martes, 10 de abril de 2012

VIOLETA - Capítulo 1 (Parte 2)


El día siguiente amaneció parcialmente nublado sobre la ciudad, con rayos de sol que aparecían y desaparecían entre las nubes ocasionalmente. Era el mejor día que habían tenido en semanas y la luz se filtraba por las delgadas cortinas del dormitorio de Josh y Dia. Las sábanas blancas, arrugadas y apartadas en algunas partes, brillaban reflejando el sol y hacían que resaltase más todavía la presencia de las dos figuras que todavía dormían en la cama. La joven delgada que se acurrucaba contra la almohada parecía estar durmiendo en paz por primera vez en mucho tiempo mientras que el otro ocupante de la cama se escondía entre sábanas y sábanas, como si estuviera dentro de una cueva.

La luz avanzó y, lentamente, la chica comenzó a abrir los ojos. Por un momento, mientras enfocaba la vista, se mantuvo tranquila, pero después saltó sobre sí misma para sentarse y contemplar la habitación. Confundida, miró las sábanas y la ropa que llevaba puesta, sus pies desnudos y a la ventana. Nada más fijó sus ojos en ella, abrió la boca en un gesto de sorpresa y se arrastró sobre el cabecero para apartar las cortinas. El día, la luz, la hipnotizó. Miró hacia afuera como si estuviera viendo un milagro, algo que nunca había visto, algo maravilloso y fascinante.

Un movimiento en la figura que seguía bajo las sábanas la distrajo y la puso en guardia. Se tensó como una cuerda y se volvió hacia ella con cautela, sin hacer ningún movimiento fuera de lugar. El bulto, sin embargo, se limitó a revolverse y se quedo quieto. Cuando quedó claro que no iba a volver a moverse, la chica se acercó despacito y bajó las sábanas lentamente, pare descubrir unos mechones de cabello rubio. El dueño del pelo se revolvió un poco y ella retrocedió, para volver al poco a acercarse. Poco a poco, entre sobresalto y sobresalto, acabó destapando la figura de un hombre joven de rasgos amables. Los mechones de pelo le caían desordenados encima de las pestañas y sus mejillas estaban coloreadas levemente por el calor de haber estado tapado. Ella se medio recostó a su lado para poder verle de cerca, como si todo lo demás en la habitación hubiera desaparecido y ahora sólo estuvieran ellos dos. Ella, cautelosa, él, indefenso. Entre sueños, el chico dejó escapar una sonrisa y una pequeña carcajada que apenas pasaba de risa, iluminando su rostro más de lo que el sol podía conseguir. De nuevo, como llevada por un poder superior, ella adelantó una mano y, suavemente, pasó un dedo por su mejilla. Él suspiró y ella, tras apartarlo, colocó esta vez el dedo en sus labios. Suaves y finos, color carne claro.

La exploración de su cara duró un rato más hasta que la chica se dio cuenta de una cosa. Levantó las manos para poder verlas bien y estiró los dedos. Sus uñas, antes rotas y agrietadas, ahora estaban cortadas a poco más de un milímetro de la piel. Seguían sin estar cuidadas ero al menos no estaban desastrosamente deshechas y, como la noche pasada, cubiertas de mugre y sangre. El ruido de roce de tela la distrajo y volvió a mirar al chico para encontrarse con que este tenía los ojos abiertos y la miraba atentamente. Inmediatamente se quedó tensa, tiesa como un palo, sentada sobre sus piernas sin saber cómo reaccionar ante aquella persona que la miraba sin moverse, todavía bajo las sábanas. Finalmente, el chico sonrió, y parece que el gesto consiguió tranquilizarla en cierto modo.

De repente, la puerta se abrió.

–Buenos días –dijo Josh desde el marco.

–¡Gyaaaaaaaaaaaaaaaah!

Su intención podía haber sido buena pero la chica se sobresaltó de tal manera que acabó pegada al cristal de la ventana y a punto de caerse de la cama.

–¡Eh, eh, eh! ¿Qué demonios estás haciendo? –Josh se apresuró a acercarse a ella y la cogió de las muñecas, volviendo a ponerla en la cama–. Estamos en un segundo piso, ¿sabes? ¿Quieres romper el cristal y acabar aplastada contra la carretera?

Como si las palabras la devolvieran a la realidad, la chica dejó de forcejear y se dejó caer en la cama, aún un tanto renuente ante la presencia de Josh, que la miraba también con cierta cautela. Después de todo, estaba Dia presente. Este, sin embargo, parecía ser el único al que la extraña reacción de la chica no le había hecho cambiar de posición ni expresión y seguía mirándola con una sonrisa que, eventualmente, acabó por calmarla chica del todo.

–Bueno, ¿ya estamos mejor? –preguntó Josh, al no recibir respuesta siguió hablando–. Asumiré que sí. Venía a despertaros pero se ve que no hacía falta. Vamos a desayunar, luego os cambiaréis de ropa. Debes estar hambrienta, ¿no?

Ella, a pesar de su renuencia a hablar, no pudo evitar asentir con la cabeza al darse cuenta de que, efectivamente, estaba muerta de hambre.

–Entonces sígueme, a la cocina.