lunes, 12 de diciembre de 2011

BROMAS APARTE - Cap 1 (Parte 4)

Creo que María me llamó un par de veces la atención en mitad de la clase, puede que me enterara y que la ignorara, que la ignorara sin más o que ni siquiera me diera cuenta. Estaba en las nubes. De vez en cuando miraba a Luis dar vueltas entorno a la pizarra mientras explicaba algo en lo que no tenía interés pero la mayor parte del tiempo estaba en mi propio mundo. Hay veces que te pasa eso, te levantas activo y en cuanto pones el culo en una silla te quedas empanado.

Cuando por fin acabó la clase María tuvo que sacudirme a lo bestia por los hombros para que yo me diera cuenta del estado en el que estaba y me levantara soltando un sonoro bostezo.

—¿No dormiste anoche? —me preguntó con un deje de reproche en la voz.

—Qué va, dormí sin problemas, pero ha sido sentarme y entrarme la modorra —traté de explicar.

—Ya. Bueno, pues yo me voy a clase de Francés, que te lo pases bien con tu modorra.

Lo había dicho con tono borde y antes de que yo pudiera contestar media palabra ya había salido escopetada por la puerta. Al parecer estaba enfadada y sólo me llevó medio segundo adivinar porqué, después de todo, había llegado tarde. Y no era la única. Luis estaba en la mesa del profesor, guardando sus cosas con gestos sospechosamente bruscos mientras el resto de la clase salía del aula. Suspiré y, asumiendo que no me quedaba otra, decidí acercarme a él para intentar arreglar las cosas.

—Ehm, profesor —le llamé.

Luis levantó la cabeza y paró lo que estaba haciendo para prestarme toda su atención.

—¿Sí?

—Verá, quería darle las gracias. Por no castigarme y eso —dije sintiéndome un tanto estúpido.

—No tienes por qué darlas —dijo él—. Después de todo, ya te he dicho que si el jueves vuelves a llegar tarde, nadie te salvará del castigo.

—Bueno... es que... —traté de empezar. Joder, qué difícil era esto.

—¿El qué es?

—¿Qué? —pregunté yo a mi vez, desorientado.

—¿El qué “es que...”?

—No lo entiendo —dije sinceramente.

—Ni yo a ti —me respondió él. Luego esbozó una sonrisa—. Soy profesor de Lengua y Literatura, Adrián, no sólo de Literatura, como pareces creer. Y me gusta que mis alumnos sepan lo que están diciendo en cada momento. Tampoco me gustan los balbuceos ni los rodeos, así que, si tienes que decir algo, dilo directamente.

Ah, vale, genial. Pues adelante mis valientes. Tomé aire.

—No creo que el jueves llegue a tiempo tampoco.

El gafas me miró y yo le miré a él, esperando una respuesta, tenso como la cuerda de una guitarra.

—Ya veo.

Para mi asombro, el hombre alargó las manos hacia sus cosas y terminó de recogerlas todas, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Yo, sin saber muy bien qué podía haberle pasado por la mente al profesor (¿de verdad tanto le importaba que llegase o no tarde para ponerse así?), le seguí. Algo me decía que la acababa de cagar.

—Espere un momento, profesor...

—La cuestión es simple: —dijo parándose en la puerta y dándose la vuelta un momento— si no quieres que te castigue, no llegues tarde. No hay más.

Salió por la puerta y yo me quedé allí con cara de bobo. Para cuando por fin reaccioné y saqué la cabeza por la puerta, el gafas ya se había esfumado por alguno de los pasillos secundarios que cruzaban el pasillo central del segundo piso. Suspiré y salí yo también, en dirección a la clase de Ampliación de Inglés.

Pasé las siguientes dos horas aburrido como un muerto. La modorra me había abandonado ya por completo y, para mi frustración, cada minuto pasaba lenta y monótonamente, como si supiera que cuanto más lento fuera peor para mí. Como añadidura, por si no había tenido ya bastante esa mañana, María había decidido que quería seguir cabreada conmigo y se pasó la clase entera de Matemáticas ignorando mis intentos de hablar con ella, incluída la notita que le pasé a través de Clara, una de sus amigas, que parecía más bien divertida con todo aquello. María cogió el papel sin mirarlo y se lo pasó a Oliver, que puso cada de circunstancias al leer que le decía “Quiero hablar contigo, no me ignores, por favor” porque para empezar él no estaba ignorándome y porque cuando quería hablar con él hacía el típico gesto masculino que significaba “eh tío, luego te cuento una cosa”. Le indiqué que ignorara la nota y planté la barbilla en la mesa, girando la cabeza en un ángulo raro para ver si así cobraban sentido los números que Julio estaba haciendo en la pizarra.

Cuando acabó la clase y sonó el timbre del recreo me levanté lo más rápido que pude para agarrar a María y que no se escapase pero esta ya se había hecho su escudo particular de chicas con Clara, Silvia, Andrea, Estella y Sara y se dirigía a la puerta. ¿He comentado ya lo mucho que odio que las chicas vayan en grupo hasta al baño?

Pero aquella vez no se iba a zafar de mí tan fácilmente así que la seguí al patio y cuando vi un hueco entre faldas, pantalones pitillo y abrigos que no tenían que dar el más mínimo calor, alargué la mano y la agarré para sacarla del círculo entre sus protestas.

—¡Adrián, suéltame! ¡Estoy cabreada, ¿sabes?! ¿No entiendes el significado de la palabra o qué?

—No cuando te enfadas sin razón —le respondí, haciéndole un gesto a sus amigas para que nos dejaran en paz un rato. Ella se indignó.

—¿Sin razón? —dijo ella—. ¡Has vuelto a llegar tarde! Te dije que pusieses despertadores.

—¡Y los he puesto!

—Ya. ¿Cuántos? ¿Uno? ¿Dos? Sabes perfectamente que eso no es capaz de despertarte. Aunque a lo mejor ni siquiera me has hecho caso y simplemente te has puesto a dormir como siempre, dejando que te despierte tu madre —se burló.

Debía de estar realmente cabreada pero ahora me estaba calentando yo.

—Te equivocas —le dije.

—¿Ah, sí? ¿Cuántos despertadores pusiste? —volvió a decir con aire de burla.

—¡CUATRO!

Odiaba cuando ponía esa expresión de burla y se negaba a escucharme así que el grito me salió automático. María me miró con algo parecido a una leve alarma en la mirada y yo traté de calmarme. Venga, Adri, me dije, respira, expira... Lo siguiente ya lo dije en tono normal.

—Cuatro. Puse cuatro despertadores, y el móvil. Cinco en total, eso es lo que trataba de decirte.

—Vaya...

Sí, vaya. Vaya mierda, pensé yo.

—Lo siento, Adri, pensé que no me habías hecho caso.

—Nah, más lo siento yo. Te he gritado como un energúmeno —dije.

—Sí, pero sólo un poco —dijo ella tratando de salvar la situación.

—Bastante.

—Vale, sí, bastante. Eres un energúmeno que ha gritado como un energúmeno. ¿Contento? —declaró dándose por vencida.

Yo esbocé una sonrisa.

—Mucho.

Ambos nos echamos a reír en el preciso momento en el que Oliver se nos acercaba con cara de malas pulgas. Al parecer había oído el grito y venía a defender a María pero al ver que ya no había nada que defender se quedó un poco descolocado. Finalmente se encogió de hombros y me pasó un brazo por encima.

—Hey, colega. ¿A qué ha venido ese grito? —dijo.

—Ha sido un grito de energúmeno —le respondí.

—No no, ha sido el grito de energúmeno de un energúmeno —matizó María, y los dos nos echamos a reír otra vez. Obviamente, Oliver no se estaba enterando de nada.

—Am. ¿Y se puede saber a qué ha venido el grito de energúmeno de este energúmeno que tengo aquí a mi lado? —preguntó de nuevo.

—Resulta que Luis, el nuevo de Literatura —Lengua y Literatura, pensé yo para mis adentros— exige puntualidad absoluta en sus clases y ya sabes cómo es el energúmeno, ha vuelto a llegar tarde —respondió María.

—Ah, con que es eso —dijo Oliver, como si eso lo explicase todo. Aunque sí que lo explicaba todo, no había sido capaz de llegar a tiempo a una primera hora desde hacía tres años ya.

—Pero esta mañana Luis te ha perdonado, ¿no? —intervino Clara, que había vuelto a su lado con el grupo de chicas una vez habían visto que los ánimos se habían enfriado.

—Sí, pero no lo va a volver a hacer —me lamenté—. Es más, cuando ha salido de clase parecía súper enfadado.

—Oh...

—Y todos sabemos que no voy a ser capaz de levantarme a la hora —añadí.

—No, no lo sabemos.

La voz vino de María, que parecía acabar de tomar la decisión más importante de su vida. Todos la miramos sorprendidos.

—Hay muchas cosas que todavía no hemos probado. Podemos ponerte más despertadores en el cuarto, probar con una radio que se encienda a una hora determinada, que vaya yo a despertarte...

—Ah, no, no, ni de coña. De ti no me fío —dije rápidamente, haciendo que todos estallaran en carcajadas.

—Cuando mi hermano quiere levantarse temprano pone el despertador y un vaso de agua al lado y siempre que va a apagarlo se le cae encima y acaba mojado. Y ya no se duerme —dijo Sara, en un intento de ayudar. La idea me produjo un escalofrío.

—Yo me suelo despertar por la noche porque me destapo, quizás si duermes sin taparte te despiertes antes —sugirió Silvia a su vez.

—No sé yo... —dije, pero mi voz fue ahogada por María, que miraba a sus amigas con arrobo.

—Te compadezco, compañero —me dijo Oliver todavía con el brazo encima de mis hombros mientras veía cómo las chicas se daban ideas unas a otras.

—Yo también —dije sinceramente.

Parecía que allí estábamos de más así que Oliver me propuso jugar un partido (maravillosos partidos de Oliver, los consideraba la panacea) y juntos nos encaminamos al medio campo dejando a las adolescentes histéricas que eran las chicas planeando mi muerte en su esquinita al lado de las escaleras.
Antes de ponernos a jugar tuve una sensación rara y alcé la cabeza para mirar el corredor acristalado del segundo piso que se erguía en frente del campo de fútbol. El gafas estaba allí, mirando al patio con aire distraído. No sé qué me dio pero alcé la mano para saludarle con una sonrisa. No voy a decir Si Luis no me vio... porque me vio, y nada más verme se dio la vuelta y se alejó del ventanal, como con aire ofendido. Yo me quedé donde estaba, con la mano en alto y de nuevo cara de estúpido. Cuando sonó el silbato de Oliver, indicando el principio del partido, me di la vuelta y me dirigí a la pelota corriendo. Había veces que los profesores eran tan difíciles de entender que me preguntaba si vendrían del espacio.

Fin de Preséntese, por favor ✓

3 comentarios:

Chandria dijo...

Me parecen muy, muy sospechosas las reacciones del profesor... Aquí hay gato encerrado :O (o espero que lo haya xD).
Creo que la parte que más me ha gustado es cuando empiezan a preguntarse entre ellos dos, en plan conversación de besugos xDDD (soy muy simple). Lo he visualizado a la perfección, haha.
Me mola, me mola. A pesar de no ser una historia del tipo que partes de cero (con movidas inventadas y metiéndole mil historias), engancha mucho. Quizás sea por eso mismo :3

Xnti Martínez dijo...

¿Cinco despertadores y no se levanta? Pero ¿este niño que tiene en los oídos? ¿una capa de metacrilato? XDDD Dios del amor hermoso...
Lo que no he entendido muy bien es porque se ha enfadado María o.oU En serio, no lo he entendido muy bien, soy cortito...
Me ha hecho gracia como se han puesto a dar ideas para que se despierte, yo también me despierto si estoy destapado y también si la puerta está abierta.

Bueno, y Luis ¿cómo que se da la vuelta con aire de ofendido? Eso es muy sospechoso ¿le da coraje que Adrián no llegue a sus clases porque lo ve menos? Es eso ¿verdad? ¿es eso? Es eso... j0j0j0j0

Aqua Äre dijo...

Todavía no xDD Quiero decir, todavía no hay gato encerrado en las reacciones de Luis, lo que pasa es que de malentendidos se vive... (L) xD La parte de los besugos me gustó mucho escribirla, me salió sola, es la típica respuesta de profesor de Lengua de "venga, voy a joderte el momento", aunque no lo haga aposta xD Me alegro de que te guste, porque la primera parte es muy así, muy simple, luego ya se complicará ^^

Adrián y sus despertares son... complicados, no puedo decir más xDD María se ha enfadado más porque Adrián la ignorase que por el hecho de que llegase tarde pero como la historia está contada desde el punto de vista de Adrián y Adri es cortito, pues va a lo fácil xD
Y lo siento, Yuta, pero no, no es por eso xDDD Es bastante tonto pero no te lo voy a soltar, serían spoilers (L), ya lo irás viendo xDD
Asias por comentar! >////<