Encuentro
Hacía varias noches que
esa cosa se había escapado del laboratorio y, como todos los días
desde entonces, Josh dudó si salir a la calle y dejar a Dia solo en
casa. Finalmente, esa tarde se armó de valor, cogió un palo largo
que antes había sido parte del marco de alguna puerta y salió a la
calle. Con el macuto a la espalda y una postura tensa, miró bien a
los dos lados de la calle antes y mientras cerraba la puerta. Luego
echó a andar por el callejón desierto en dirección a la plaza.
Suspiró. Desde que esa
cosa se había escapado del laboratorio nadie salía de su casa sin
una razón muy importante y, a ser posible, acompañado y armado todo
lo que podía. Josh lo máximo que tenía en casa era ese palo y no
podía llevarse a Dia a ninguna parte, su hermano no estaba para
salir a la calle precisamente. No conseguía explicarse cómo a los
del laboratorio se les había escapado aquel animal, ni cómo había
escapado este matando a doce guardias por el camino sin que nadie se
enterase. Los cuerpos habían sido encontrados al día siguiente,
cuando la luz trémula del amanecer había llegado para facilitar un
poco la búsqueda. No tenía ni idea de qué podía ser esa cosa pero
tenía que ser muy inteligente para matar a todos esos guardias en su
huida y esconderlos hasta el día siguiente, y sobre todo, para salir
del enorme complejo. Sacudió la cabeza. Como fuera, aquello no era
asunto suyo siempre y cuando no dañara o tuviera nada que ver con
Dia. Sólo terminaría las compras rápido y volvería a casa en
seguida.
Llegado a la plaza se
dirijo rápidamente a la panadería e hizo acopio de todo lo que pudo
comprar, luego se dirigió a la carnicería y más tarde a la
frutería. Todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto pero
también tenían una abertura en alguna parte de al puerta para ver
quién llegaba y dejarle entrar. Tampoco se podía asegurar que
aquellas medidas funcionaran contra lo que se había escapado del
laboratorio pero así todos se sentían más seguros.
–Josh,
cariño, ¿te has enterado de lo último que ha hecho esa cosa del
laboratorio? –le dijo Sarah, la vieja frutera, con cara preocupada.
Él frunció el
ceño.
–No.
–Ay, pues yo
que tú tendría cuidado cuando fuera por las calles de la ciudad. Al
parecer el monstruo ese ha estado matando en la ciudad –le dijo
ella mientras un escalofrío le recorría el cuerpo–. Al parecer es
verdad que está aquí. Sólo han sido unos cuantos perros pero los
han encontrado casi descuartizados y medio enterrados. Uno de los
agentes dijo que el sitio olía a sangre que echaba para atrás.
Josh tragó
saliva. Era lo suficiente mayorcito con 31 años como para no
asustarse con cuentos de viejas pero Sarah no solía mentir ni
exagerar demasiado las cosas y tal y como estaban las
circunstancias... mejor darse prisa y no dejar mucho rato solo a Dia.
–Gracias,
Sarah, de verdad. Por la comida y la información. Me vuelvo a casa.
Pudo oír cómo
los cerrojos sonaban al salir a la calle y las tablas de madera caían
al otro lado de la puerta y se apresuró todo lo que pudo hasta casa.
Llevaba el macuto más lleno que antes, que no lleno, y lo mantenía
bajo el brazo para protegerlo de lo que pudiera cruzarse con él; en
la otra mano el palo se agitaba gracias a la fricción del aire por
la carrera. Las calles estaban desiertas y pudo ver que las ventanas
estaban cerradas a cal y canto, o todo lo a cal y canto que se podía
en esa ciudad. Aunque probablemente hubiese alguien detrás de cada
una al acecho del peligro que se cernía sobre ellos.
Casi
se le fue todo el aire que había estado conteniendo por la boca
cuando llegó a la puerta de su casa. Sacó la llave y estaba a punto
de abrir la puerta cuando vio un reguero de un líquido rojo
resbalando por el cauce barroso del centro del callejón. Se le
pusieron los pelos como escarpias al comprobar que aquello era sangre
y el olor del hierro empezó a entrarle por las fosas nasales. Como
si le hubiera dado una apoplejía, Josh trató de encajar la llave en
la cerradura pero le tomó unos preciosos instantes acertar y girar
el bombín en el ángulo correcto para que se abriera la puerta. Una
vez hecho esto la cerró desde dentro y casi se derrumba sobre la
destartalada mesa que ocupaba la mayor parte de la entrada. El
corazón le latía con fuerza, como queriendo señalar que pasase lo
que pasase ahí fuera él todavía estaba dentro, vivo, y que seguía
sintiendo miedo. Sus jadeos llenaron el cuarto y tardó un rato en
poder ponerse de pie apoyándose en sus temblorosas manos.
Escuchó con
atención para descubrir si el ruido había despertado a Dia, que
dormía en el piso de arriba, y habiendo comprobado que no, tomó una
decisión. Guardó los alimentos en la despensa y el refrigerador
escacharrado de la cocina y se armó de valor para volver a abrir la
puerta palo en mano. El reguero de sangre seguía ahí, sangre
líquida que se juntaba con el barro, la tierra, la arena y los
restos de lluvia de dos días atrás. La noche que esa cosa se había
escapado también había estado lloviendo, como si el cielo quisiera
limpiar la mugre de la ciudad, sin conseguirlo.
Tragó saliva y
siguió la sangre pendiente arriba, atento al mínimo ruido,
movimiento o sombra sospechosa que pudiera percibir. El callejón
seguía recto pendiente arriba hasta que esta se acababa y la calle
hacía un recodo en un edificio de cuatro plantas medio derruido.
Entre medias había como unas trece casas que, achaparradas, se
apoyaban unas en otras para no caerse al suelo. En los bajos de una
que Josh bien conocía había una pequeña explanada que quizás
antes había sido un parking improvisado para coches y que ahora sólo
era una explanada de tierra. Casi se le para el corazón al acercarse
y ver que la verja que normalmente la cerraba estaba rota formando un
gran agujero. ¿Pero cómo de grande era esa cosa? Esta vez tenía la
garganta seca así que por mucho que lo intentó no pudo tragar nada.
Resignado, Josh adelantó un pie para entrar cuando un jadeo
repentino le detuvo. Sonaba grave, descascarillado, como el jadeo de
un enfermo terminal sin cuidado alguno o el de un perro moribundo. El
reguero de sangre conducía derecho hacia el fondo así que no tuvo
más remedio que entrar.
Se maldijo
mentalmente por no llevar una linterna para saber qué había dentro
exactamente pero al poco tiempo sus ojos se fueron acostumbrando a la
oscuridad. Al fondo del patio interior había un par de figuras
acurrucadas contra la pared. Una de las dos olía terriblemente a
sangre y la otra era el origen de los jadeos y la respiración
trabajosa. Se acercó con cuidado y cuando vio lo que eran las
náuseas le pudieron y vomitó violentamente sobre el suelo cubierto
de sangre y tierra. El bulto más cercano a la pared eran los restos
de un perro, o lo que había sido un perro antes, desmembrado y con
sus miembros apilados como si fueran una torre o una montaña de
basura. Tras el el acceso de tos que sobrevino al vómito miró a la
otra figura para descubrir a una joven de pelo negro que temblaba y
lo miraba temblando. Parecía herida y febril pero sus ojos lo
miraban fijamente, sin vacilar, atentos a todos sus movimientos.
Directos y profundos. A Josh no le hizo falta pensar mucho.
–Dioses.
Se acercó a la
muchacha con intención de sacarla de allí pero ella se resistió,
arrebujándose más en sus ropas hechas pedazos.
–Por favor,
déjame sacarte de aquí. Por favor.
Si fueron sus
palabras o que las pocas fuerzas de la chica ya no la sostenían,
Josh no lo sabía, pero de repente se dejó hacer y bajó los brazos,
aun cuando no dejó de mirarlo con los ojos entrecerrados ni un solo
momento. La cogió en brazos y cargó con ella con dificultad hasta
la entrada al callejón. Al llegar a casa la dejó sobre el sillón
destartalado del salón y la cubrió con una manta antes de subir al
segundo piso para llenar la bañera de agua y lavarla. La pobre
estaba cubierta de sangre de arriba a abajo, sobre todo las manos,
pero curiosamente no tenía ninguna herida, a pesar de llevar un
vendaje en el brazo con lo que parecían restos de sangre oscura.
Era obvio lo que
había pasado, pensó apretando los dientes. Esa cosa que se había
escapado del laboratorio los había atacado al perro y a ella y no se
sabía porqué, a ella no le había hecho nada. Luego ella había
apilado los restos del animal, puede que para darle algo parecido a
una sepultura. Aunque en el estado en el que estaba... es normal que
no hubiera podido hacer mucho.
–Ahh... ah.
Josh volvió la
cabeza para ver a la chica, que lo miraba desde la bañera llena de
agua. Parecía tener las cuerdas vocales agarrotadas y no podía
hablar bien. Le revolvió el pelo con cariño.
–No te
preocupes, ahora estás bien. Nadie va a venir por ti, aquí estás a
salvo.
Ella lo miró
como si no se pudiera creer lo que salía de sus labios para, más
tarde, asentir despacio y apoyar la cabeza en la pared. Cuando acabó
de lavarla estaba dormida y la sacó del baño con los ojos cerrados
y la respiración más tranquila. Después de pensarlo un poco,
la vistió con una vieja camiseta suya y unos pantalones cortos y la
llevó al dormitorio que su hermano y él compartían. La cama era
doble pero en ella no cabían los tres así que la puso junto a Dia,
que no se despertó cuando la tapó con la sábana, y se bajó al
piso inferior. Esa noche dormiría en el sofá pero antes tenía que
colocar la compra y limpiar el suelo, que se había manchado de barro
al entrar con la chica. También se aseguró de hacer todas las
comprobaciones pertinentes en ventanas y puerta minuciosamente, esa
cosa no iba a entrar en su casa sin más.