lunes, 16 de septiembre de 2013

The Legend of Brethílíen

The Legend of Brethílien


A long time ago, in a faraway land, a conflict erupted between two countries in the continent of the Great Eda. The country of Máreléi decided the country of Brethílien didn't have a right to their lands because there was almost no soldiers apart from the Royal Legion that protected the King. Within days the forces of Máreléi were at the border of the country and the King had no choice but to call to arms every male able to hold a sword, a bow or a spear.

Surprisingly, almost every man went to the palace, excluding children and the elders. Every woman gave the soon to be soldiers their blessing and as soon as they arrived at the headquarters of the Royal Legion they were prepared for battle.

The High General of the Legion lead them to the border and there began a horrible battle. One hour into the battle, when it seemed as though Brethílien was losing, one of the female generals, called Gàlade started singing a song. With her strong voice, every verse of the lyric traveled throughout the battlefield and soon every soldier started singing along and their spirits returned. They charged forward again, with hope and determination, General Gàlade in the lead.

Brethílien won that battle, and every other. And in every battlefield, wherever they fought, the song that ended being called The Anthem of Gàlade, and considered the hymn of Brethílien, could be heard.

When the war concluded three years later, with General Gàlade losing her life to kill the king of Máreléi, every man in the country considered themselves soldiers. The Anthem guided them to victory, and General Gàlade was buried in the precise plaza in which the original summons to the Legion was made.


Today, the Legend of Brethílien is synonymous of strength and determination, of courage and love, and, above all, of hope.



Whether in war, whether in peace,
no one can rob us our right to live.
Never too far, even in pain,
they'll never make us surrender.
No matter how many battles fought,
they always came again.
No matter how much of us we give,
they'll never win in the end.

Armour yourselves with your pride and love,
it's not for us that we join in the fight.
Mount on your horses and look above,
think of your wives and the children at home.
For them, we come here.
Shoulder yourselves with a kiss and smiles,
pray that you'll live again.
Equip yourselves with laughter and swords,
we'll never yield or falter.

Show in  the battle what is true strenght,
show there what is most important.
Don't let yourselves forget that back home,
people are waiting for us.

Armour yourselves with your pride and love,
it's not for us that we join in the fight.
Mount on your horses and look above,
think of your wives and the children at home.
Shoulder yourselves with a kiss and smiles,
pray that you'll live again.
Equip yourselves with laughter and swords,
we'll never yield or falter.

martes, 3 de septiembre de 2013

UMC: Medianoche

Medianoche



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía un príncipe muy especial llamado Medianoche. Medianoche era el príncipe de su gente, Los Sin Forma, unas criaturas muy pacíficas y muy diferentes unas de otras. Había Sin Forma que eran humanos y otros que eran duendes, otros hadas, otros seres del bosque e incluso gatos o perro. Ellos utilizaban sus poderes para estar con la persona con la que amaban de forma que si uno de ellos se enamoraba de alguien diferente a ellos, podrían cambiar para estar juntos. La madre de Medianoche, la princesa de aquel entonces, había quedado enamorada de un caballo muy hermoso y audaz que le había salvado la vida, así que, para estar con él, se convirtió en una yegua. Gracias a esto, Medianoche tenía la forma de un caballo y, según decían sus gentes y sus padres, era el caballo más hermoso que jamás había existido.

Medianoche tenía las crines de color negro azabache y su pelaje era del mismo color, refulgiendo con los rayos del sol. Sus patas, sin embargo, eran blancas como la leche, exactamente igual que su hocico, y entre las orejas tenía un parche del mismo color que le bajaba hasta los ojos grises. El príncipe se contaba afortunado pero aún así no podía esperar a encontrar la persona especial de la que se enamoraría. Él solo esperaba que fuera amable, y se pasaba las horas pidiéndole permiso a los Reyes para que le dejaran ir a buscarla.

Finalmente las plegarias de Medianoche fueron atendidas y por su diecisiete cumpleaños los Reyes le dejaron ir de viaje con la condición de que si se enamoraba, volviera inmediatamente a presentarles la persona que había escogido. La Reina, sin embargo, le dijo que tuviera mucho cuidado con los bandidos, pues se decía que los caminos estaban llenos de ellos.

Muy contento, y lleno de energía, Medianoche dejó su reino y sus praderas atrás y decidió encaminarse al reino más próximo, el cual decían que tenía bosques tan grandes que te perdías en ellos y lagos tan profundos que los más maravillosos peces habitaban en sus aguas.

Nada se interpuso en su camino durante dos días, ni siquiera cuando cruzó la frontera entre los reinos, y tampoco tuvo problemas para encontrar comida o agua, pastando en las orillas del bosque y bebiendo de las aguas de los grandes lagos. Al tercer día, sin embargo, algo lo distrajo, y, silenciosamente, se acercó al camino que hasta entonces había evitado. Por entre los árboles logró vislumbrar un grupo de cuatro humanos fornidos que rodeaban otro más joven. El joven acorralado tenía los cabellos de cobre y sus ojos eran dorados como el alba más clara. Además, parecía algo asustado, aunque su mano descansaba en una espada.

Rápidamente, Medianoche decidió ayudarlo y, sin pensarlo siquiera, salió desde detrás de los arbustos en los que se hallaba escondido y galopó hacia los hombres con furia, espantándolos con sus relinchos y sus pezuñas. Satisfecho al ver que ya no iban a volver, Medianoche se dio la vuelta y se dirigió hacia el joven humano al que había salvado. Este, que había sacado la espada para defenderse, la guardó de nuevo al ver que Medianoche no trataba de atacarle y se acercó con cuidado.

–Muchísimas gracias, noble caballo, me has salvado la vida, aunque no me queden muchas de mis pertenencias –Medianoche asintió con la cabeza, claramente complacido al haber hecho un buen trabajo.

–Me llamo Tieren y soy el príncipe de este reino. ¿Tal vez quieras volver conmigo a mi castillo? Los bandidos espantaron mi montura y ahora no tengo cómo volver –preguntó el príncipe.

Medianoche, sorprendido de que el humano que acababa de salvar fuera un príncipe igual que él, se encontró considerando la propuesta cuando normalmente se habría negado a ser una simple montura. Finalmente, asintió, y cambió de postura para que el príncipe pudiera subirse a su grupa.

Juntos emprendieron el camino a la capital, donde estaba el Palacio Real, y por el camino el príncipe Tieren no dudó en hablar con Medianoche con el mismo respeto con el que trataría a un ser humano, hecho que hizo que se ganara el respeto del otro príncipe y que se sintiera muy contento de haber salvado a una buena persona.

A su llegada sirvientes salieron a recibirlos y el Rey acudió en persona a ver qué había pasado con su hijo, por el cual estaba muy preocupado. La respuesta que este le dio pocos la habían previsto.

–Me dirigía a las tierras del este cuando un grupo de bandidos me atracaron. Uno de ellos se llevó mi montura y mis alforjas y los otros cuatro estaban a punto de matarme cuando este maravilloso corcel salió del bosque y los espantó. Él me ha traído aquí y, si quiere, me gustaría que viviera en los establos de Palacio.

Medianoche, que había quedado encantado con la belleza del palacio, enseguida asintió con la cabeza y le tocó el hombro con el hocico para demostrar que estaba de acuerdo.

–Muy bien, hijo. Pero tú tendrás que cuidar de él y deberá ser útil de alguna manera. ¿Quizás podría ser tu montura personal, puesto que perdiste la tuya? –sugirió el Rey, mirando cautelosamente a Medianoche, quien parecía ser muy inteligente.

–Si él acepta, lo será –respondió el príncipe.

Y eso fue todo. A partir de entonces Medianoche vivió en los establos de Palacio, a donde el príncipe Tieren acudía a visitarle a diario. Juntos pasaron muchos días y con el tiempo, Medianoche descubrió que el príncipe humano tenía muy buen corazón y que trataba a todo el mundo con respeto y con cariño. Y según pasaban los días, descubrió que se estaba enamorando de él.

–¿Sabes qué? –le preguntó el príncipe un buen día después de haber estado galopando por los jardines–. Ayer me di cuenta de que no te había puesto nombre, noble corcel. ¿Tal vez podrías ayudarme?

Medianoche relinchó y asintió con la cabeza, esperando a que el príncipe le diera sus sugerencias. No quería cambiar de nombre, pero puesto que no podía hablar, debería dejar que él lo averiguase por sí solo.

–Tal vez... ¿Tormenta?

Medianoche sacudió la cabeza con espanto. ¡Ese era nombre de mujer!

–No, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece Fuego Negro entonces?

Medianoche volvió a sacudir la cabeza.

–¿Estrella Nocturna? ¿Temerario? ¿Veloz?

Medianoche seguía sacudiendo la cabeza de lado a lado, un tanto descorazonado al ver que el príncipe no conseguía dar con su nombre.

–¿Luna Llena? ¿Medianoche?

¡Ahí! ¡Ahí estaba! Medianoche soltó un relincho al mismo tiempo que saltaba sobre sus patas traseras para señalar lo contento que estaba. El príncipe rió, encantado.

–Medianoche entonces –aceptó el príncipe.

Pero los tiempos seguros y felices no duraron mucho. Al mismo tiempo que el amor de Medianoche por el príncipe crecía también lo hacía su incertidumbre. Por alguna razón, Medianoche no conseguía cambiar de forma y convertirse en humano. Medianoche lo intentaba y lo intentaba pero por mucho que quisiera seguía siendo un caballo y si no conseguía convertirse en humano no podría estar con el príncipe. Nada le daba más miedo que la posibilidad de que el príncipe Tieren se enamorase de otra persona solo porque él no podía volverse humano.

El príncipe, por su parte, estaba cada vez más preocupado por Medianoche, que parecía muy deprimido y nada de lo que hiciera conseguía que se animase. Además, su padre, el Rey, no dejaba de decirle que como quedaba poco para que cumpliese dieciocho, debería encontrar pronto alguien con quien casarse y por mucho que Tieren lo pensara no daba con nadie que le satisficiera.

Una noche, aprovechando la oscuridad y la hora tardía, un intruso se coló en Palacio. El intruso estaba cubierto de arriba a abajo en ropajes negros y llevaba un puñal y una espada. Confiado en que a aquellas horas de la noche estarían todos durmiendo, el intruso entró por los establos, despertando sin darse cuenta a Medianoche. Este, que se había pasado todo el día anterior deprimido, enseguida se dio cuenta de que algo malo pasaba y trató de seguir al intruso pero se topó con un problema: al ser un caballo, las puertas eran demasiado pequeñas para que él entrase cómodamente y, una vez entrase en el palacio, sus pezuñas harían mucho ruido en los suelos de piedra. Desesperado por el miedo de que algo le pudiese pasar al príncipe, Medianoche empezó a dar vueltas por el establo muy agitado, tratando de dar con una solución, cuando, de repente, el mundo a su alrededor dio un vuelco y se encontró en el suelo.

No sabiendo muy bien lo que había pasado, Medianoche se arrastró hasta un cubo de agua, pensando que se había torcido una pata, y lo que allí encontró le sorprendió tanto que de su garganta brotó un ruido extraño que despertó a los demás caballos. Su reflejo ya no era el de un hermoso caballo negro, sino el de un joven humano de cabellos azabache como la noche y ojos grises. Por fin lo había conseguido, ¡era humano!

Temblando como un potrillo recién nacido, ya que nunca había andado sobre dos patas, Medianoche consiguió ponerse en pie y, con determinación, se dirigió a detener al intruso. Sin saber muy bien por dónde quedaban los aposentos del príncipe, Medianoche decidió buscar a un guarda y pedir ayuda. Al llegar a la entrada del Palacio sus piernas le ardían pero estaba determinado a cumplir su cometido. Por fin, un guarda salió a su paso y Medianoche se derrumbó en el suelo.

–¡P-por favor! ¡A-ayuda! –tartamudeó Medianoche, que nunca había hablado–. ¡Int-truso! ¡P-príncipe! ¡Ayuda al príncipe!

Entre muchos esfuerzos, Medianoche consiguió hacerse entender y el guarda lo dejó donde estaba tirado en el suelo para ir a buscar refuerzos. Medianoche, por su parte, que nunca había pensado que caminar con dos patas de menos sería tan difícil, acabó acurrucándose en el suelo y se durmió de cansancio.

A la mañana siguiente cuando Medianoche se despertó encontró que se hallaba cubierto por una cálida manta en una cama muy espaciosa y que, en una silla al lado de la ventana, había alguien sentado. Era el príncipe Tieren, que lo miraba con una sonrisa y Medianoche, algo avergonzado, se la devolvió tímidamente. Sin embargo, enseguida se acordó de lo que había pasado la noche anterior y le preguntó al príncipe qué había pasado. Este le dijo que habían atrapado al ladrón y que se sentía muy agradecido con él.

–Sin embargo, hay algo que me intriga –le dijo el príncipe–. Me sois familiar pero estoy seguro de que nunca os he visto antes. ¿Tenéis alguna idea de porqué?

Medianoche, que no sabía muy bien cómo explicar las cosas, decidió dejar que el príncipe lo adivinara por sí mismo.

–Mi nombre es el mismo que el de uno de los caballos de su cuadra. Si lo adivina, le contaré mi historia.

El príncipe, intrigado por el joven que le había salvado la vida y que era la persona más hermosa que jamás había conocido, enseguida empezó a decir nombres.

–¿Modesto? ¿Capitán? ¿Esperanza? ¿Matalobos?

Medianoche negó la cabeza una y otra vez y, como sabía que el príncipe acabaría por usar su nombre, se limitó a esperar.

–¿Albino? ¿Medianoche?

Medianoche asintió con energía y, tal y como había prometido, le contó al príncipe su historia.

Según avanzaba Medianoche en el relato, el príncipe se dio cuenta de que el caballo en que tanto confiaba y que tanto quería era también el misterioso joven que le había salvado la vida la noche anterior y, emocionado, le pidió que siguiera siendo su amigo y se quedara a vivir en el palacio. Medianoche aceptó y le pidió al príncipe que mandara un mensaje a sus padres para informarles de todo lo que había pasado y para asegurarles de que se encontraba bien.

Medianoche recibió una habitación cerca de la del príncipe, lo cual le venía muy bien para que este le echase una mano enseñándole a caminar, a hablar, y para que ambos hicieran travesuras y se colaran en la habitación del otro en plena noche. En dos meses, Medianoche era tan querido por la gente de palacio como el propio príncipe y nadie dudaba al verlos juntos que estaban hechos el uno para el otro.

Medio año después de conocerle el príncipe pidió a Medianoche que se casase con él y el chico, saltando de alegría, aceptó. La boda se celebró en el prado donde Medianoche había crecido y acudieron invitados desde todas las ciudades del mundo. Sus padres estuvieron presentes también y Medianoche decidió que nunca antes había sido tan feliz.

Fin.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Noticias


Actualización en el apartado Notas de la autora.

Besos :3



Aqua Äre.

UMC: Los 7 días de la princesa

Los 7 días de la princesa



Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía una princesa con su padre y su madre, los reyes de ese país. En el reino todos eran muy felices ya que los reyes eran bondadosos y la princesa era la más bella que nadie pudiera haber imaginado. Sus cabellos de oro le caían en cascada por la espalda, enmarcando sus suaves pecas y sus ojos de color esmeralda. En los labios de la princesa siempre había una sonrisa y todo su pueblo la quería mucho. Su nombre era Sara.

Un día, sin embargo, el Rey le comunicó a la princesa que, como su cumpleaños número 16 se acercaba, era su deber buscar alguien con quien casarse y que con motivo de tal decisión, invitaría a diferentes príncipes y princesas de países vecinos para que vinieran a pedirle su mano.

La princesa estaba muy nerviosa, ya que nunca había conocido a otro príncipe o princesa como ella, y lo comentaba con su amiga Clara, su doncella.

–Estoy muy emocionada –decía–. Carla, ¡por fin me voy a enamorar!

Por fin, el día en que los príncipes aparecerían en el castillo llegó. El príncipe Alberto, el príncipe Julio y la princesa Diana llegaron para conocerla, pero ninguno resultó ser lo que había esperado.

Los dos príncipes habían hecho amistad desde que se vieron el primer día y se pasaban las tardes yendo a cazar, practicando esgrima y contando chistes, y cuando coincidían con ella, se pasaban el tiempo alabando sus cabellos y su bello rostro.

La princesa Diana, por su parte, solía hablar con ella pero el único tema que sacaba a relucir era los vestidos que tenía en palacio, qué fiestas se celebraban en el reino y dónde había comprado tal o cual rubí.

La princesa no podía más así que decidió que no se casaría con ninguno de ellos, y se lo comunicó a su padre. El Rey, sin embargo, se enfadó mucho y le dijo que si no se enamoraba de ninguno de ellos pronto y se casaba con él o ella, él mismo decidiría quién sería su pareja. Le dio siete días para decidirse.

–Sea como sea, ¡para el séptimo día debes haberte enamorado! ¡Y no hay más discusión!
Sara lloró mucho esa noche, abrazada a Clara. No entendía porqué su padre era tan malo con ella y porqué ninguno de los príncipes ni la princesa se molestaba en conocer nada de ella aparte de la ropa que vestía, el maquillaje que usaba o lo bonitos que eran sus ojos al sol, sin sol y a la sombra.

–Tú tampoco te has molestado en conocerles, Sara. ¿No es cierto? –dijo entonces Clara, acariciando sus cabellos.

–¿Ah, no? –preguntó la princesa levantando la cabeza.

–No. ¿Acaso sabes qué es lo que le gusta de comer al príncipe Alberto? ¿Le has preguntado alguna vez a la princesa Diana algo sobre ella? O incluso, ¿sabes porqué el príncipe Julio da paseos de noche? –respondió Clara con una pícara sonrisa.

–¿Da paseos de noche? –preguntó la princesa.

–Sí, pero cree que nadie le ve. ¿Porqué no vamos a descubrir porqué? –propuso Clara.

La princesa aceptó de inmediato y se preguntó sorprendida cómo Clara sabía tantas cosas. Pero Clara siempre había sido muy inteligente, le daba los mejores consejos y siempre estaba a su lado. Era su mejor amiga y sabía que podía confiar en ella.

Juntas y aprovechando que era de noche, las dos recorrieron los pasillos del palacio hasta que encontraron al príncipe Julio. El príncipe parecía nervioso y sus cabellos rubios se le caían constantemente encima de la cara por lo que tenía que parar de andar cada rato para recolocárselos. En una mano llevaba una carta y caminaba hacia la habitación del príncipe Alberto.

La princesa Sara y Clara lo observaron caminar de un lado a otro frente a la habitación del príncipe, a ratos a punto de deslizar la carta por debajo de la puerta, pero siempre parando antes de tiempo. Finalmente, el príncipe Julio volvió a su habitación con la carta en las manos, sin haberse atrevido a pasarla hasta el otro lado.

La princesa y la doncella lo siguieron dos días más y así fue como descubrieron que el príncipe Julio estaba enamorado del príncipe Alberto pero no se atrevía a confesárselo. Emocionadas por el descubrimiento, Clara y la princesa decidieron ayudarle y se colaron en su cuarto para recoger la carta y dársela al príncipe Alberto. Pero no había una, ¡sino muchas cartas! El príncipe Julio era tan indeciso que cada día hacía una diferente pero nunca entregaba ninguna.

Esa tarde, Clara y la princesa cogieron todas las cartas y las metieron en una caja, que le dieron a un muy sorprendido príncipe Alberto. Este cogió una carta y comenzó a leerla y luego cogió la siguiente y la siguiente, y cuanto más leía el príncipe más sonreía y más feliz estaba hasta que finalmente, cuando hubo leído la última carta, el príncipe Alberto les pidió que fueran a buscar al príncipe Julio, porque tenía una cosa que decirle.

Las dos fueron corriendo a buscarlo y lo llevaron con Alberto sin explicarle nada, casi arrastrándolo por los pasillos del palacio. Nada más llegar y ver las cartas, el príncipe Julio se puso rojo como un tomate y trató de escaparse pero el príncipe Alberto le abrazó y la princesa y la doncella salieron de la habitación para que pudieran arreglar las cosas ellos solos.

Estaban muy muy felices de que el amor del príncipe Julio fuera correspondido. En esos días que habían estado investigando lo que ocurría con los príncipes se lo habían pasado muy bien, de maravilla. Sin embargo, hablando las dos de repente se acordaron de que se habían olvidado de la princesa Diana. Además, les quedaban apenas dos días para que Sara tuviera que elegir alguien con quien casarse. Y puesto que Sara no quería elegir a ninguno de los dos príncipes, que acababan de ver que estaban enamorados el uno del otro, a la princesa no le quedaba otra que casarse con la superficial princesa Diana. La idea no le gustaba para nada pero tenía que disculparse con la princesa por no haberle hecho caso todos esos días así que aceptó tomar el té esa tarde con ella.

Como siempre que quedaba con ella, Sara se aburrió muy pronto de la conversación con la princesa Diana y se limitó a tomar su té y a asentir de vez en cuando. Sin embargo, algo captó su atención y se puso a escuchar más atentamente. Se dio cuenta de que la princesa Diana solía hablar mucho de su mayordomo, que era muy atento, era el que siempre le ayudaba cuando algo salía mal, también era el que encargaba sus vestidos y elegía a sus doncellas para que la ayudasen, y la princesa Diana parecía realmente feliz cuando hablaba de él.

Sin poder evitarlo, la princesa Sara preguntó:

–Diana, ¿te gusta tu mayordomo? ¿Estás enamorada de él?

La pregunta pilló tan de sorpresa a la princesa Diana que se le cayó la taza de té a la alfombra y se puso a balbucear muy sonrojada, tratando de esconder su cara entre sus rizos marrones. Al final, sin embargo, asintió y las dos se pasaron la tarde hablando de lo bien que se sentía uno estando enamorado y de lo mucho que quería la princesa Diana a su mayordomo.

Clara las miraba a las dos con una sonrisa pero a la vez triste, porque sabía que ahora sí que la princesa Sara no querría casarse con ninguno de los príncipes ni con la princesa y se preguntaba qué haría para que su padre no se enfadara con ella.
Finalmente, el séptimo día llegó y el Rey llamó a todos los príncipes y princesas para que le comunicaran su decisión. Los príncipes estaban bastante nerviosos y miraban al suelo mientras que la princesa Diana parecía muy triste. La princesa Sara era la única que tenía una sonrisa en la cara, como siempre, y Clara, observando junto al resto de criados, se preguntaba si la princesa tendría un plan.

La princesa Sara se adelantó entonces y le dijo a su padre el Rey que no pensaba casarse con ninguno de los dos príncipes ni la princesa que habían acudido al palacio. El Rey se puso hecho una furia.

–¡Eso es imposible, Sara! ¡Me prometiste que elegirías a alguno para casarte o que si no te casaría yo con quien eligiera! –dijo el Rey.

–Pero padre, no puedes casarme con ninguno, porque todos están ya enamorados de otra persona –protestó la princesa–. ¿No crees que sería muy feo deshacer su amor, padre?

Ante esto el Rey se quedó callado, no sabiendo muy bien qué responder, pero finalmente se dio por vencido y suspiró.

–Está bien, pero dijiste que te casarías y ya tienes 16 años. ¿Qué vamos a hacer, Sara? –preguntó.

La princesa sonrió mucho entonces y respondió:

–No te preocupes, padre, porque yo también me he enamorado.

–¿Ah, sí? ¿De quién? –preguntó el Rey, emocionado.

–De Clara –dijo la princesa sonriendo. Corrió hacia donde estaban los criados y trajo con ella a la doncella, que estaba muy sorprendida pero también alegre.

–¿De Clara? ¿Tu doncella? –preguntó el Rey–. ¡Pero no es una princesa!

–Pero si me caso con ella entonces se convertirá en princesa y no habría problema, ¿no? –dijo Sara.

–Bueno, eso es cierto… vale, está bien –dijo finamente el Rey.

La princesa Sara se volvió hacia Clara muy emocionada y le dedicó una preciosa sonrisa, ya que Clara también sonreía.

–¿Cómo sabías que estaba enamorada de ti, mi princesa? –preguntó Clara, intrigada.

–Porque me mirabas con ojos tristes cuando mi padre dijo que quería casarme. Dime, ¿quieres casarte conmigo? –preguntó Sara.

–Por supuesto que sí. Y siempre querré –dijo Clara.

Ambas se cogieron de las manos y se dieron un beso. Por todas partes en el salón la gente se emocionaba y saltaba de alegría por el matrimonio de la princesa. Los dos príncipes se acercaron y les dieron la enhorabuena, así como les dieron las gracias por ayudarles y la princesa Diana les dio un abrazo con cariño.

Un mes más tarde se celebró una gran boda en el reino en la que los príncipes Julio y Alberto, la princesa Diana y su mayordomo y la princesa Sara se casaron. Hubo tres tartas tan grandes como las puertas de la sala y muchos invitados; y todos fueron amigos durante muchos muchos años.

Fin.

viernes, 9 de agosto de 2013

VIOLETA - Capítulo 1 (Parte 3)


Mientras Josh daba la vuelta a la cama para acercarse a Dia, ella bajó del colchón y colocó los pies en el suelo de madera, que no estaba tan frío como había temido en un principio, sino a una temperatura templada. Una pequeña sonrisa se hizo camino hasta sus labio y se giró para mirar a los dos hombres a los que, sin darse cuenta, había dado la espalda. Josh estaba destapando completamente a Dia, que llevaba un pijama de color azul desvaído y lo miraba todo con los ojos con los que un niño disfrutaría por primera vez de una maravilla. Josh le daba direcciones sobre dónde pisar y cómo moverse para poder quitarse de encima el caparazón de sábanas en el que se había cubierto, y una vez liberado Josh le cogió de la mano y le dirigió hasta la puerta.

–La cocina está abajo. No te preocupes por nosotros, ahora te seguimos –le indicó Josh a la chica, que asintió imperceptiblemente y salió por la puerta.

Al otro lado había un descansillo del que salía un pequeño baño y a una escalera que descendía al nivel inferior. Todo en la casa era simple y gastado y el espacio estaba aprovechado al máximo. La cocina, el comedor y el salón estaban todas situadas en la misma habitación al pie de las escaleras. A un lado estaba la encimera, el frigorífico, los fogones y el fregadero, y en la misma parte de la habitación una mesa cuadrada de pequeña con dos sillas. Al otro lado se hacían espacio un pequeño sofá destartalado, un sillón, una cómoda con una radio encima y una pequeña mesita con un teléfono encima. Era un sitio acogedor pero no por ello menos viejo, se veía que los dos hermanos no tenían mucho.

La chica se acercó al sillón y extendió una mano, tocándolo y familiarizándose con él. Detrás de ella pisadas amortiguadas por la madera del suelo le dijeron que los dos hombres estaban bajando por la escalera y todavía tenía algo de tiempo así que adelantó un pie y lo colocó encima de la alfombra marrón que había a los pies del sofá. La sensación la hizo cerrar los ojos y, en un rápido movimiento, se dejó caer encima de ella. Como si fuera una niña pequeña, la chica se balanceó sobre las puntas de los pies hasta que tocó el suelo con el culo y pudo extender las piernas sobre la alfombra, apreciando la sensación en la piel desnuda.

Así fue como se la encontró Josh cuando al fin llegó al final de la escalera con Dia a su lado, con la cabeza apoyada en el sofá y tanto los dedos de las manos como los de los pies agarrados y enterrados en las hebras de la alfombra.

–Hey, ¿qué haces ahí abajo? Sabes que se come en las mesas, ¿verdad?

Al instante la chica abrió los ojos y se levantó, dándose la vuelta hacia Josh. Este pudo ver el minúsculo brillo del miedo antes de que ella lo ocultara y se relajara una vez más. La reacción le hizo sentirse culpable en cierto modo.

–Vamos, siéntate a la mesa. Os haré unos huevos revueltos, unas salchichas y unas tostadas de pan. Con lo del... –Josh se cortó a tiempo–. Bueno, esta semana no tienen mucho en las tiendas así que mejor repartírselo con cabeza.

Mientras la chica se acercaba a la mesa y él colocaba a Dia en sus sitio, Josh dio gracias a no haberse ido de la lengua. A saber lo que la pobre chica había tenido que pasar, no hacía falta recordarle la presencia del monstruo que le había atacado.

En cuanto puso la comida en la mesa la muchacha cogió un tenedor y empezó a comer con urgencia. Se veía que de verdad tenía hambre, el shock debía de haberla dejado sin fuerzas. Dia siguió su ejemplo de manera más sedada y Josh se dedicó a alternar bocados con miradas a la nueva inquilina. Por mucho que la acabara de conocer todavía no había oído que dijera una sola palabra y, casi, ni hacía ruido. Aparte del chillido que había pegado en el dormitorio, no había producido un solo sonido más. Al bajar las escaleras no había oído sus pisadas tampoco, ni siquiera había hecho ruido al sentarse en la silla y acercarse a la mesa.

Tampoco la conocía. No la había visto nunca en la ciudad y eso de por sí ya era raro, ya que no era una ciudad muy grande y todos conocían a todos o al menos a los familiares. ¿Tal vez se estaba mudando cuando la atacaron? Pero no, hacía años que no había nuevos vecinos en la ciudad y, en caso de que lo fuera, no creía que viniera sola. Por lo que sabía, la ciudad estaba y había estado en cuarentena desde hacía siete años, cuando un virus degenerativo había hecho presencia en los habitantes de la ciudad. Todos los no afectados habían huido en masa de la ciudad tras los tests preliminares de manera que todos los que quedaban eran afectados y familiares. El virus había dejado de expandirse cuando en el centro de investigación habían desarrollado una vacuna para los familiares y los propios científicos, pero de aquello ya hacía seis años y medio y desde entonces nadie que no tuviera trabajo aparecía nunca por la ciudad. Todos ellos eran recluídos, en espera de algo que no parecía llegar.

Dia había sido uno de los primeros, por aquél entonces teniendo dieciocho años recién cumplidos. En el escalofriante período de dos semanas su hermano se había ido pareciendo cada vez más a un niño de doce años, alegre y desinteresado, infantil, juguetón. Ahora tenía la mentalidad de un infante y hacía falta ir detrás de él para explicarle las cosas una y otra vez, para que no se hiciera daño. Hacía dos años que no oía su voz diciendo su nombre.

Sacudiéndose los pensamientos depresivos, Josh alzó la cabeza y empezó a comer de nuevo, pausando cuando se dio cuenta de que la chica lo estaba mirando. Oh, cierto...

–Oye, ¿cómo te llamas?

La pregunta produjo un efecto inesperado: en un instante, la chica se puso tensa y apretó el puño alrededor del tenedor que estaba sosteniendo. Lo miraba con suspicacia, como si el mero hecho de decirle su nombre le otorgara un poder tal que no era merecedor de él. Josh suspiró.

–Es simplemente para saber cómo llamarte. No puedo hablar contigo refiriéndome a ti siempre como “chica” o “muchacha”, ¿no crees?

Pero ella no se doblegaba, como si hubiera oído esa excusa miles de veces. Y por mucho que se dijo que debía de ser paciente, no pudo evitar sentir algo de amargura. Después de todo, la había traído a su casa de buena fe. La situación se solucionó, sin embargo, gracias a Dia. Dándose cuenta de la tensión en el aire y quizás queriendo disiparla, su hermano le hizo un gesto a la chica y sonrió. Y con esa sonrisa, Josh vio cómo toda la tensión se iba yendo de sus músculos.

La chica carraspeó y bajó un poco la cabeza.

–Aah... –probó–. Aahn. Aahn.

Tenía la voz cascada y grave, como si hubiera pasado mucho tiempo sin hablar, o un día entero gritando, lo que parecía más plausible.

–¿Anne? –preguntó Josh.

La chica vaciló un momento y luego asintió.

–Está bien, Anne entonces –dijo Josh, sonriendo amablemente para que se sintiera más cómoda–. Cuando terminemos de desayunar te daré algo más de ropa para que te cambies y dejaremos esa camiseta para que duermas, ¿te parece bien?

Ella asintió después de un momento y por primera vez Josh se preguntó si ella no sería también una afectada. Pero no, en ese caso la conocería. Tal vez fuera un familiar de uno de los científicos y médicos del centro. Igual el Dr. Marius la conocía. De cualquier manera, el doctor tenía que realizar su visita mensual en una semana así que le preguntaría entonces.

El resto del desayuno transcurrió con calma y después de lavar los platos, según lo prometido, los tres subieron al dormitorio a cambiarse de ropa. Anne acabó vestida con uno de los pantalones vaqueros de Josh, que le colgaban por las caderas un poco y definitivamente le quedaban muy largos, y una camiseta de manga corta de Dia que le llegaba hasta por debajo de las caderas y le quedaba holgada y, por lo que parecía, cómoda y calentita.

Tras esto, Josh empezó su rutina del día, que era básicamente recoger la casa, preparar la comida y pasar un rato con Dia para divertirlo y mantenerlo ocupado. Con Anne allí, sin embargo, Josh fue capaz de darse un respiro y pasó unos entretenidos treinta minutos viendo cómo Dia le enseñaba a Anne un juego con las manos.

La comida pasó y Dia se acurrucó en el sofá en posición fetal y volvió a dormirse, dejando a su hermano e invitada solos. Anne, que parecía haber desarrollado una fascinación interesante por la alfombra y otra aún más grande por el chico rubio, se apoyó en el borde del sofá con las piernas dobladas sobre la alfombra para observar a Dia. Josh, por su parte, la observaba a ella y se decía que por muy rara que pareciese no tenía pinta de ser peligrosa. Al terminar de fregar los platos de nuevo, se acercó a ella con una baraja de cartas.

–Anne, ¿te apetece?

Ella lo miró confundida y él se sentó con ella en la alfombra.

–Un juego de cartas. ¿Nunca te han enseñado?

Anne negó con la cabeza y Josh se rascó la nuca.

–Hum... bueno, podemos empezar fácil. ¿Porqué no tratamos de hacer un castillo? El que lo tire pierde. Ven, te enseñaré.

Con movimientos hábiles, Josh cogió dos cartas y las apoyó una en la otra, luego otras dos y luego el techo. Anne le observaba con los ojos muy abiertos y, rápidamente cogió otras dos cartas y las puso a un lado. Le costó un poco pero consiguió que no se le cayeran. Josh puso el techo y ella le sonrió. El juego siguió por dos horas más, para las cuales el castillo había sido construido y derrumbado un total de tres veces y finalmente había llegado a tener cinco pisos, con solo la punta por colocar.

Anne se encargó de el último triángulo y mientras se acercaba con cuidado, los labios fruncidos y la nariz arrugada, Josh se dio cuenta de que tenía el pelo tan largo por todas partes que se le metía en los ojos y no le dejaba ver.

Finalmente las últimas dos cartas fueron colocadas y Anne lanzó un grito de júbilo, estirando los brazos con entusiasmo. Sin embargo, tan intenso fue el moméntum que sus rodillas movieron la alfombra y el castillo se vino al suelo. Por un momento ninguno supo lo que había pasado y después Josh se echó a reír. Anne le miró con sorpresa y, poco después, le siguió. Los dos acabaron retozando por el suelo y Josh tuvo que admitir que hacía muchos años que no se sentía tan vivo. Cuando por fin tuvo las risas bajo control, Josh se acercó a Anne y le retiró un mechón de la cara.

–¿Sabes? Tienes el pelo demasiado largo, creo que te haría bien un corte, para mantenerlo a raya.


De nuevo, Anne se puso tesa como un palo, pero antes de que hiciera otro movimiento o Josh hablara, una pequeña risita vino del sofá. Dia parecía haberse despertado con el grito de Anne y, tras haberlos visto partirse de risa y tratar de comprender porqué, por fin había decidido unirse a ellos. Un poco tarde, pero el sentimiento es lo que cuenta, que dicen.

Y una vez más Josh se preguntó qué tenía su hermano porque Anne sonrió y se relajó y a él le dedicó un asentimiento.

Esa tarde, Josh se pasó veinte minutos cortándole el pelo a Anne de manera sencilla y otros veinte tratando de que Dia no tocara las tijeras y se cortara. Cuando los tres se dirigieron a comer, Anne llevaba el antes pelo enmarañado y largo hasta la cintura, por encima de los hombros y con un flequillo recto justo por encima de los ojos.

Y esa noche, cuando Anne vio que Josh bajaba desde el dormitorio para irse a dormir al sofá, le cogió de la camisa y tiró de ella hacia la cama grande, haciéndose pequeñita junto a Dia, que una vez más se había dormido nada más tocar la almohada. Josh acabó aceptando, y si sus oídos le dijeron que había sonado desde el lado de la chica algo parecido a “noches”, no lo descartó de inmediato. Contra él, el cuerpo de Anne era menudo y delicado, y Josh no pudo evitar la corazonada que le decía que una noche antes, alguien le había regalado una hermana.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Yo no fui - Capítulo 6

Reencuentro:

Black ha pasado mucho tiempo corriendo, corriendo como un loco, como la bala de uno de esos artefactos muggles que se usan para matarse unos a otros. Ha pasado por pueblos grandes y pequeños, por grandes ciudades en las que para alimentarse ha tenido que luchar con otros perros callejeros junto a los cubos de basura. Y un par de veces, ha alcanzado a ver su propia cara en las noticias o en el periódico de un desdichado que se ha quedado sin él. Al parecer su huída ha sido lo suficientemente grave como para que Fudge se alarme y avise al Primer Ministro Inglés de su presencia en alguna parte del país. Aunque hay que tener en cuenta que tampoco hace falta mucho para que Fudge entre en pánico.

Pero él no aminora. Porque sabe que nadie tiene ni idea de que es un animago así que nadie estará buscando un gran perro negro específicamente. Bueno, Remus lo sabe, pero Sirius ya hizo el error de desconfiar de él una vez y no piensa repetirlo. Sabe que es estúpido, que es un riesgo que debería tomar en cuenta pero si hay algo que Sirius y Black comparten es que los riesgos solo hacen la aventura final mucho más atractiva. Además, también ha pillado un par de ejemplares de El Profeta por el camino y no hay mención alguna de su forma animaga por ninguna parte así que se siente seguro en su confianza en Remus. No hay muchas cosas que le queden del pasado y Remus es algo que no quiere perder, no del todo. El hecho de que no haya dicho nada todavía le regala algo que había pensado que había perdido hace mucho tiempo. Algo en lo que Lily siempre creía y de lo que Sirius siempre se reía por principios. Esperanza.

Le lleva dos semanas y media llegar a donde debería empezar a buscar, a Surrey. Un sitio tan normal y tan poco diferente que por un momento piensa que le va a resultar imposible encontrar tan solo la calle donde vive Harry. Y ya no hablemos de su casa. Al menos todo sigue igual, pero teniendo en cuenta que todas las casas parecen clones las unas de las otras a Black le cuesta un poco encontrar el poco optimismo que le queda y comenzar a buscar.

Al final lo que le lleva al éxito no es, ni más ni menos, que aquello que no debería ni existir siquiera cerca de esta parte del condado. Magia. Lo que solo puede significar una cosa: Harry.

Black corre y corre, acelera y sigue corriendo, siguiendo la estela del gran globo que chilla en el cielo y que, piensa, debe de ser una persona. O un globo mágico con un hechizo estridente. De cualquier manera, Black sabe que Harry está cerca. Harry está allí, lo siente en los huesos. En la pesadez de sus patas y en las bocanadas que toma del aire seco de verano.

De repente una figura pasa a su lado y Black se esconde en un arbusto. Es una figura de un chico, un chico adolescente con el pelo corto, un baúl arrastrando a sus espaldas y una expresión muy muy enfadada. El chico suelta el baúl, que cae al suelo con un ruido seco, y se para, respirando fuerte y profundo.

Harry.

Hace años que no lo ve, desde que tenía un año de edad, un año y unos cuantos meses, tres para ser exactos. Pero lo reconoce enseguida y sin dificultad.

Ese pelo enmarañado que no se queda quieto y que Lily le rapó una noche a James sin que este se diera cuenta solo para quedarse horrorizado por la mañana y hacerlo crecer solo del pánico.

Esas gafas que son testimonio silencioso de lo parecidos que son sus ojos a los de su padre, que sin las suyas era incapaz de levantarse de la cama sin acabar en el suelo.

Harry gira la cabeza y la farola le da en la cara, iluminando esos destellos esmeralda que siempre miraban a Sirius con una mezcla entre exasperación, cansancio, diversión y enfado.
El impacto es fuerte y Black no puede evitar avanzar hacia Harry como si fuera la luz que lo guía, como si con estar cerca irradiara calor y ese sentimiento de camaradería y amistad que tanto hecha de menos. Es un momento difícil y delicado en el que el pasado y el presente se juntan y se entremezclan, medio confundiéndose uno con otro y derramando esa sensación de reencuentro, de finalidad, de lealtad y remembranza.

Harry parece sentirlo y se da la vuelta y ese lapso de tiempo se interrumpe cuando el adolescente levanta la varita y Black siente el impulso de ladrar con alegría y retozar como un cachorro para demostrar que no es un peligro para el bebé que tanto quería cuando lo vio por primera vez. Pero el Autobús Noctámbulo responde a la llamada accidental y Black no tiene más remedio que esconderse entre las sombras y mirar como una de las tres conexiones que le quedan a sí mismo desaparece en la oscuridad de la noche.

Pero no importa porque Black ahora lo conoce de nuevo, ahora lo recuerda con más claridad, ahora su aroma está metido en ese saco de mementos que lleva la etiqueta de hogar. Black ha encontrado a su ahijado de nuevo y con él un trocito más de su mente que había perdido, un trocito más de su corazón vuelve a latir correctamente. Black ha encontrado una razón para seguir vivo. Y para mantener a Harry con vida.

Y eso es lo único que importa.

FIN.

lunes, 8 de abril de 2013

Yo no fui - Capítulo 5

Libertad:

Black llega a la costa exhausto y hambriento. Hace por lo menos un día que no se ha llevado nada al estómago y no es como si en Azkaban te dieran mucha comida de todas formas. Avanza con patas temblorosas uno, dos pasos, y deja que su propio peso lo tire al suelo. Se acurruca sobre si mismo y, por primera vez en años, en décadas, sus labios se curvan en una tímida sonrisa perruna que muestra sus colmillos. La visión habría arrancado uno o varios gritos de miedo de haber tenido público pero Black hace tiempo que ha olvidado lo que es preocuparse por su imagen y deja que la idea de la libertad le cale desde los poros de su piel hasta los huesos.

Libertad.

La mera palabra le calienta por dentro y, con algo de nostalgia, recuerda lo que es ser feliz. Ese sentimiento que tan bien conocía cuando Lily y James estaban vivos y Remus, Peter y él bromeaban sobre la boda y el color del traje del novio. Rosa, decían, o rojo por la novia. Y James parecía indeciso entre si enfadarse o reírse de la ridiculez de todo aquello.

Ahora Lily y James están muertos, Remus seguramente piensa que es un traidor y Peter es un maldito asesino que finge estar muerto y se esconde en los brazos del mejor amigo del hijo de la gente que ayudó a matar. Pero por un momento, por unas horas, Black se deja llevar a días más felices por el simple placer de poder hacerlo sin amenazas y disfruta de aquello que le fue arrebatado hace tantos años. Sabe que dormir acurrucado en una playa llena de rocas mientras está en el cuerpo de un gran perro famélico y, probablemente, enfermo, no es lo mejor que existe, pero también sabe que, ciertamente, este es el momento más perfecto y digno de recordar que ha tenido en trece años de reclusión.

Deja que su agotamiento le arrastre a un sueño que, como tantas otras cosas, por primera vez no está plagado de pesadillas y decide que por unas cuantas horas puede fingir que el mundo está bien y que todo se va a arreglar. Todos ellos van a ser felices.


Cuando se despierta, Black se sorprende de la euforia que todavía le corre por las venas y, planeando hacer buen uso de ella, se levanta y usa esos músculos que casi ha olvidado cómo mover. Anda, corre, salta, se revuelca y cualquiera que pasara pensaría que un perro tan grande no puede actuar de la misma manera que un cachorro sin tener la rabia. Pero de nuevo, Black no tiene público, y la palabra libertad vuelve a hacer presencia en su mente mientras chapotea en la orilla de la playa. La libertad siempre ha sido algo que ha llevado a Sirius Black a hacer cosas que la gran mayoría clasificarían como locuras.

Y es un momento de locura, de euforia, de liberación, de hacer tonterías y seguir los instintos que antes guiaban su vida. Quiere volverse loco, correr hasta Londres y dar la vuelta, nadar hasta Canadá, tirarse desde un sitio elevado y acabar rodando colina abajo. Y, sin embargo, como su estómago le recuerda de repente, lo que más quiere es comer hasta que reviente y tengan que llevarle levitando hasta San Mungo. Así que, por fin centrado en un objetivo que merece la pena más que los otros, Black deja de jugar y emprende un trote ligero en la primera dirección que se le ocurre, buscando signos de poblaciones en las cercanías de la costa.

La primera comilona consiste en un pastel que una desafortunada ama de casa ha dejado enfriando donde no debía, la segunda un par de barras de pan que le da un muchacho en un pueblo cercano. Sabiendo que no va a tener tanta suerte todos los días, Black decide emprender viaje en el momento que tiene el estómago lleno y dejar a la suerte y la velocidad a la que puede correr cuándo comerá y en qué cantidad. Su primer destino: la casa en la que vive Harry, con Petunia, la hermana de Lily. Por suerte para él, todavía se acuerda de la dirección gracias a un par de visitas con James y Lily para ver al horror de sobrino que su amiga tenía. Quiere asegurarse que está bien, que vive feliz y que Peter no está cerca de él en ningún momento, y si lo está, no cabe duda de que no seguirá vivo mucho tiempo.

No son pensamientos felices pero Black es libre y tiene una misión que cumplir: un viejo amigo necesita que le ajusten las cuentas, su ahijado necesita ayuda y él necesita una razón para seguir vivo.

Where the past hides


Where the past hides


En un solitario bosque de Bulgaria la nieve continúa cayendo incansablemente, de la misma manera que ha venido haciendo durante tres interminables semanas. No es una ocurrencia extraña pero tampoco horrorosa, y a nadie le importaría aunque lo fuera. Corre el año 1945 y la noticia de que Gellert Grindelwald ha sido derrotado recorre cada rincón de la comunidad mágica búlgara y se expande al resto del mundo. Años de terror terminan por fin y la excitación y la alegría son tantas que ni siquiera la tormenta de nieve más terrible de la historia podría apagar los ánimos.

Magos y brujas de todo el país vuelven a sus casas tras el exilio involuntario al que la guerra les había obligado a recurrir, familias separadas vuelven a reunirse, pueblos destrozados empiezan a resurgir de nuevo a la luz del entusiasmo de sus habitantes y viejos magos viajan de casa en casa anunciando a sus vecinos que por fin han recuperado su libertad y su magia.

Entre los árboles del bosque, sin embargo, las risas y los gritos de alegría no se oían y lo único que a primera vista parecía fuera de lugar es una figura alta y solitaria, que paseaba lentamente entre la nieve, como si tuviera todo el tiempo del mundo o simplemente no le importara cuanto pueda pasar en un paraje tan remotamente alejado de cualquier asentamiento, muggle o mágico. La figura estaba cubierta por una túnica del color del cielo cuando amanece, con adornos dorados y blancos y una capa del mismo color que la haría desaparecer entre la nieve de no ser por la espesa mata de pelo rojo como el fuego que le colgaba hasta la cintura. Allí, en Bulgaria, donde la mayoría de la gente lucía un pelo negro azabache o rubio platino, Albus Dumbledore destacaba de la misma manera que un mago lo haría vestido a la manera muggle en el centro de Londres. Incluso cuando no había nadie presente para verlo.

Su expresión, que no había cambiado desde que había puesto por primera vez un pie en el bosque, era pensativa y el viejo mago no parecía hacer caso alguno de sus alrededores como no fuera para cambiar su rumbo su estaba a punto de chocarse con un árbol.

Debería estar alegre, jubilante, pletórico por su victoria sobre Grindelwald, y sin embargo solo era capaz de sentir apatía e, incluso, tristeza. Hacía años que había aceptado que su amigo de la juventud no era un hombre dedicado al bien pero no podía evitar sentir como una parte de sí mismo le recriminaba no haberse cambiado de bando y haberse puesto de su parte. "¡Es Gellert, Albus! ¡Gellert!", le decía esa parte de sí mismo que trataba de convencerle de seguir sus propios consejos y perseguir el amor.

Amor. Ese amor que había perdido la misma tarde que Ariana había muerto. "Tú no sientes amor, Albus, solo ambición y pasión. Y ya sabemos a dónde te condujeron estas la última vez que las perseguiste", le decía esa otra parte de su mente que hablaba con una voz sospechosamente parecida al tono grave y sarcástico de su hermano Aberforth. Y Dumbledore seguía andando por el bosque, tratando de conciliar cada porcentaje de su alma con los demás y de ignorar ese vacío que imploraba por algo que ya nunca más iba a tener.

Puede que hubieran pasado minutos o simple horas pero al cabo de un tiempo el mago llegó a la orilla de un lago cuyas aguas congeladas reflejaban el poco sol que todavía quedaba en el cielo. Juzgando ese lugar tan bueno como cualquier otro, Dumbledore adivinó una roca medianamente plana unos cuantos metros más allá y, tras librarla de nueve con un movimiento distraído de su mano, se sentó en ella y dejó su mente vagar. La nieve seguía cayendo y la tranquilidad era tan absoluta y sus pensamientos tan profundos que tardó un buen rato en darse cuenta de que había un cierto elemento discordante en todo aquel escenario. Alguien estaba cantando.

All this running is hard and it's fast as it can but it keeps getting us nowhere. So tell me where we're heading so that I can stop running and start walking alongside you. Because nothing matters if we don't know where to go, baby. A goal and a start is all I need to forget everything that's not you.

La voz era suave y dulce y, aunque silbaba con el aire y jugaba con los copos de nieve como un niño travieso, era obvio que no era voz de mujer. Tenía justo el toque perfecto de gravedad y fuerza. "Un hombre, pues", pensó Dumbledore, no haciendo ningún esfuerzo por levantarse y buscar su fuente. El mago simplemente cerró los ojos y dejó que la melodía lo envolviera y disipase cualquier pensamiento que todavía podía quedar en su mente, planeando disfrutar de la música todo lo que durara.

Tell me, world, where have the Heavens hidden. Tell me so we can pursue them. If we have to chose a goal, better it be one that makes us happy. Till then, love, let me accompany you for forever on days to be. Let me be your shield so nothing ever makes you wary. I'll never be able to cease walking, to forget the path we have chosen.

La nieve seguía cayendo a su alrededor pero nada existía para el viejo mago más que la voz que acariciaba el viento y el viento mismo, ambos trabajando en equipo en la tarea de hacer que Dumbledore olvidase hasta su propio nombre. Y si sus ojos cerrados y su apariencia de relajación absoluta eran prueba alguna, lo estaban consiguiendo.

That way, that said, I hope you never let me be on my own. Never let me drown in the rain nor burn with the sun. Show me you don't fear anymore the thought of drowning on your own.

Con las últimas notas de la dulce melodía, Dumbledore permitió que sus ojos se abrieran y, por primera vez desde que había llegado al lago congelado, lo recorrió con la mirada y admiró su belleza. Atrapado en la emoción del momento, le costó un momento más que normalmente advertir el pequeño punto de color en una de las márgenes del lago. Probablemente el dueño de la voz que, como Dumbledore, no parecía por el momento interesado en hace nada más que quedarse quieto y admirar el paisaje. Tras unos cuantos minutos más de contemplación, el mago decidió que era lo sufucientemente tarde como para ser hora de volver.

Tranquilamente, se levantó de la piedra en un movimiento que para nada revelaba sus 52 años y se sacudió las ropas de la nieve que les hubiera caído. En acto reflejo, el mago volvió a dirigir la mirada hacia la orilla para descubrir que la figura había desaparecido.

En el camino de vuelta, sin embargo, algo más capturó su atención. Y es que el torbellino de pensamientos, ideas, sentimientos y remordimientos que había plagado su mente desde hacía semanas había desaparecido. No del todo, claro está, pero Dumbledore se sentía más en paz en aquellos momentos de lo que se había sentido en años.

Pensativamente, consideró la idea de volver al lago al día siguiente y comprobar si el misterioso cantante seguía allí. Ya que no para darle las gracias por la claridad de mente, al menos para volver a disfrutar de la placentera música.



Dumbledore continuó acudiendo al lago día tras día después de aquella primera vez, y en todas las ocasiones, el misterioso cantante se hallaba allí. A veces llegaba antes que él, a veces cuando estaba a mitad de la canción y a veces casi al final, pero siempre captaba aunque fuera un pequeño vistazo de él y disfrutaba de las notas. Las canciones variaban de temática pero siempre hablaban de sentimientos, a veces alegres y a veces tristes, a veces de amistad y otras de amor, de viajes sin final y carreras contra corriente, contra el mismo tiempo. Dumbledore, después de los acontecimientos que tan recientemente habían sucedido, no podía evitar dejarse llevar por la fuerza y la gentileza de esa música tan simple y que, al mismo tiempo, tan mágica parecía.

Dos semanas y media después de la primera canción, Dumbledore se encontraba como todos los días sentado en la piedra a la orilla del lago, esperando pacientemente a que el misterioso cantante comenzara su concierto diario. Cierta parte de su mente se preguntaba si por una vez había llegado demasiado tarde pero un rápido vistazo al cielo le convenció de que todavía era pronto y que no había razón por la cual no pudiera disfrutar del paisaje mientras esperaba.

Unas pisadas en la nieve a su espalda le advirtieron, sin embargo, de que no estaba tan solo como creía y, que si bien él no había ido a buscar al músico, había definitivamente muchas posibilidades de que este lo hubiera buscado a él en su lugar.

–Siempre pensé que serías tú el que vendría a buscarme, ¿sabes? –dijo una voz detrás de él–. Pero supongo que la curiosidad ha podido conmigo.

Juzgando que siempre es mejor mantener una conversación de frente que con alguien a tus espaldas, Dumbledore se levantó y dirigió su mirada hacia la voz. El misterioso cantante era un hombre joven, aproximadamente en sus treinta, de pelo marrón claro, corto hasta la barbilla y suelto en pequeños mechones ondulados. Vestía una casaca de color granate con adornos dorados, unas botas de tacón alto hasta las rodillas y se cubría con una capa negra y pesada. Sus ojos oscuros brillaban con diversión.

–La curiosidad es un potente enemigo –dijo Dumbledore sonriendo.

–Entonces me temo que he de aceptar que he perdido la batalla –respondió el desconocido con una corta carcajada–. Espero, sin embargo, ser capaz de ganar la guerra a la larga.

–Si algo me han enseñado los años y la experiencia es que la curiosidad vence nuestras batallas más a menudo de lo que acepta sus derrotas.

El desconocido volvió a reír. Disfrutando de ese silencio que no está cubierto de tensión sino de amigable compañía, ambos tardaron un rato en volver a hablar.

–Debo decir que pocas veces he oído voces con mayor emoción. Y pocas veces lo he hecho en un claro perdido en mitad de un bosque -dijo Dumbledore primero, una pregunta implícita en sus palabras.

–Y yo pocas veces me he encontrado a alguien en este claro perdido en mitad del bosque –dijo el hombre. Unos segundos después, extendió su mano–. Mi nombre es Fawkes. Encantado.

–Llámame Albus, Fawkes –se presentó él, estrechándole la mano extendida.

–Dumbledore –no era una pregunta.

–Sí.

El silencio volvió a caer entre los dos, ambos ensimismados en sus propios pensamientos. Nevaba insistentemente, como si los cielos no estuvieran contentos con el grosor de la capa de nieve ya existente. El conjunto de los copos con la vista del lago le daba un ambiente entre desolado y salvaje al momento. Un oasis perdido en el tiempo.

–¿Es diferente ahora?

–¿Hum? –preguntó Dumbledore, saliendo del trance.

–El mundo, Bulgaria más allá de este bosque. ¿Es diferente ahora que Grindelwald ya no está?

–Supongo que sí –fue la respuesta después de unos minutos de silencio–. No me atrevería a decir si es mejor o peor, pero es ciertamente diferente. Puede que poco, pero estoy convencido de que la diferencia se irá haciendo mayor con el paso del tiempo.

–Optimista, ¿eh? –dijo Fawkes, claramente divertido.

–Indudablemente –sonrió Dumbledore–. Siempre he encontrado que el optimismo es un factor importante en lo que pasa en el mundo y a menudo nos afecta más de lo que creemos. Si pensamos que todo está perdido de antemano entonces no nos esforzamos y, al final, no conseguimos nada, habríamos perdido la batalla antes de empezar. Si, por el contrario, mantenemos una mente abierta, las posibilidades son tantas como logremos imaginar, siempre que mantengamos la realidad a plena vista.

Fawkes trató de evitar la risa mordiéndose el labio pero el esfuerzo le desbordó y acabó doblándose con la fuerza de las carcajadas mientras Dumbledore se limitaba a contemplarlo todavía sonriendo.

–Optimista y además, filósofo. No hay mejor combinación.

De nuevo calmado, aunque todavía temblando ligeramente por el ataque de risa, Fawkes se acercó a la roca en la que antes se había encontrado Dumbledore sentado y se dejó caer en ella, haciendo una seña al otro mago para que se le uniera. Este observó que si bien de lejos sus rasgos parecían finos, de cerca eran fuertes y aunque no hubiera cicatrices visibles el hombre que tenía delante también había pasado por tiempos duros.

–Es tranquilo este claro.

Dumbledore asintió.

–Es por eso que vengo aquí a cantar. Aquí no hay nadie que se entrometa, ya que nadie sabe que está aquí. Este bosque está lo suficientemente alejado como para que a nadie le apetezca venir a dar un paseo, eliminando la posibilidad de ser molestado.

–Ah, sí, la soledad –dijo Dumbledore–. ¿Asumo entonces que no eres un gran admirador de los grandes grupos de gente?

–No especialmente, aunque ese también parece ser tu caso.

–Muy cierto –concedió Dumbledore.

–¿Sabes? No eres para nada como yo me imaginaba que serías –dijo Fawkes de repente.

–¿Oh? ¿Y cómo me imaginabas que sería? –preguntó curioso Dumbledore.

–Bueno, las veces que he oído hablar de tus hazañas te pintaban como alguien serio y amenazante, que con solo estar en su presencia sientes su poder. Y, sin ofender, pareces más bien un mago excéntrico que cualquier otra cosa.

–Ah, sí –rió–. Sí, suelo dar esa impresión. Me lo suelen decir a veces, pero la opinión general no parece cambiar. ¿Quiere eso decir que te he decepcionado?

–En absoluto, me gusta más el resultado final –dijo seriamente Fawkes.

Dumbledore se permitió una sonrisa privada antes de retomar su silencio. Ninguno volvió a hablar en lo que quedaba de tarde y, a una hora o dos de estar juntos, Fawkes empezó a cantar con los ojos cerrados, ignorando la presencia de Dumbledore junto a él.

Ambos magos volvieron a encontrarse en las siguientes dos semanas, en las cuales a veces hablaban, otras daban paseos alrededor del lago y otras simplemente se sentaban en silencio. A veces, Dumbledore le contaba a Fawkes sobre Hogwarts y sus alrededores, sus estudiantes y los demás profesores del colegio. A veces, Fawkes le devolvía el favor con pequeños fragmentos de información de sí mismo.

–Yo vivo en este mismo bosque, adentrándote unos dos kilómetros más o menos. Me gustan los árboles –dijo una vez.

En otra ocasión confesó que no tenía familia desde hace mucho y Dumbledore, consciente de que a veces ciertos temas es mejor dejarlos en sombras, le pidió que cantara de nuevo.

Cuando finalmente las dos semanas llegaron a su fin, Dumbledore se dirigió de nuevo al bosque por última vez para despedirse de Fawkes. Fawkes ya se encontraba allí, esperándolo, y nada más verle su expresión se volvió seria.

–No vas a volver a venir, ¿cierto?

–No, este es el último día que puedo permanecer en el país –confirmó Dumbledore–. Por mucho que quisiera permanecer aquí, sigo siendo el director de Hogwarts y es mi responsabilidad estar presente en el colegio. No puedo faltar más días o Minerva vendrá a recogerme de la oreja.

La sonrisa con la que respondió Fawkes era amarga pero Dumbledore lo entendía. La paz del bosque y la misma presencia de su más reciente amigo era algo que también lamentaba perder. Y algo le decía que una vez saliera de Bulgaria nunca lo volvería a encontrar.

Fawkes pareció entonces tomar una decisión porque cogió aire y lo soltó formando una sonrisa que hasta entonces Dumbledore había visto en poca gente. Era una mezcla entre tristeza, cabezonería y cariño.

–Déjame darte un regalo entonces. Y si puedes, me gustaría que vinieras al menos mañana para despedirte.

Dumbledore asintió. Era incapaz de negar que se había enamorado del pequeño lago en medio del bosque.

–En cuanto a lo que me gustaría regalarte... es una canción nueva. La acabé ayer y esperaba que hoy pudieras oírla.

El tono en que lo dijo dejó entrever que obviamente no había esperado que esa canción fuera la última. En silencio, Dumbledore se sentó en la roca que para entonces se había convertido en su punto de encuentro mutuo, y esperó pacientemente a que Fawkes se le uniera y empezara a cantar.

De nuevo, Dumbledore cerró los ojos y se dejó llevar.

Flying, in the big black sky; shining, in the clear view of the sun. We are those who fly to heaven; hoping, to get even with God. Running, when the stars start to fall; hoping, for something more than a dream, reality we want to conquer, conquer and shape as wishes for all. And we let the clouds cover us, as we entwine our wings with our love, and we let the birds guide us, 'cause we know we're the young ones. Who are we, really? Who will let us live? We're waiting with impatience, our moment has begun. And we sing with the voices of the wind, and we laugh with the rays of the sun. Come and join us, come, we won't let you fall.

El ritmo era lento y dulce, como una caricia, y las notas subían y bajaban como si las hubieran encantado de aquella manera. Parecían vivas. Y como con todas aquellas anteriores veces en que había oído cantar a Fawkes, le pareció que lo que sentía le traspasaba. Su regalo eran más que palabras y notas musicales, sus propios sentimientos eran un obsequio.



Al día siguiente Dumbledore se levantó temprano y se dirigió al lago. Se apareció en la linde del bosque pocos minutos antes del amanecer y se quedó esperando. Fawkes no le había pedido que apareciera a una hora determinada pero algo le decía que ese era el momento apropiado. Dos minutos más tarde el sol empezó a salir y Dumbledore vislumbró una silueta que aparecía y desaparecía de la vista en el cielo, cruzándose con los rayos del sol de manera que hacía difícil mantener la mirada en ella. Cuando empezó a descender y se acercó a él, Dumbledore tomó aliento de la sorpresa. Era un fénix.

Nunca había visto una criatura tan hermosa, ni tan digna. Movía las alas con una gracia inherente y estas parecían tan poderosas que daban la impresión de poder formar un torbellino. El animal se posó en el suelo frente a él, levantando la cola para no arrastrarla, y lo miró a los ojos. Los suyos eran de un color oscuro casi negro, profundos y familiares.

–¿Fawkes? –preguntó Dumbledore sin pretenderlo.

El ave emitió un gorjeo divertido que se expandió por el aire y el viejo mago sonrió. No sabía mucho de fénixes pero tenía la impresión de que eran criaturas demasiado peculiares como para que nadie supiera demasiado sobre ellas.

–De modo que has conseguido engañarme hasta ahora, ¿eh? –dijo con cariño y no poca admiración–. Eres una criatura fascinante.

Fawkes gorjeó de nuevo y con un pequeño salto y un aleteo se le subió a la rodilla y le dio con el pico en las gafas. Era bastante obvio que no había venido a decir adiós. Y Dumbledore descubrió que no le importaba lo más mínimo. Tal vez algo de compañía era precisamente lo que necesitaba en aquellos momentos.

–Bueno, si crees que Escocia es un lugar apropiado para vivir, no me importa que me acompañes. Debo decir, que estoy seguro de que vas a enamorarte de Hogwarts.

Dumbledore se irguió y el fénix lo siguió, posándose en su hombro y soltando un trino al aire de felicidad. El mago se sacó un pequeño reloj cascado del bolsillo y se lo enseñó. Fawkes lo miró y pareció asentir levemente. Un instante después, ambos habían desaparecido.


FIN.