sábado, 26 de mayo de 2012

Yo no fui - Capítulo 3


Mantra

Hay un secreto detrás de la cordura del prisionero de la celda 390 del ala suroeste. Es un recuerdo y al mismo tiempo no lo es. Ha pasado tanto tiempo que ahora ya no es más un recuerdo, es un lamento, es un credo, es su oración. Su frase de buenos días, esos días que no llega a ver, su frase de buenas tardes y de buenas noches. A pesar de que sabe que ninguna es, ha sido ni será buena jamás. No es una esperanza pero tampoco es desesperación. No es algo que debería salvarlo, es más, es algo que debería atormentarlo para el resto de los días, es algo que ni siquiera los dementores han podido quitarle. Porque puede ser muchas cosas, pero eso que le salva de la cordura no es un recuerdo feliz.

Tampoco se puede decir que sea un recuerdo, es un cúmulo de ellos, de circunstancias, de cosas sucedidas, de verdades y mentiras. Es un cúmulo de “¡Eh, chicos! ¡No me dejéis atrás!”, “Sois tan geniales... por eso siempre tenéis tanta suerte con las chicas, ¡y encima sois inteligentes!”, “Yo querría ser como vosotros...”, “¿Qué hacemos? !Tenemos que escondernos! ¡Quien-vosotros-sabéis no os encontrará jamás!”, “Sois mis mejores amigos”, “Confiad en mí”, “No os traicionaré jamás”.

Es un conjunto de mentiras con voz, personalidad y nombre propio. Es un conjunto de Peter Pettigrews que Black sabe que no podrá olvidar jamás. Es un cúmulo de traiciones y secretos a puerta cerrada, de palabras bonitas y puñaladas por la espalda.

Y al mismo tiempo, culpa. Una culpa que lo devora por dentro, una culpa que parece que podría matarlo con mayor eficacia que los dementores si no fuera por la certeza que, a pesar de todo, se esconde en su mantra particular. Con lo que sabe Black podrían escribirse varios libros, todos llenos de remordimientos, de culpa, de dolor, de tristeza, de odio. Porque eso es lo que lo mantiene vivo entre esas cuatro paredes de piedra negra desde las que sólo oye el rugido del mar.

El odio.

Y la inocencia.

La certeza de que aquello que ocurrió ese martes es culpa suya, en cierta manera y, en cierta manera también, la certeza de que ese martes despiadado no lo causó él directamente. Es su culpa y al mismo tiempo no lo es. Es complicado, cualquiera que lo oyera hablar de ello, cualquiera que escuchara a Black confesar todo lo que piensa sobre la razón por la que acabó en Azkaban, pensaría que de tanto tiempo en ese sitio infernal ni siquiera él había conseguido librarse de la locura.

Pero él está bien con su culpa, sus remordimientos y su odio, no necesita compartirlos con nadie más. Sabe que en el improbable caso de que tuviera alguien así no se lo contaría y, en el más aún improbable caso de que lo hiciera, sabe que no sería creído. Así que se lo repite mentalmente siempre, una sola frase acompañada de miles de circunstancias, de imágenes.

Black era el guardián secreto de los Potter y, según cuenta la versión oficial, los delató a El-que-no-debe-ser-nombrado. La verdadera versión, que sólo conoce él, es que Black renunció a ese puesto.

Se lo dio a esa rata traicionera de Peter.

Black piensa en sí mismo en términos de Sirius cuando recuerda esto, se recuerda como el mejor amigo de sus mejores amigos, porque sabe que así el dolor es más intenso. La certeza de haber fallado a aquellos a quienes más amaba, aquellos que ahora gracias a esto están muertos.

Y Sirius no podía haber sospechado que Peter, Colagusano, era un traidor, pero sí que se culpa de haber sido lo bastante cobarde como para pasarle la seguridad de Lily y James a otra persona. Porque si hubiera confiado más en sí mismo, si se hubiera dado más crédito, si no hubiera sido el flagrante cobarde que sabe que fue, sus amigos podrían haberse salvado.

Esa es la parte que se culpa a sí mismo, la parte que se tortura como castigo entre esas cuatro paredes, ese techo y en esa prisión llena de dementores. Pero luego hay otra parte, que se resume fácilmente en ese mantra que se recita todas las noches, ese mantra que necesita escuchar de sus propios labios para seguir cuerdo, ese manta que sabe que repetirá hasta su muerte o hasta que consiga salir de ese lugar. Porque ese mantra esconde odio, unas ganas irrefrenables de matar, la necesidad de perdonarse a sí mismo, la necesidad de hacerle justicia a sus amigos, de enmendar sus errores. De reclamar venganza. Todo eso se resume en tres simples palabras y un punto final.

Yo no fui.”

martes, 22 de mayo de 2012

Yo no fui - Capítulo 2


Felicidad

En esa prisión nunca se ve la luz del día. Azkaban no es un lugar al que uno vaya a divertirse, ni mucho menos a pudrirse olvidando la causa de porqué está allí. Azkaban vive su vida en una noche eterna, llena de miedo y desesperación, llena de dolor y tristeza, llena de cualquier cosa que no sea cálida y amable. El frío se te mete en el alma y no es de ese que se desprende de las paredes precisamente del que hablamos, ese frío es casi inofensivo. Porque todos los presos de Azkaban conocen muy bien la causa de sus desvelos y de los sentimientos que los mantienen encarcelados. Saben que podrían dejar las verjas de las celdas abiertas perfectamente y los presos no se moverían de donde están. Temen demasiado a sus carceleros como para poner un pie fuera de ese cambio de piedras que indica dónde acaba una celda y empieza el pasillo.

Pocos presos mantienen la cordura entre esas paredes sin esperanza y aquellos que lo hacen son o los más malvados, los que se regocijan en todos y cada uno de sus malos recuerdos sin darles la espalda sino abrazándolos con amor, y los que acaban de llegar. Y todos allí saben que los recién llegados no duran mucho.

Sirius Black es un de los que todavía no se ha vuelto loco, o no del todo. Eso piensa él. No es ni de los malvados ni de los que llevan poco tiempo en la prisión, los tres años que no ha contado le pesan en los huesos y en la sangre. Esa sangre Black, esa. Su sangre por mucho que no lo quiera. Ha descubierto que puede sumergirse en recuerdos medianamente felices cuando los dementores no están a menos de dos metros de su celda, no pasa a menudo pero cada vez que ocurre no duda en aprovechar la oportunidad.

Los recuerdos que convoca deberían ser felices, y son felices a su manera, pero por suerte para él todos los recuerdos que tiene están teñidos por una amargura que los mancha y los camufla a los ojos -si podemos decirlo así- de los dementores, de manera que no los reconoce. Sirius da las gracias a cualquier cosa que se le pase por la cabeza por que los asquerosos seres no piensen en sus recuerdos como felices. Aunque es normal, él tampoco lo hace.

La última vez que accedió a uno de esos recuerdos prohibidos y deliciosamente dolorosos y torturadores fue una noche de tormenta. Son deliciosos porque los ama, dolorosos porque ya no están y torturadores porque por mucho que los rememore y estos le dañen no puede dejar de verlos, de volver la mirada atrás en el tiempo.


Se acuerda de una calurosa tarde de junio en que decidió seguir discutiendo con la pelirroja novia de su amigo James. Para ellos era normal estar así, Lily no tenía un carácter tímido ni calmado que la hiciera bajar la cabeza ni ignorarle cada vez que soltaba una chorrada. Lily era una leona que plantaba cara y que, muy a la misma manera de los cuatro tontos con los que solía ir, acostumbraba a responder provocación con provocación, broma con broma y chorrada con chorrada. Sólo que ella era más lista, más astuta, que cualquiera de los otros cuatro. Hecho que James solía remarcar y que Sirius solía ignorar, porque nunca en su vida iba a reconocer que la adorable pelirroja eramáslistaqueél.

Todo empezó, como siempre, en la casa de los Potter. Era el último verano que pasarían esperando a volver a Hogarts, el verano de sus 16-17 años, como lo llamaba James. Sus padres habían decidido hacer una escapada romántica durante una semana y, tras asegurarse de que dejaban a alguien responsable a cargo del resto de cabezahuecas, se fueron dejándolos solos. ¿Quién fue la lista en medio de la panda de inútiles? Lily, obviamente. Ninguno de sus otros cuatro amigos sabía hacer siquiera un huevo. Bueno, a excepción de Remus, el cual era el único al que le dejaba meter la nariz en la cocina cuando era hora de cocinar.

James, Sirius y Peter aceptaban de buena gana que la única mujer fuera la que cocinara y se dedicaban a tareas más importantes mientras esperaban con ansia a que mamá pata les diera de comer. Como volar, jugar a los naipes explosivos, retocar el Mapa del Merdeador para añadirle cosas más chulas, discutir sobre tal o cual profesor, tal o cual asignatura, quejarse de los deberes, terminar los deberes en tiempo récord porque los cabezahuecas estrella se habían picado -Sirus y James, por supuesto- a ver quién era más rápido y consolar y ayudar a Peter con los suyos cada vez que se sentía perdido porque iba demasiado lento. También ocupaba gran parte de su tiempo pensar qué chorradas les haría hacer Quejicus cuando empezara el curso y cómo iban a contrarrestarlas.
Eran chorradas que hacían ente los tres mientras Remus y Lily cocinaban y precisamente porque eran chorradas las hacían. Las discusiones importantes eran para cuando estaban los cinco, para cuando ninguno podía perderse una sola palabra.

Aquella tarde no estaban hablando de nada. Lily acababa de salir de la cocina, toda orgullosa, con dos fuentes enormes de pasta con salsa italiana y Remus iba detrás con una gran ensaladera llena hasta arriba de lo que parecía lechuga, tomate, atún, queso, tomatitos, aceitunas, puerro, aguacate, patatas, brotes de soja y maíz. Sirius se relamía los labios y hubiera empezado a comer ya si no fuera porque faltaba el pan. Sirius comía pan y si no había pan podía estar horas quejándose de que no le alimentaban bien.

El pan fue servido y todos empezaron a comer. Todo iba bien con la pasta pero entonces Sirius empezó a echarse cantidades industriales de ensalada y, cuando la probó, hizo una mueca que sólo podía traducirse como ASCO INFINITO.

¿Qué demonios...? ¿Qué lleva esto, a qué demonios sabe? Está asqueroso.

Mientras Sirius se metía tanto una servilleta en la boca que parecía que se la iba a comer, James miró hacia un lado silbando para que no se le notase que instantes antes había estado flipando en colores y para que se le notase que él no tenía nada que ver con aquello, que a él le estaba todo muy bueno. Se metió un pincho de ensalada en la boca sólo para demostrarlo. Remus miraba a Sirius como compadeciéndole y Peter estaba... temblando. Más o menos. Trataba de comer para que no se le notara.

–Oye, Lunático, ¿qué demonios le has puesto a la ensalada? Creo que podría cortarme la lengua sólo por quitarme el mal sabor de boca.

Sirius miró a su amigo esperando una respuesta y este negó con la cabeza.

–Esa cosa tan asquerosa que lleva MI ensalada se la he puesto YO, Sirius –dijo entonces Lily, que se había cruzado de brazos.

–Ah... eh... yo... –empezó Sirius.

–Si vas a decir todo el abecedario te lo puedes guardar, Black, y si no te gusta mi ensalada lo dices. No lo escupes.

Sirius se preguntaba en ese momento porqué demonios no había sido Remus el que había hecho la ensalada ese día. La ensalada era su terreno, ¿qué coño hacía saliéndose de su terreno?

–No, si no me parece tan mala, Lily, en serio. Mira, me la puedo comer.

Se arrepintió al instante de lo que se llevó a la boca porque la cara de asco que había puesto rivalizaba con la anterior. Y eso era mucho decir. Se la podía haber ahorrado.

–Sí, ya veo. Dime, ¿prefieres comer ensalada o pasta?

La mirada de la pelirroja era peligrosa y Sirius decidió que era mejor no mentir y arrastrarse por el suelo.

–Pasta.

Los ojos de Lily brillaron como si les hubiera dado brillo.

–Muy bien, pues solo vas a comer pasta de aquí a dos días, Sirius Black, hasta que aprendas a preguntar qué demonios es el vinagre y cómo decir que no te gusta una comida. Yo que tú aprovecharía, no te imaginas la poca pasta que queda en esta casa.


Y así fue que Sirius se quedó sin comer dos días por su afrenta a la pelirroja. Dos días, sí. Sirius, que llegaba a la mesa y prácticamente se comía él solo tres cuartos de lo cocinado para cinco personas. No fueron pocas las veces que trató de convencer a sus otros amigos de que le alimentaran, aunque fuera un poco, pero sus súplicas tuvieron muy pocos resultados.

James, como le contó su amigo, había sido amenazado con quedarse sin ciertas partes de su anatomía que le aseguraban que si Lily tenía hijos algún día no serían suyos si se atrevía a darle un solo mendrugo de pan. Remus estaba de acuerdo con Lily así que consideró el castigo adecuado y sólo una vez, una miserable vez en que la novia de su amigo no miraba, le dio a Sirius un cacho del chocolate que se estaba comiendo en aquellos momentos. Por mucho que Sirius se humilló e hizo cabriolas cual cachorro no le dio nada más. Y Peter... Peter estaba fuera de la cuestión desde el principio, ni siquiera llegaba a la alacena y cada vez que quería algo de la cocina tenía que pedírselo a Lily porque tampoco sabía cocinar. Un día casi había volado el horno preparando una sopa al ausentarse la chica con Remus por ir a comprar un par de condimentos. Tenía hambre pero no llegaba a las galletas y Sirius y James estaban dormitando en el salón tirados en el suelo. Cualquier interferencia le hubiera costado mínimo la muerte.

Sirius se acuerda de cómo Lily le perdonó y le volvió a dar de comer después de disculparse con la botella de vinagre, que era lomásasquerosoquehabíaprobadoensuvida pero MerlínlesalvasededecírseloaLilydenuevo.


Black oye y siente que los dementores se acercan y, despacio, con reticencia incluso, se desprende de esos recuerdos tortuosos para sumergirse en ese mantra que le da la vida y le mantiene con cordura. Porque sólo hay una cosa que le sostiene y no son esos recuerdos. Esos recuerdos en los que la felicidad se mezcla con la amargura el dolor y la tortura. Porque la felicidad de un momento sólo se puede medir por el dolor que te causa recordarlo.

lunes, 21 de mayo de 2012

Yo no fui - Capítulo 1


Risa

Una explosión revienta sus oídos. El asfalto se levanta, la gente grita y todo es confusión, miedo, horror. Era rabia antes pero ahora Sirius se levanta del suelo y mira a su alrededor y sólo ve cuerpos. Cuerpos de gente desconocida pero cuerpos al fin y al cabo, muertos por todas partes. Está acostumbrado a esa visión así que solo gira y gira, buscando a la única persona que sabe que no va a encontrar. Un dedo lo saluda desde el suelo, un solo dedo que parece burlarse de él con la misma expresión de desprecio, y asco con la que le miraba Peter tan solo unos segundos antes. Y Sirius Black, mejor amigo de los recientemente fallecidos Lily y James Potter, de Remus Lupin y, supuestamente, de Peter Pettigrew, empieza a reírse.

Es una risa cascada al principio, que va creciendo poco a poco hasta hacerse incontrolable, histérica. No lo vio venir, nunca lo vio venir. Peter, Colagusano, ¡Colagusano, por Merlín! Pero el daño está hecho y Lily y James están muertos y ese hijo de puta le ha tendido una trampa, una trampa tan bien hecha que no la ha visto venir ni de lejos ni de cerca.

Se queda allí, riendo como un poseso. Se resiste a huir porque sabe que ya es tarde para hacerlo, porque sabe que el Ministerio estará en ese mismo lugar en menos de lo que termina de reír, porque sigue riendo cuando ellos llegan y él deja que se lo lleven. Porque ya da igual, porque ellos ya están muertos y nada de lo que él diga o haga va a traérselos de vuelta ni va a conseguir que el resto del mundo piense que no fue él el traidor que se los entregó a Lord Voldemort.

Los aurores lo rodean y le quitan la varita sin dificultad, no necesitan ni hechizarlo para que se vaya con ellos. Pero a ellos no les parece raro, porque Black es un asesino, porque Black es un traidor, porque Black es un mortífago y ha vendido a los mayores enemigos de Quien-no-debe-ser-nombrado para que sean asesinados y porque está demente de tanta maldad como le corroe por dentro. Porque sigue riendo.

Se lo llevan tal cual y tal cual lo presentan a juicio habiéndolo condenado ya de antemano. Black no se defiende, se queda ahí mirando al jurado, a los testigos y a los reporteros con gesto ausente y una sonrisa en los labios, como si ellos no estuvieran realmente ahí y él estuviera en otro lugar, en otro tiempo, con otra compañía más agradable. Como si James estuviera a su lado y juntos estuvieran discutiendo cuál de todos es el más estúpido. Los mira con suficiencia, con resignación en sus ojos, ya a un nivel más profundo, con pena, con sarcasmo.

Cuando lo sacan del tribunal penal a Black se lo llevan los dementores y su sonrisa ya ha desaparecido, lo que provoca que los asistentes se relajen un tanto. No es fácil estar en presencia de semejante asesino demente.

Se lo llevan a Azkaban y lo marcan, lo meten en su celda y se olvidan de él. Se relajan, celebran la caída de El-que-no-debe-ser-nombrado. Ya están a salvo, ya no puede escapar. Nadie ha escapado nunca de Azkaban y él no va a ser el primero. Los dementores harán su trabajo, como siempre, y Sirius Black no volverá a reír.

lunes, 14 de mayo de 2012

Una historia de samuráis



Mi nombre es Asami Kurosu y, aunque no siempre hice este trabajo, vivo y trabajo actualmente en un burdel. Antes de que os precipitéis en vuestras conclusiones, es mi deber informaros de que mi tarea en este lugar es la de un simple limpiador. No hago este trabajo porque me guste, ni porque haya sido mi ilusión suprema en la vida, sino por sobrevivir. Por simple y único instinto de supervivencia. A veces se requieren mis servicios para echar a clientes indeseados del local y de esa manera me gano algo de dinero extra. Es así como, de hecho, he conseguido el dinero para comprarme este rollo, un pincel y la tinta con la que escribo. He decidido contar mi historia.


Mi nombre no siempre fue Asami Kurosu. En el pasado, cuando todavía tenía una familia, mi nombre fue Asami Karahara, hijo mayor y sucesor del cabeza del clan Karahara, nobles samuráis del más alto honor. Y yo, aunque suene muy poco modesto, era el mejor de todos. Entrenado por mi padre de manera estricta y continua llegué a ser el mejor hombre de todo el clan. El único agujero que tenía era mi personalidad. Debo confesar que siempre he sido demasiado poco serio para mi propio bien, en los combates nunca flaqueaba pero lo que hacía fuera de dojo era estar siempre de fiesta, siempre bromeando, siempre eludiendo lo que debía hacer.

Por aquél entonces tenía un amigo cercano, Izumi, que era más serio que yo pero también se divertía conmigo. Era mi compañero de correrías y, a la vez, el que se aseguraba de que no pasase demasiado tiempo ocioso. Era más que mi amigo era mi hermano de espada, mi compañero en el combate, era como alguien de mi propia sangre y carne. Una tarde en que debíamos pasar el día de guardia Izumi vino a mí muy agitado diciéndome que había escuchado una conversación muy sospechosa entre dos hombres del clan. Izumi los había pillado doblando una esquina pero se tuvo que esconder para que no le vieran a sí que no pudo reconocerles por el rostro, pero sabía que sus voces le sonaban muy familiares. Según él, aquella noche iba a tener lugar un intento de robo en la casa principal. Trabajarían en las sombras y evitarían disparar las alarmas y producir heridos o muertos pero no se echarían atrás ante nada. Discreto pero efectivo.

Ambos, Izumi y yo, sabíamos que la única cosa que merecía ser robada en la casa principal era la espada Karahara, que daba nombre al clan. Un hermoso y terrible acero que había pertenecido al más poderoso cabeza de clan que jamás habíamos tenido, Nobuo Temachi. La espada sólo se sacaba en ceremonias rituales y normalmente estaba guardada en la habitación central de toda la casa, junto a un pequeño patio interior con un lago donde se purificaba antes de los rituales. Decidimos montar guardia en el patio y dar la alarma a la menor señal de vida. Por supuesto, semejante plan debía mantenerse en secreto, pues si no los ladrones podrían escapar y no ser atrapados. Cuantos menos mejor.

Aquella noche montamos dos guardias en silencio, escondiéndonos entre las sombras. Nada pasó hasta las 3 de la mañana, cuando me tocaba ir a por Izumi para cambiarnos las posiciones. Una sombra armada se deslizaba por la pared, probablemente sin haberme visto, en dirección a la habitación de la espada. Lentamente, saqué mi propia arma y di gracias al cielo de que la había limpiado a fondo aquella mañana, por lo que casi no hizo ruido. Aceché a la sombra y, justo cuando esta estaba apunto de abrir la puerta, ataqué. Logré pillarlo por sorpresa pero era un buen guerrero y pudo pararme, forcejeamos unos instantes y, cuando nuestras espadas se alejaron unos segundos, di la alarma antes de volver a atacar. Esto le sorprendió y se colocó en posición defensiva pero yo no estaba dispuesto a dejarle escapar. Era fuerte, y rápido, pero no lo suficiente. Dos estocadas más y le alcancé. Cayó al suelo en silencio y yo paré para recobrar el aliento. La alarma se había extendido por toda la casa y se oían gritos desde todas las direcciones.

Pensé, iluso de mí, que todo se había acabado ya. En el momento en que me volvía para recibir a mis compañeros de armas otra sombra me atacó desde atrás y me puso su propio filo en la garganta. Se quedó así, quieto, sin moverse.

“No sé qué pretendes pero no te saldrás con la tuya” le dije.

“Oh, no te preocupes por eso, ya lo he hecho” fue su respuesta.

Me lo susurró al oído, lo bastante bajo como para que la gente que entraba en el patio interior no lo oyera pero yo sí. Y reconocí su voz. Izumi.

Fui condenado esa misma noche. Izumi expuso ante mi padre que llevaba un tiempo encontrándome de un humor extraño y había empezado a sospechar. Decidió averiguar qué pasaba y, en caso necesario, detenerme.

Yo intenté defenderme, expuse mi versión de los hechos, pero Izumi dijo que no era más que un mentiroso que aquella noche había derramado mi propia sangre. Para horror mío, aquel hombre que había matado, era mi primo, Sakae, con quien dijo Izumi que había resuelto seguirme. Era él, de eso no había duda, pero nadie quiso escuchar nada más de mí después de aquello. Me quitaron mi querida espada, me despojaron de mi apellido y de mi honor, y me convirtieron en un ronin, un samurái errante. Solo que, a diferencia de todos los que conocí más adelante, yo no tenía mi arma.


Han pasado más de dos años desde entonces y yo ya vivo muy lejos de mi ciudad natal. Me di un nuevo apellido y decidí reconstruir mi vida. Puede que ser el asistente de la limpieza de un burdel y guardaespaldas esporádico de las mujeres que viven y se ganan la vida en él no sea muy honrado pero por algún sitio se debe empezar, ¿cierto?


Asami Kurosu

viernes, 11 de mayo de 2012

Los fabricantes de varitas - Capítulo 1


1

La escuela de magia


Hacía un día perfecto de verano en Moonlight Organ. El patio del orfanato estaba lleno de hierba verde y mullida y se oían exclamaciones y gritos de niños por todas partes, mientras estos trataban de aprovechar al máximo sus vacaciones estivales. La señorita Stevens y la gran y oronda señora Bright, las cuidadoras, se encargaban de vigilar que nada se saliera de su cauce, las dos previsoramente escondidas en el porche de entrada y cada una pertrechada con un abanico o un libro para darse aire.

Los niños, sin embargo, no parecían ser conscientes del calor propio de la estación, y se entretenían jugando al fútbol unos, otros machacando piedras unas contra otras, y un grupito de pequeños niños de entre 4 y 6 años se entretenían viendo saltar a una rana de hierbajo en hierbajo.

En uno de los rincones más alejados, bajo la sombra de un árbol, se hallaba una niña tratando de convencer a un gato atigrado de que le dejara tocarlo. Tenía el pelo largo y azul recogido en una trenza, que le colgaba por un lado del cuello mientras hacía gestos invitadores con la mano al animal.

–Meow, meooow –dijo tratando de imitar de la mejor manera posible los maullidos de un gato.

El gato, sin embargo, parecía más interesado en mirarla fijamente y torcer la cabeza de vez en cuando. Llevaba toda la mañana ahí, tieso, aunque alguna que otra vez la niña lo había visto subir o bajar del árbol o de la cancela para estirar las patas. A veces, cuando el gato torcía la cabeza, la niña se daba la vuelta sobre el césped y lo miraba al revés. Le hacía gracia porque tenía un par de rayas alrededor de los ojos que parecían gafas.

Finalmente, aceptando que el gato no le iba a hacer caso y previendo que se escaparía si trataba de cogerlo, la niña se tumbó bocarriba y sacó un reloj del bolsillo. Lo hizo girar sobre su cadena para que reflejara el sol.

–¿Sabes, gatito? –empezó–. Hoy la señorita Stevens me dijo que alguien había preguntado por mí, que habían llamado por teléfono y habían preguntado si podían verme –el tono de la niña traslucía claramente su perplejidad–. También me dijo que vendría a verme hoy, que había concertado una cita para las cinco. Pero ya son las cinco menos cuarto y todavía no ha aparecido nadie.

La niña recorrió el patio con la mirada, buscando a su misterioso visitante sin demasiada esperanza. Volvió a mirar al gato, que seguía tan tieso como antes.

–¿Tú crees que vendrá, gatito? Es la primera vez que alguien se interesa por mí. Seguro que en el último momento se arrepiente y no viene.

Una arruga apareció en su frente al decir aquello y el sol volvió a reflejarse en el reloj de bolsillo que daba vueltas colgado de su mano. De repente alguien tiró de la cadena y el reloj se perdió de vista.

–¡Eh! –exclamó la niña, pillada por sorpresa.

Se levantó de inmediato del suelo, mirando al grupo de chicos que tenía delante. Todos eran más o menos de su misma edad y el que estaba delante, con el pelo rapado y pinta de líder, sostenía su reloj y se reía entre dientes. Los demás reían a coro.

–¿Qué pasa, bruja? ¿Te molesta? –dijo el cabecilla.

–¡Yo no soy una bruja, Ben! ¡Devuélveme mi reloj! –respondió ella, saltando y tratando de alcanzar el objeto mientras Ben lo mantenía fuera de su alcance.

El gato, que había estado a un lado tranquilamente mirando la escena, se estiró de repente y empezó a bufar. Ben se fijó en él y llamó la atención de sus compañeros.

–¡Mirad! ¡La bruja tiene un gato! –se rió–. Ya sólo te falta la escoba, ¿sabes? ¿Porqué no le quitas a la suya a la señorita Stevenson? Es más fregona que escoba pero supongo que te dará igual, ¿no?

La niña había dejado de intentar quitarle el reloj y se estremecía de rabia apretando los puños. Frunció el entrecejo y, aparentemente como respuesta, Ben dejó de reír. Se miró la mano donde tenía el reloj, confundido. Un instante después, gritó y arrojó el objeto al suelo como si le hubiera mordido, sujetándose la mano. Los demás ya no reían y observaban a la niña como si hubieran visto un fantasma. Ben se había quedado blanco y, despacio, como si temiera perderla de vista, fue retrocediendo hasta que salió corriendo con el resto de su pandilla detrás. Un coro de "Ben, ¿qué pasa?" y "¿Estás bien?" se alejó de ellos y los dejó atrás.

La niña se agachó y recogió el reloj de la hierba, que continuaba caliente pero se iba enfriando por momentos. Lo miró sorprendida pero al final esbozó una sonrisa alegre y se volvió a sentar en la hierba. Estaba claro que al reloj tampoco le gustaba nada Ben. Se volvió hacia el gato, que volvía a estar tieso mirándola aunque antes se hubiera puesto de su lado.

–Muchas gracias, gatito, por ayudarme. A Ben y los demás les gusta mucho molestarme pero normalmente nadie les dice nada. Aunque delante de la señorita Stevenson se portan bien, para que no sospeche –hizo un mohín de disgusto–. Creo que es por mi pelo, porque es azul. Se volvió azul un día y por mucho que la señorita Stevenson trató de teñirlo el color no se iba. Aunque a mí me gusta más así –la niña esbozó una tímida sonrisa.

El gato bostezó y miró el reloj, como si realmente supiese leer la hora, se dio la vuelta y se subió a la cancela para caer al otro lado del muro. A la niña apenas le dio tiempo a decir nada antes de que desapareciera de su vista y se quedó un poco triste en al hierba, contemplando su reloj, hasta que un grito sonó en el patio.

–¡Clarissa! ¡Clarissa, ¿dónde estás?!

–Oh, no, voy a llegar tarde –dijo la niña tragando saliva antes de salir corriendo hacia el porche, donde la señorita Stevenson ya la estaba esperando con una sonrisa divertida y un mohín de reproche.

–Ya casi son las cinco, Clarissa, ¿y si hubieras llegado tarde?

Clarissa miró su reloj y vio que tenía razón, apenas quedaban cinco minutos. Por culpa de Ben se le había ido el santo al cielo. La señorita Stevenson continuó hablando.

–Y mírate, ¡estás cubierta de hierba! Apuesto lo que quieras a que has estado tumbada al lado de la puerta, ¿me equivoco? Ven aquí, anda –las manos de la señorita Stevenson, rápidas como siempre, empezaron a quitarle hojas y briznas de hierba del pelo y del vestido de forma metódica.
Finalmente, cuando al señorita vio que ya no quedaba ni una, se permitió pasar los dedos por el pelo de Clarissa para darles un toque más peinado.

–Ya está, lista. Si esa señora no te adopta, es porque está ciega –dijo guiñándole un ojo.

–¡Muchas gracias, señorita! –respondió Clarissa.

La señorita Stevenson sonrió plácidamente y desvió la mirada hacia la verja de entrada del patio, que se había abierto para dar paso a una figura alta y delgada. Clarissa la vio acercarse con el nerviosismo plasmado en la cara. ¿Cómo sería la señora que había llamado? La señorita Stevenson no le había dicho si era mayor o joven, si parecía tranquila o seria y a ella se le había olvidado preguntar de la emoción. Al acercarse vio que la mujer parecía bastante vieja, y severa, y en parte se sintió un poco decepcionada. Llevaba unas gafas delgadas que le daban un aspecto más serio si cabe, y se cubría con un abrigo, algo que parecía fuera de lugar dada la estación del año en que se encontraban. Y sin embargo, la mujer parecía enérgica y andaba segura y rápidamente. Cuando llegó hasta ellos, la mujer se atusó las gafas y empezó a hablar con una voz fuerte y clara.

–¿Es usted la señorita Anne Stevenson?

–Sí, soy yo. Y usted debe de ser Minerva McGonagall, ¿cierto? –respondió la señorita Stevenson.

La señora asintió un tanto rígidamente.

–Y tú debes de ser Clarissa –dijo la señora McGonagall.

Clarissa nunca había pensado que una mirada pudiese ser molesta pero la señora McGonagall la miraba de arriba a abajo y ella no podía hacer otra cosa que sonreír. La señorita Stevenson tampoco sabía muy bien cómo reaccionar. Finalmente, y como si leyera la inquietud de las dos, la señora McGonagall apartó la mirada de ella y la dirigió a la señorita Stevenson.

–Bueno, espero que pueda ofrecerme un asiento dentro del edificio y a resguardo de este sol, si no le molesta.

–¿Qué? Oh, sí, claro. Por favor, sígame.

La señorita Stevenson, como si acabara de salir de un trance, cogió la mano de Clarissa y le dirigió una sonrisa de ánimo mientras las guiaba a la salita que había al lado de la entrada, donde todos los días a las 6 la señora Bright veía en la televisión su habitual cupo de capítulos de telenovela. Clarissa se sentó frente a la señora McGonagall mientras la señorita Stevenson iba a preparar un té y se dedicó a estudiarla. Llevaba el pelo gris salpicado de blanco recogido en un moño alto pero no demasiado prieto, una especie de vestido largo de color verde esmeralda con unas mangas muy largas era lo que se había escondido debajo de ese gran abrigo y Clarissa pensó que si ella se hubiera puesto algo parecido ese día ya podían haberla dado por muerta. Esperó a que tomara la palabra moviendo las piernas, que le colgaban de butacón, ya que supuso que la señora McGonagall querría saber algo de ella. Sin embargo, la señora McGonagall no parecía tener prisa, ya que se quedó sentada donde estaba, mirando las paredes con curiosidad y esperando pacientemente el té que Clarissa se preguntaba si llegaría algún día. Por fin la señorita Stevenson apareció por la puerta llevando una bandeja con dos tazas y unas cuantas pastas dulces. Clarissa se preguntó si se habría equivocado sin darse cuenta con el número de tazas pero casi se le cayó el alma al suelo cuando la señorita Stevenson se dio la vuelta en dirección a la puerta, tras sonreírle y hacerle un gesto de ánimo. Cuando la puerta se cerró Clarissa sintió que se le cerraba también el estómago de manera desagradable.

–Adelante, coge una taza.

El comentario la tomó por sorpresa y tardó un poco en entenderlo. Asintió y alargó una mano para coger una de las tazas. Sopló el té con nerviosismo, viendo cómo, igual que antes, la señora McGonagall no parecía tener ninguna prisa. Finalmente no se pudo aguantar.

–Señora McGonagall –dijo con un hilo de voz. El resto lo dijo rápido antes de poder cambiar de idea–, ¿viene usted a adoptarme?

–¿A adoptarte? No, claro que no –dijo la mujer removiendo el té tras echarle azúcar.

Clarissa sintió que se desinflaba. ¿Y ahora qué? ¿A qué había venido entonces?

–He venido a darte esto –dijo la señora como leyéndole la mente. Sacó una carta del bolsillo y se la tendió a Clarissa– y a preguntarte si querrías entrar en mi colegio.

Clarissa cogió el sobre sintiéndose un poco perdida. En la parte frontal figuraba la siguiente inscripción.

Señorita Clarissa
Orfanato Moonlight Organ, 3º dormitorio del 2º piso
Avda. Seendale 28
Londres

No le sorprendió que sólo figurara su nombre y no su apellido en la carta, pues los padres que la habían dejado en el orfanato no le habían dado uno. Lo que la sorprendió fue la manera en que estaba escrita la dirección y que la carta parecía escrita con pluma. Y que la tinta era verde. Le dio la vuelta, para ver que la carta estaba cerrada por un sello de cera con un escudo de armas. El escudo estaba ocupada por una gran letra H y se veían un león, una serpiente, un águila y un tejón rodeándola. A Clarissa no le sonaba de nada pero le gustaba el sello así que procuró abrir la carta sin romperlo. Había tres hojas dentro del sobre y una de ellas parecía una lista de libros. Cogió la primera y empezó a leerla.

–Querida señorita Clarissa: Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, oberve la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre –leyó.

Cuando terminó, una pequeña firma acompañaba los saludos de la directora, que decía, se llamaba M. McGonagall. Se quedó unos segundos releyendo la carta hasta que al final el significado completo de todo lo que decía le llegó claramente, dos detalles consiguieron captar su atención.

–Colegio Hogwarts... ¿de Magia? -preguntó.

–Así es –respondió la señora McGonagall.

–¿Y usted es la directora?

La mujer asintió pero Clarissa no acababa de comprenderlo. Algo debía de estar mal. Ella no sabía hacer magia.

–Pero... la magia no existe, ¿cierto? ¿Es un colegio de magos como los de la tele?

–No, la magia existe, y tú eres una bruja de verdad –afirmó la señora (ahora directora) McGonagall, sin alterar lo más mínimo el gesto–. De hecho, si no me equivoco, antes has hecho una perfecta exhibición de magia involuntaria. Al señor Brennan le costará olvidarse de ello.

A Clarissa le costó unos segundos comprender que le estaba hablando de Ben porque nadie se llamaba por el apellido en el orfanato. Pensó en cómo el reloj se había recalentado en las manos del niño y cómo luego, cuando ella lo había cogido, había sentido cómo el reloj se enfriaba rápidamente, como si no quisiera quemarla a ella también. Otra duda es cómo había sabido la directora McGonagall cómo se apellidaba Ben.

–Y seguro que puedes recordar situaciones similares a esa, momentos en los que han ocurrido cosas raras que no has podido explicar. ¿Me equivoco? –preguntó la directora.

Ciertamente, el hecho de que su pelo cambiase de color de la noche a la mañana había sido una cosa muy pero que muy rara. Había jurado y perjurado a la señora Bright que no se lo había teñido ella pero como no había podido probarlo la habían castigado igualmente. También era raro que el color no se fuera, por muchos tintes y decolorantes que usaran

–Entonces... ¿es verdad que soy una bruja? Pero yo no puedo hacer las cosas cuando quiero, sólo me pasa cuando estoy muy enfadada o asustada o... o eso. ¿Los magos no deberían poder usar la magia a voluntad?

–Y la usan, Clarissa –respondió la directora–. Pero para usar la magia debes haber tenido profesores que te enseñen cómo hacerlo. Además, cuando eres menor de once años lo que sale de ti es magia involuntaria, magia en estado puro, todavía no la puedes controlar. Para ello necesitas una varita.

Con un movimiento rápido de la mano en la que no tenía la taza, la directora sacó de la manga de su vestido una especie de palo largo pulido y se lo enseñó a Clarissa. Ella sólo pudo echarle un vistazo antes de que la mujer volviera a guardarlo.

–¿Entonces estudiaré magia? ¿Magia de verdad? ¿Y conoceré a otros magos?

La directora McGonagall respondió a todas sus preguntas con un asentimiento mudo y tomó un sorbo de té.

–Habrá que arreglar las cosas para que compres los libros y los materiales para las clases. Los magos tampoco vestimos como los muggles así que habrá que comprarte unas cuantas túnicas. Por supuesto, el colegio cuenta con un fondo para casos como el tuyo, en que no se tienen recursos, pero puesto que hay otro chico en tus mismas condiciones quizás habrá que comprar ciertas cosas de segunda mano. Yo misma no podré acompañarte a comprarlo todo, ya que estaré muy ocupada, pero sin duda podremos arreglarlo para que alguien te acompañe. Lo que sólo nos deja un problema...

Clarissa, que había estado revisando las dos hojas con la lista de libros de hechizos, ingredientes para pociones y demás cosas que necesitaría, levantó la vista al ver que la directora McGonagall había dejado de hablar. Salió un poco de su ensimismamiento y recordó qué había dicho la mujer antes de callarse.

–¿Qué problema? -preguntó aún con la lista en la mano y un nudo en el estómago.

A Clarissa se le ocurrían multitud de problemas. Como dónde iban a comprar semejante provisión de cosas imposibles (como la varita, ¡una varita mágica!), si realmente ese tipo de cosas iban a servir para hacer magia, cómo iba ella a llegar al colegio Hogwarts si no sabía dónde estaba, si realmente alguien la iba a acompañar a comprar todas aquellas cosas...

–Tu nombre –dijo la directora McGonagall.

–¿Cómo? –preguntó Clarissa momentáneamente desorientada.

–Bueno, más bien tu apellido. El que no tienes. Nunca he tenido un alumno sin apellido y sería más que desconcertante tenerlo ahora. Así que debes elegir un apellido para usarlo de ahora en adelante. Ya nos ocuparemos de legalizarlo en su momento.

–Ah, eso... –dijo Clarissa, callando un momento.

Siempre se había imaginado que cuando la adoptasen le darían su apellido así que nunca se había preocupado por aquello. Es más, casi lo consideraba mejor de esa manera, así no tenía oportunidad de preguntarse quiénes serían sus padres, que tenían tal o cual apellido, si se llamarían de una forma o de otra. Se encogió de hombros.

–No sé, me da igual. Podéis ponerme el que queráis.

–¿Estás segura? –preguntó la directora McGonagall frunciendo el ceño–. Podrías acabar llamándote Knuckles, ¿sabes?

Aquello hizo reír a Clarissa, que no pensaba que la directora del colegio mágico tuviese el más mínimo sentido del humor. Al parecer se equivocaba.

–Creo que es un tema demasiado personal para dejarlo en manos de otro, en mi humilde opinión.

Mirando de nuevo la lista de los libros y fijándose en los apellidos que aparecían en libros como Guía de transformación para principiantes, de Emeric Switch, Clarissa pensó que llamarse Knuckles no podía ser tan malo, pero aún así miró toda la lista buscando alguno que le gustara aunque sólo fuera un poquito. Tampoco tenía mucha ilusión en el asunto así que cualquiera serviría. Pero acabada al lista se dio cuenta de que ninguno merecía la pena así que volvió a la hoja de presentación. Allí, al final, el apellido McGonagall de la directora brillaba con luz propia y Clarissa pensó desolada que ese sí que le gustaba.

–¿Y bien? –preguntó la directora.

-Yo... –empezó Clarissa–. ¿Seguro que no podría adoptarme? -preguntó de nuevo. La directora volvió a fruncir el ceño pero pensó que valía la pena insistir–. Me gusta mucho su apellido y usted me parece una buena persona.

Le parecía un argumento muy pobre pero Clarissa pensó que quizás, sólo quizás, una sonrisa se había adivinado en los labios de la mujer.

–Lo cierto es que el asunto del apellido lo podemos dejar para más tarde. No obstante... –dijo al ver la mirada baja de Clarissa–. Me lo pensaré.

Clarissa casi saltó de su silla de la impresión, mirando a la directora como si fuese la primera vez que la veía.

–Sólo pensarlo, ¿de acuerdo?

Asintió con emoción y se volvió a sentar en el sillón ante la mirada de la directora. Volvió a mirar la carta y esta vez su mirada se posó en la fecha de inicio del curso, el 1 de septiembre. Actualmente estaban a 27 de julio así que todavía faltaban muchos días para que empezara el curso pero pensó que sería una buena idea saber dónde estaba y cómo iba a ir.

–Hogwarts es un colegio mágico y, como tal, sólo los magos saben dónde está –explicó la directora–. Cada 1 de septiembre un tren que sale de la estación de King's Cross lleva a Hogwarts a todos los alumnos.
La directora señaló el sobre, que todavía llevaba sobre el regazo y que había estado a punto de caerse un par de veces, y Clarissa metió la mano para sacar un billete de tren que se le había pasado por alto. Tras mirarlo lo volvió a guardar cuidadosamente en el sobre, con la pequeña esperanza de no tener que utilizarlo. Prefería ir con la directora, ya que imaginaba que esta no se dirigiría al colegio sólo el 1 de septiembre, tendría que llegar antes, ¿no?

La directora McGonagall miró en su propio reloj la hora antes de tomar el último sorbo de té y ponerse de pie. Clarissa la imitó y de repente se le ocurrió una cosa.

–¿Cómo le vamos a decir a la señorita Stevenson que voy a estudiar en un colegio de magia, directora?

–Cierto, cierto. Habrá que solucionar eso también. Llévame a su despacho, Clarissa, o a donde suela pasar las horas.

Pero no hubo necesidad de buscarla ya que la señorita Stevenson se había quedado en la cocina, justo enfrente de la salita donde ellas habían estado, con la puerta abierta de par en par, y en aquellos momentos removía un bol con masa para bizcocho. Al verlas entrar sonrió de nuevo y le dirigió una mirada a Clarissa que quería decir que tenía mucha curiosidad por cómo había acabado todo. Clarissa no supo qué decir pero sonrió en respuesta.

–Bueno, parece que han ido bien las cosas, ¿no es cierto, señora McGonagall? –dijo secándose las manos en el delantal y acercándose a ellas.

–Muy bien, de hecho. Necesito que me envíe unos cuantos papeles para hacerme cargo de todo, si no le importa.

Clarissa vio cómo la directora movía un poco la mano derecha desde dentro de la manga del abrigo y tuvo la impresión de haber visto la varita que le había enseñado antes salir y desaparecer en él de nuevo. La señorita Stevenson no pareció acusar ningún cambio pero sonrió más ampliamente que antes.

–¡Claro! De hecho los tengo todos aquí, si quiere se los puede llevar en el momento. Clarissa, espéranos en la puerta, ¿quieres?

Acto seguido, la directora McGonagall y la señorita Stevenson salieron por la puerta y se dirigieron al despacho de esta, que estaba al fondo del pasillo a la izquierda. Clarissa se quedó ahí, esperando, y de repente se dio cuenta de que no sabía cuándo iban a comprar sus cosas ni quién la iba a acompañar a comprarlas. Se sentó en una silla que había en el vestíbulo y esperó pacientemente.

La directora McGonagall y la señorita Stevenson no tardaron nada en volver y, para su sorpresa, la señorita Stevenson le dijo adiós y le dio un beso en la frente.

–Pero si no me voy a ninguna parte todavía, ¿no? –preguntó confundida, después de todo, el curso no empezaba hasta más de medio mes más tarde.

–Claro que sí, tonta. Te vas a tu nueva casa, ¿cierto? La señora McGonagall ya tiene tus cosas, así que no te preocupes por ellas.

–¿Ah, sí?

Clarissa miró en derredor y, ciertamente, allí había un viejo maletín en el que podía caber con facilidad todo lo que tenía. Lo curioso es que no lo había visto llegar en manos de ninguna.

–Entonces, ¿me voy ya? –preguntó esta vez a la directora McGonagall.

–Sí. Ha resultado que al final sí que tengo tiempo para acompañarte a comprar las cosas que necesitas, así que despídete. Te esperaré en la verja de entrada.

Dicho esto, la directora McGonagall salió por la puerta y las dejó solas a la señorita Stevenson y a ella. Clarissa se volvió hacia ella y le dio un abrazo muy fuerte. No es que lo hubiera pasado mal en el orfanato todos esos años, y la señorita Stevenson siempre había sido su favorita, pero la perspectiva de su nueva vida era emocionante. ¿Quién no se emocionaría si de repente le contaran que era una bruja o un mago y que la magia existía? Y más, ¿que iba a ir a un colegio de magia con muchos otros magos y brujas? No existía nadie que no se emocionara en esas circunstancias. Clarissa estaba segura.

–Mi niña, que ya tiene una familia –dijo la señorita Stevenson dándole otro beso en la frente. Clarissa se contuvo las ganas de negarlo–. Date la vuelta, te voy a hacer un último regalo, cariño.

Clarissa hizo lo que le pedía y notó unos familiares y característicos tirones en el pelo que indicaban que la señorita Stevenson le estaba rehaciendo la trenza y sonrió. Siempre le habían gustado los peinados que le hacía la señorita Stevenson y aquel no era una excepción. Una vez acabada, se dio la vuelta y le dio un último abrazo antes de salir por la puerta con el maletín en la mano.

La directora McGonagall la esperaba en la verja de entrada pero un poco más allá estaban Ben y sus amigos. Clarissa pasó a su lado y les sacó la lengua por el camino a todo el grupo, que la miraron salir por la verja desconcertados. Nunca había tenido ningún amigo en especial en el orfanato, ya que todos la consideraban un bicho raro, así que no tenía una necesidad acuciante de despedirse de nadie pero aún así se dio la vuelta una última vez para ver el patio. No era un patio muy grande pero en la esquina en la que había estado antes había un manzano y Clarissa siempre había tenido la costumbre de comerse sus manzanas cuando llegaba la estación. Finalmente se despidió con un pensamiento del árbol y salió por la verja detrás de la directora McGonagall.

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Aclaraciones:
-Switch: Significa enchufe en inglés. Quizá para un mago no sea tan raro ya que no sabe lo que es un enchufe ni interesado está en saberlo, pero para un muggle como Clarissa, ciertamente apellidarse "enchufe" es un tanto ridículo.
-Knuckles: El apellido que McGonagall sugiere a Clarissa que no querría acabar llevando significa en inglés nudillos. También, knucklehead en inglés significa cabeza hueca.