se hallaba escondido y galopó hacia los hombres con furia, espantándolos con sus relinchos y sus pezuñas. Satisfecho al ver que ya no iban a volver, Medianoche se dio la vuelta y se dirigió hacia el joven humano al que había salvado. Este, que había sacado la espada para defenderse, la guardó de nuevo al ver que Medianoche no trataba de atacarle y se acercó con cuidado.

–Muchísimas gracias, noble caballo, me has salvado la vida, aunque no me queden muchas de mis pertenencias –Medianoche asintió con la cabeza, claramente complacido al haber hecho un buen trabajo.

–Me llamo Tieren y soy el príncipe de este reino. ¿Tal vez quieras volver conmigo a mi castillo? Los bandidos espantaron mi montura y ahora no tengo cómo volver –preguntó el príncipe.

Medianoche, sorprendido de que el humano que acababa de salvar fuera un príncipe igual que él, se encontró considerando la propuesta cuando normalmente se habría negado a ser una simple montura. Finalmente, asintió, y cambió de postura para que el príncipe pudiera subirse a su grupa.

Juntos emprendieron el camino a la capital, donde estaba el Palacio Real, y por el camino el príncipe Tieren no dudó en hablar con Medianoche con el mismo respeto con el que trataría a un ser humano, hecho que hizo que se ganara el respeto del otro príncipe y que se sintiera muy contento de haber salvado a una buena persona.

A su llegada sirvientes salieron a recibirlos y el Rey acudió en persona a ver qué había pasado con su hijo, por el cual estaba muy preocupado. La respuesta que este le dio pocos la habían previsto.

–Me dirigía a las tierras del este cuando un grupo de bandidos me atracaron. Uno de ellos se llevó mi montura y mis alforjas y los otros cuatro estaban a punto de matarme cuando este maravilloso corcel salió del bosque y los espantó. Él me ha traído aquí y, si quiere, me gustaría que viviera en los establos de Palacio.

Medianoche, que había quedado encantado con la belleza del palacio, enseguida asintió con la cabeza y le tocó el hombro con el hocico para demostrar que estaba de acuerdo.

–Muy bien, hijo. Pero tú tendrás que cuidar de él y deberá ser útil de alguna manera. ¿Quizás podría ser tu montura personal, puesto que perdiste la tuya? –sugirió el Rey, mirando cautelosamente a Medianoche, quien parecía ser muy inteligente.

–Si él acepta, lo será –respondió el príncipe.

Y eso fue todo. A partir de entonces Medianoche vivió en los establos de Palacio, a donde el príncipe Tieren acudía a visitarle a diario. Juntos pasaron muchos días y con el tiempo, Medianoche descubrió que el príncipe humano tenía muy buen corazón y que trataba a todo el mundo con respeto y con cariño. Y según pasaban los días, descubrió que se estaba enamorando de él.

–¿Sabes qué? –le preguntó el príncipe un buen día después de haber estado galopando por los jardines–. Ayer me di cuenta de que no te había puesto nombre, noble corcel. ¿Tal vez podrías ayudarme?

Medianoche relinchó y asintió con la cabeza, esperando a que el príncipe le diera sus sugerencias. No quería cambiar de nombre, pero puesto que no podía hablar, debería dejar que él lo averiguase por sí solo.

–Tal vez... ¿Tormenta?

Medianoche sacudió la cabeza con espanto. ¡Ese era nombre de mujer!

–No, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece Fuego Negro entonces?

Medianoche volvió a sacudir la cabeza.

–¿Estrella Nocturna? ¿Temerario? ¿Veloz?

Medianoche seguía sacudiendo la cabeza de lado a lado, un tanto descorazonado al ver que el príncipe no conseguía dar con su nombre.

–¿Luna Llena? ¿Medianoche?

¡Ahí! ¡Ahí estaba! Medianoche soltó un relincho al mismo tiempo que saltaba sobre sus patas traseras para señalar lo contento que estaba. El príncipe rió, encantado.

–Medianoche entonces –aceptó el príncipe.

Pero los tiempos seguros y felices no duraron mucho. Al mismo tiempo que el amor de Medianoche por el príncipe crecía también lo hacía su incertidumbre. Por alguna razón, Medianoche no conseguía cambiar de forma y convertirse en humano. Medianoche lo intentaba y lo intentaba pero por mucho que quisiera seguía siendo un caballo y si no conseguía convertirse en humano no podría estar con el príncipe. Nada le daba más miedo que la posibilidad de que el príncipe Tieren se enamorase de otra persona solo porque él no podía volverse humano.

El príncipe, por su parte, estaba cada vez más preocupado por Medianoche, que parecía muy deprimido y nada de lo que hiciera conseguía que se animase. Además, su padre, el Rey, no dejaba de decirle que como quedaba poco para que cumpliese dieciocho, debería encontrar pronto alguien con quien casarse y por mucho que Tieren lo pensara no daba con nadie que le satisficiera.

Una noche, aprovechando la oscuridad y la hora tardía, un intruso se coló en Palacio. El intruso estaba cubierto de arriba a abajo en ropajes negros y llevaba un puñal y una espada. Confiado en que a aquellas horas de la noche estarían todos durmiendo, el intruso entró por los establos, despertando sin darse cuenta a Medianoche. Este, que se había pasado todo el día anterior deprimido, enseguida se dio cuenta de que algo malo pasaba y trató de seguir al intruso pero se topó con un problema: al ser un caballo, las puertas eran demasiado pequeñas para que él entrase cómodamente y, una vez entrase en el palacio, sus pezuñas harían mucho ruido en los suelos de piedra. Desesperado por el miedo de que algo le pudiese pasar al príncipe, Medianoche empezó a dar vueltas por el establo muy agitado, tratando de dar con una solución, cuando, de repente, el mundo a su alrededor dio un vuelco y se encontró en el suelo.

No sabiendo muy bien lo que había pasado, Medianoche se arrastró hasta un cubo de agua, pensando que se había torcido una pata, y lo que allí encontró le sorprendió tanto que de su garganta brotó un ruido extraño que despertó a los demás caballos. Su reflejo ya no era el de un hermoso caballo negro, sino el de un joven humano de cabellos azabache como la noche y ojos grises. Por fin lo había conseguido, ¡era humano!

Temblando como un potrillo recién nacido, ya que nunca había andado sobre dos patas, Medianoche consiguió ponerse en pie y, con determinación, se dirigió a detener al intruso. Sin saber muy bien por dónde quedaban los aposentos del príncipe, Medianoche decidió buscar a un guarda y pedir ayuda. Al llegar a la entrada del Palacio sus piernas le ardían pero estaba determinado a cumplir su cometido. Por fin, un guarda salió a su paso y Medianoche se derrumbó en el suelo.

–¡P-por favor! ¡A-ayuda! –tartamudeó Medianoche, que nunca había hablado–. ¡Int-truso! ¡P-príncipe! ¡Ayuda al príncipe!

Entre muchos esfuerzos, Medianoche consiguió hacerse entender y el guarda lo dejó donde estaba tirado en el suelo para ir a buscar refuerzos. Medianoche, por su parte, que nunca había pensado que caminar con dos patas de menos sería tan difícil, acabó acurrucándose en el suelo y se durmió de cansancio.

A la mañana siguiente cuando Medianoche se despertó encontró que se hallaba cubierto por una cálida manta en una cama muy espaciosa y que, en una silla al lado de la ventana, había alguien sentado. Era el príncipe Tieren, que lo miraba con una sonrisa y Medianoche, algo avergonzado, se la devolvió tímidamente. Sin embargo, enseguida se acordó de lo que había pasado la noche anterior y le preguntó al príncipe qué había pasado. Este le dijo que habían atrapado al ladrón y que se sentía muy agradecido con él.

–Sin embargo, hay algo que me intriga –le dijo el príncipe–. Me sois familiar pero estoy seguro de que nunca os he visto antes. ¿Tenéis alguna idea de porqué?

Medianoche, que no sabía muy bien cómo explicar las cosas, decidió dejar que el príncipe lo adivinara por sí mismo.

–Mi nombre es el mismo que el de uno de los caballos de su cuadra. Si lo adivina, le contaré mi historia.

El príncipe, intrigado por el joven que le había salvado la vida y que era la persona más hermosa que jamás había conocido, enseguida empezó a decir nombres.

–¿Modesto? ¿Capitán? ¿Esperanza? ¿Matalobos?

Medianoche negó la cabeza una y otra vez y, como sabía que el príncipe acabaría por usar su nombre, se limitó a esperar.

–¿Albino? ¿Medianoche?

Medianoche asintió con energía y, tal y como había prometido, le contó al príncipe su historia.

Según avanzaba Medianoche en el relato, el príncipe se dio cuenta de que el caballo en que tanto confiaba y que tanto quería era también el misterioso joven que le había salvado la vida la noche anterior y, emocionado, le pidió que siguiera siendo su amigo y se quedara a vivir en el palacio. Medianoche aceptó y le pidió al príncipe que mandara un mensaje a sus padres para informarles de todo lo que había pasado y para asegurarles de que se encontraba bien.

Medianoche recibió una habitación cerca de la del príncipe, lo cual le venía muy bien para que este le echase una mano enseñándole a caminar, a hablar, y para que ambos hicieran travesuras y se colaran en la habitación del otro en plena noche. En dos meses, Medianoche era tan querido por la gente de palacio como el propio príncipe y nadie dudaba al verlos juntos que estaban hechos el uno para el otro.

Medio año después de conocerle el príncipe pidió a Medianoche que se casase con él y el chico, saltando de alegría, aceptó. La boda se celebró en el prado donde Medianoche había crecido y acudieron invitados desde todas las ciudades del mundo. Sus padres estuvieron presentes también y Medianoche decidió que nunca antes había sido tan feliz.

Fin.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Noticias


Actualización en el apartado Notas de la autora.

Besos :3



Aqua Äre.

UMC: Los 7 días de la princesa

Los 7 días de la princesa



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía una princesa con su padre y su madre, los reyes de ese país. En el reino todos eran muy felices ya que los reyes eran bondadosos y la princesa era la más bella que nadie pudiera haber imaginado. Sus cabellos de oro le caían en cascada por la espalda, enmarcando sus suaves pecas y sus ojos de color esmeralda. En los labios de la princesa siempre había una sonrisa y todo su pueblo la quería mucho. Su nombre era Sara.

Un día, sin embargo, el Rey le comunicó a la princesa que, como su cumpleaños número 16 se acercaba, era su deber buscar alguien con quien casarse y que con motivo de tal decisión, invitaría a diferentes príncipes y princesas de países vecinos para que vinieran a pedirle su mano.

La princesa estaba muy nerviosa, ya que nunca había conocido a otro príncipe o princesa como ella, y lo comentaba con su amiga Clara, su doncella.

–Estoy muy emocionada –decía–. Carla, ¡por fin me voy a enamorar!

Por fin, el día en que los príncipes aparecerían en el castillo llegó. El príncipe Alberto, el príncipe Julio y la princesa Diana llegaron para conocerla, pero ninguno resultó ser lo que había esperado.

Los dos príncipes habían hecho amistad desde que se vieron el primer día y se pasaban las tardes yendo a cazar, practicando esgrima y contando chistes, y cuando coincidían con ella, se pasaban el tiempo alabando sus cabellos y su bello rostro.

La princesa Diana, por su parte, solía hablar con ella pero el único tema que sacaba a relucir era los vestidos que tenía en palacio, qué fiestas se celebraban en el reino y dónde había comprado tal o cual rubí.

La princesa no podía más así que decidió que no se casaría con ninguno de ellos, y se lo comunicó a su padre. El Rey, sin embargo, se enfadó mucho y le dijo que si no se enamoraba de ninguno de ellos pronto y se casaba con él o ella, él mismo decidiría quién sería su pareja. Le dio siete días para decidirse.

–Sea como sea, ¡para el séptimo día debes haberte enamorado! ¡Y no hay más discusión!
Sara lloró mucho esa noche, abrazada a Clara. No entendía porqué su padre era tan malo con ella y porqué ninguno de los príncipes ni la princesa se molestaba en conocer nada de ella aparte de la ropa que vestía, el maquillaje que usaba o lo bonitos que eran sus ojos al sol, sin sol y a la sombra.

–Tú tampoco te has molestado en conocerles, Sara. ¿No es cierto? –dijo entonces Clara, acariciando sus cabellos.

–¿Ah, no? –preguntó la princesa levantando la cabeza.

–No. ¿Acaso sabes qué es lo que le gusta de comer al príncipe Alberto? ¿Le has preguntado alguna vez a la princesa Diana algo sobre ella? O incluso, ¿sabes porqué el príncipe Julio da paseos de noche? –respondió Clara con una pícara sonrisa.

–¿Da paseos de noche? –preguntó la princesa.

–Sí, pero cree que nadie le ve. ¿Porqué no vamos a descubrir porqué? –propuso Clara.

La princesa aceptó de inmediato y se preguntó sorprendida cómo Clara sabía tantas cosas. Pero Clara siempre había sido muy inteligente, le daba los mejores consejos y siempre estaba a su lado. Era su mejor amiga y sabía que podía confiar en ella.

Juntas y aprovechando que era de noche, las dos recorrieron los pasillos del palacio hasta que encontraron al príncipe Julio. El príncipe parecía nervioso y sus cabellos rubios se le caían constantemente encima de la cara por lo que tenía que parar de andar cada rato para recolocárselos. En una mano llevaba una carta y caminaba hacia la habitación del príncipe Alberto.

La princesa Sara y Clara lo observaron caminar de un lado a otro frente a la habitación del príncipe, a ratos a punto de deslizar la carta por debajo de la puerta, pero siempre parando antes de tiempo. Finalmente, el príncipe Julio volvió a su habitación con la carta en las manos, sin haberse atrevido a pasarla hasta el otro lado.

La princesa y la doncella lo siguieron dos días más y así fue como descubrieron que el príncipe Julio estaba enamorado del príncipe Alberto pero no se atrevía a confesárselo. Emocionadas por el descubrimiento, Clara y la princesa decidieron ayudarle y se colaron en su cuarto para recoger la carta y dársela al príncipe Alberto. Pero no había una, ¡sino muchas cartas! El príncipe Julio era tan indeciso que cada día hacía una diferente pero nunca entregaba ninguna.

Esa tarde, Clara y la princesa cogieron todas las cartas y las metieron en una caja, que le dieron a un muy sorprendido príncipe Alberto. Este cogió una carta y comenzó a leerla y luego cogió la siguiente y la siguiente, y cuanto más leía el príncipe más sonreía y más feliz estaba hasta que finalmente, cuando hubo leído la última carta, el príncipe Alberto les pidió que fueran a buscar al príncipe Julio, porque tenía una cosa que decirle.

Las dos fueron corriendo a buscarlo y lo llevaron con Alberto sin explicarle nada, casi arrastrándolo por los pasillos del palacio. Nada más llegar y ver las cartas, el príncipe Julio se puso rojo como un tomate y trató de escaparse pero el príncipe Alberto le abrazó y la princesa y la doncella salieron de la habitación para que pudieran arreglar las cosas ellos solos.

Estaban muy muy felices de que el amor del príncipe Julio fuera correspondido. En esos días que habían estado investigando lo que ocurría con los príncipes se lo habían pasado muy bien, de maravilla. Sin embargo, hablando las dos de repente se acordaron de que se habían olvidado de la princesa Diana. Además, les quedaban apenas dos días para que Sara tuviera que elegir alguien con quien casarse. Y puesto que Sara no quería elegir a ninguno de los dos príncipes, que acababan de ver que estaban enamorados el uno del otro, a la princesa no le quedaba otra que casarse con la superficial princesa Diana. La idea no le gustaba para nada pero tenía que disculparse con la princesa por no haberle hecho caso todos esos días así que aceptó tomar el té esa tarde con ella.

Como siempre que quedaba con ella, Sara se aburrió muy pronto de la conversación con la princesa Diana y se limitó a tomar su té y a asentir de vez en cuando. Sin embargo, algo captó su atención y se puso a escuchar más atentamente. Se dio cuenta de que la princesa Diana solía hablar mucho de su mayordomo, que era muy atento, era el que siempre le ayudaba cuando algo salía mal, también era el que encargaba sus vestidos y elegía a sus doncellas para que la ayudasen, y la princesa Diana parecía realmente feliz cuando hablaba de él.

Sin poder evitarlo, la princesa Sara preguntó:

–Diana, ¿te gusta tu mayordomo? ¿Estás enamorada de él?

La pregunta pilló tan de sorpresa a la princesa Diana que se le cayó la taza de té a la alfombra y se puso a balbucear muy sonrojada, tratando de esconder su cara entre sus rizos marrones. Al final, sin embargo, asintió y las dos se pasaron la tarde hablando de lo bien que se sentía uno estando enamorado y de lo mucho que quería la princesa Diana a su mayordomo.

Clara las miraba a las dos con una sonrisa pero a la vez triste, porque sabía que ahora sí que la princesa Sara no querría casarse con ninguno de los príncipes ni con la princesa y se preguntaba qué haría para que su padre no se enfadara con ella.
Finalmente, el séptimo día llegó y el Rey llamó a todos los príncipes y princesas para que le comunicaran su decisión. Los príncipes estaban bastante nerviosos y miraban al suelo mientras que la princesa Diana parecía muy triste. La princesa Sara era la única que tenía una sonrisa en la cara, como siempre, y Clara, observando junto al resto de criados, se preguntaba si la princesa tendría un plan.

La princesa Sara se adelantó entonces y le dijo a su padre el Rey que no pensaba casarse con ninguno de los dos príncipes ni la princesa que habían acudido al palacio. El Rey se puso hecho una furia.

–¡Eso es imposible, Sara! ¡Me prometiste que elegirías a alguno para casarte o que si no te casaría yo con quien eligiera! –dijo el Rey.

–Pero padre, no puedes casarme con ninguno, porque todos están ya enamorados de otra persona –protestó la princesa–. ¿No crees que sería muy feo deshacer su amor, padre?

Ante esto el Rey se quedó callado, no sabiendo muy bien qué responder, pero finalmente se dio por vencido y suspiró.

–Está bien, pero dijiste que te casarías y ya tienes 16 años. ¿Qué vamos a hacer, Sara? –preguntó.

La princesa sonrió mucho entonces y respondió:

–No te preocupes, padre, porque yo también me he enamorado.

–¿Ah, sí? ¿De quién? –preguntó el Rey, emocionado.

–De Clara –dijo la princesa sonriendo. Corrió hacia donde estaban los criados y trajo con ella a la doncella, que estaba muy sorprendida pero también alegre.

–¿De Clara? ¿Tu doncella? –preguntó el Rey–. ¡Pero no es una princesa!

–Pero si me caso con ella entonces se convertirá en princesa y no habría problema, ¿no? –dijo Sara.

–Bueno, eso es cierto… vale, está bien –dijo finamente el Rey.

La princesa Sara se volvió hacia Clara muy emocionada y le dedicó una preciosa sonrisa, ya que Clara también sonreía.

–¿Cómo sabías que estaba enamorada de ti, mi princesa? –preguntó Clara, intrigada.

–Porque me mirabas con ojos tristes cuando mi padre dijo que quería casarme. Dime, ¿quieres casarte conmigo? –preguntó Sara.

–Por supuesto que sí. Y siempre querré –dijo Clara.

Ambas se cogieron de las manos y se dieron un beso. Por todas partes en el salón la gente se emocionaba y saltaba de alegría por el matrimonio de la princesa. Los dos príncipes se acercaron y les dieron la enhorabuena, así como les dieron las gracias por ayudarles y la princesa Diana les dio un abrazo con cariño.

Un mes más tarde se celebró una gran boda en el reino en la que los príncipes Julio y Alberto, la princesa Diana y su mayordomo y la princesa Sara se casaron. Hubo tres tartas tan grandes como las puertas de la sala y muchos invitados; y todos fueron amigos durante muchos muchos años.

Fin.