viernes, 9 de agosto de 2013

VIOLETA - Capítulo 1 (Parte 3)


Mientras Josh daba la vuelta a la cama para acercarse a Dia, ella bajó del colchón y colocó los pies en el suelo de madera, que no estaba tan frío como había temido en un principio, sino a una temperatura templada. Una pequeña sonrisa se hizo camino hasta sus labio y se giró para mirar a los dos hombres a los que, sin darse cuenta, había dado la espalda. Josh estaba destapando completamente a Dia, que llevaba un pijama de color azul desvaído y lo miraba todo con los ojos con los que un niño disfrutaría por primera vez de una maravilla. Josh le daba direcciones sobre dónde pisar y cómo moverse para poder quitarse de encima el caparazón de sábanas en el que se había cubierto, y una vez liberado Josh le cogió de la mano y le dirigió hasta la puerta.

–La cocina está abajo. No te preocupes por nosotros, ahora te seguimos –le indicó Josh a la chica, que asintió imperceptiblemente y salió por la puerta.

Al otro lado había un descansillo del que salía un pequeño baño y a una escalera que descendía al nivel inferior. Todo en la casa era simple y gastado y el espacio estaba aprovechado al máximo. La cocina, el comedor y el salón estaban todas situadas en la misma habitación al pie de las escaleras. A un lado estaba la encimera, el frigorífico, los fogones y el fregadero, y en la misma parte de la habitación una mesa cuadrada de pequeña con dos sillas. Al otro lado se hacían espacio un pequeño sofá destartalado, un sillón, una cómoda con una radio encima y una pequeña mesita con un teléfono encima. Era un sitio acogedor pero no por ello menos viejo, se veía que los dos hermanos no tenían mucho.

La chica se acercó al sillón y extendió una mano, tocándolo y familiarizándose con él. Detrás de ella pisadas amortiguadas por la madera del suelo le dijeron que los dos hombres estaban bajando por la escalera y todavía tenía algo de tiempo así que adelantó un pie y lo colocó encima de la alfombra marrón que había a los pies del sofá. La sensación la hizo cerrar los ojos y, en un rápido movimiento, se dejó caer encima de ella. Como si fuera una niña pequeña, la chica se balanceó sobre las puntas de los pies hasta que tocó el suelo con el culo y pudo extender las piernas sobre la alfombra, apreciando la sensación en la piel desnuda.

Así fue como se la encontró Josh cuando al fin llegó al final de la escalera con Dia a su lado, con la cabeza apoyada en el sofá y tanto los dedos de las manos como los de los pies agarrados y enterrados en las hebras de la alfombra.

–Hey, ¿qué haces ahí abajo? Sabes que se come en las mesas, ¿verdad?

Al instante la chica abrió los ojos y se levantó, dándose la vuelta hacia Josh. Este pudo ver el minúsculo brillo del miedo antes de que ella lo ocultara y se relajara una vez más. La reacción le hizo sentirse culpable en cierto modo.

–Vamos, siéntate a la mesa. Os haré unos huevos revueltos, unas salchichas y unas tostadas de pan. Con lo del... –Josh se cortó a tiempo–. Bueno, esta semana no tienen mucho en las tiendas así que mejor repartírselo con cabeza.

Mientras la chica se acercaba a la mesa y él colocaba a Dia en sus sitio, Josh dio gracias a no haberse ido de la lengua. A saber lo que la pobre chica había tenido que pasar, no hacía falta recordarle la presencia del monstruo que le había atacado.

En cuanto puso la comida en la mesa la muchacha cogió un tenedor y empezó a comer con urgencia. Se veía que de verdad tenía hambre, el shock debía de haberla dejado sin fuerzas. Dia siguió su ejemplo de manera más sedada y Josh se dedicó a alternar bocados con miradas a la nueva inquilina. Por mucho que la acabara de conocer todavía no había oído que dijera una sola palabra y, casi, ni hacía ruido. Aparte del chillido que había pegado en el dormitorio, no había producido un solo sonido más. Al bajar las escaleras no había oído sus pisadas tampoco, ni siquiera había hecho ruido al sentarse en la silla y acercarse a la mesa.

Tampoco la conocía. No la había visto nunca en la ciudad y eso de por sí ya era raro, ya que no era una ciudad muy grande y todos conocían a todos o al menos a los familiares. ¿Tal vez se estaba mudando cuando la atacaron? Pero no, hacía años que no había nuevos vecinos en la ciudad y, en caso de que lo fuera, no creía que viniera sola. Por lo que sabía, la ciudad estaba y había estado en cuarentena desde hacía siete años, cuando un virus degenerativo había hecho presencia en los habitantes de la ciudad. Todos los no afectados habían huido en masa de la ciudad tras los tests preliminares de manera que todos los que quedaban eran afectados y familiares. El virus había dejado de expandirse cuando en el centro de investigación habían desarrollado una vacuna para los familiares y los propios científicos, pero de aquello ya hacía seis años y medio y desde entonces nadie que no tuviera trabajo aparecía nunca por la ciudad. Todos ellos eran recluídos, en espera de algo que no parecía llegar.

Dia había sido uno de los primeros, por aquél entonces teniendo dieciocho años recién cumplidos. En el escalofriante período de dos semanas su hermano se había ido pareciendo cada vez más a un niño de doce años, alegre y desinteresado, infantil, juguetón. Ahora tenía la mentalidad de un infante y hacía falta ir detrás de él para explicarle las cosas una y otra vez, para que no se hiciera daño. Hacía dos años que no oía su voz diciendo su nombre.

Sacudiéndose los pensamientos depresivos, Josh alzó la cabeza y empezó a comer de nuevo, pausando cuando se dio cuenta de que la chica lo estaba mirando. Oh, cierto...

–Oye, ¿cómo te llamas?

La pregunta produjo un efecto inesperado: en un instante, la chica se puso tensa y apretó el puño alrededor del tenedor que estaba sosteniendo. Lo miraba con suspicacia, como si el mero hecho de decirle su nombre le otorgara un poder tal que no era merecedor de él. Josh suspiró.

–Es simplemente para saber cómo llamarte. No puedo hablar contigo refiriéndome a ti siempre como “chica” o “muchacha”, ¿no crees?

Pero ella no se doblegaba, como si hubiera oído esa excusa miles de veces. Y por mucho que se dijo que debía de ser paciente, no pudo evitar sentir algo de amargura. Después de todo, la había traído a su casa de buena fe. La situación se solucionó, sin embargo, gracias a Dia. Dándose cuenta de la tensión en el aire y quizás queriendo disiparla, su hermano le hizo un gesto a la chica y sonrió. Y con esa sonrisa, Josh vio cómo toda la tensión se iba yendo de sus músculos.

La chica carraspeó y bajó un poco la cabeza.

–Aah... –probó–. Aahn. Aahn.

Tenía la voz cascada y grave, como si hubiera pasado mucho tiempo sin hablar, o un día entero gritando, lo que parecía más plausible.

–¿Anne? –preguntó Josh.

La chica vaciló un momento y luego asintió.

–Está bien, Anne entonces –dijo Josh, sonriendo amablemente para que se sintiera más cómoda–. Cuando terminemos de desayunar te daré algo más de ropa para que te cambies y dejaremos esa camiseta para que duermas, ¿te parece bien?

Ella asintió después de un momento y por primera vez Josh se preguntó si ella no sería también una afectada. Pero no, en ese caso la conocería. Tal vez fuera un familiar de uno de los científicos y médicos del centro. Igual el Dr. Marius la conocía. De cualquier manera, el doctor tenía que realizar su visita mensual en una semana así que le preguntaría entonces.

El resto del desayuno transcurrió con calma y después de lavar los platos, según lo prometido, los tres subieron al dormitorio a cambiarse de ropa. Anne acabó vestida con uno de los pantalones vaqueros de Josh, que le colgaban por las caderas un poco y definitivamente le quedaban muy largos, y una camiseta de manga corta de Dia que le llegaba hasta por debajo de las caderas y le quedaba holgada y, por lo que parecía, cómoda y calentita.

Tras esto, Josh empezó su rutina del día, que era básicamente recoger la casa, preparar la comida y pasar un rato con Dia para divertirlo y mantenerlo ocupado. Con Anne allí, sin embargo, Josh fue capaz de darse un respiro y pasó unos entretenidos treinta minutos viendo cómo Dia le enseñaba a Anne un juego con las manos.

La comida pasó y Dia se acurrucó en el sofá en posición fetal y volvió a dormirse, dejando a su hermano e invitada solos. Anne, que parecía haber desarrollado una fascinación interesante por la alfombra y otra aún más grande por el chico rubio, se apoyó en el borde del sofá con las piernas dobladas sobre la alfombra para observar a Dia. Josh, por su parte, la observaba a ella y se decía que por muy rara que pareciese no tenía pinta de ser peligrosa. Al terminar de fregar los platos de nuevo, se acercó a ella con una baraja de cartas.

–Anne, ¿te apetece?

Ella lo miró confundida y él se sentó con ella en la alfombra.

–Un juego de cartas. ¿Nunca te han enseñado?

Anne negó con la cabeza y Josh se rascó la nuca.

–Hum... bueno, podemos empezar fácil. ¿Porqué no tratamos de hacer un castillo? El que lo tire pierde. Ven, te enseñaré.

Con movimientos hábiles, Josh cogió dos cartas y las apoyó una en la otra, luego otras dos y luego el techo. Anne le observaba con los ojos muy abiertos y, rápidamente cogió otras dos cartas y las puso a un lado. Le costó un poco pero consiguió que no se le cayeran. Josh puso el techo y ella le sonrió. El juego siguió por dos horas más, para las cuales el castillo había sido construido y derrumbado un total de tres veces y finalmente había llegado a tener cinco pisos, con solo la punta por colocar.

Anne se encargó de el último triángulo y mientras se acercaba con cuidado, los labios fruncidos y la nariz arrugada, Josh se dio cuenta de que tenía el pelo tan largo por todas partes que se le metía en los ojos y no le dejaba ver.

Finalmente las últimas dos cartas fueron colocadas y Anne lanzó un grito de júbilo, estirando los brazos con entusiasmo. Sin embargo, tan intenso fue el moméntum que sus rodillas movieron la alfombra y el castillo se vino al suelo. Por un momento ninguno supo lo que había pasado y después Josh se echó a reír. Anne le miró con sorpresa y, poco después, le siguió. Los dos acabaron retozando por el suelo y Josh tuvo que admitir que hacía muchos años que no se sentía tan vivo. Cuando por fin tuvo las risas bajo control, Josh se acercó a Anne y le retiró un mechón de la cara.

–¿Sabes? Tienes el pelo demasiado largo, creo que te haría bien un corte, para mantenerlo a raya.


De nuevo, Anne se puso tesa como un palo, pero antes de que hiciera otro movimiento o Josh hablara, una pequeña risita vino del sofá. Dia parecía haberse despertado con el grito de Anne y, tras haberlos visto partirse de risa y tratar de comprender porqué, por fin había decidido unirse a ellos. Un poco tarde, pero el sentimiento es lo que cuenta, que dicen.

Y una vez más Josh se preguntó qué tenía su hermano porque Anne sonrió y se relajó y a él le dedicó un asentimiento.

Esa tarde, Josh se pasó veinte minutos cortándole el pelo a Anne de manera sencilla y otros veinte tratando de que Dia no tocara las tijeras y se cortara. Cuando los tres se dirigieron a comer, Anne llevaba el antes pelo enmarañado y largo hasta la cintura, por encima de los hombros y con un flequillo recto justo por encima de los ojos.

Y esa noche, cuando Anne vio que Josh bajaba desde el dormitorio para irse a dormir al sofá, le cogió de la camisa y tiró de ella hacia la cama grande, haciéndose pequeñita junto a Dia, que una vez más se había dormido nada más tocar la almohada. Josh acabó aceptando, y si sus oídos le dijeron que había sonado desde el lado de la chica algo parecido a “noches”, no lo descartó de inmediato. Contra él, el cuerpo de Anne era menudo y delicado, y Josh no pudo evitar la corazonada que le decía que una noche antes, alguien le había regalado una hermana.