lunes, 19 de diciembre de 2011

BROMAS APARTE - Cap 2 (Parte 1)

Al ataque mis valientes ✓ 


Creo que recordaré el período que siguió a ese día como el más horrible de mi existencia, en serio. Después de que el martes todas las chicas se pusieran de acuerdo en amargarme la vida, comenzó una semana negra, negra como el hollín para mí. El primero de los trucos que usaron el miércoles para despertarme a la hora fue el de Estella, una enamorada de la música rock. Según ella, era imposible que no me despertase si ponía la radio para que se encendiese a la hora correcta al máximo volumen, táctica tipo campamento de verano. Utilizamos el estéreo de María para realizar la tarea, que trajimos de su casa entre los dos, porque el mío “no tenía suficiente volumen como para despertarme”. Lo cual probablemente fuera verdad. Lo pusimos en hora, al máximo volumen que permitía el aparato y nos fuimos a dormir esperando que funcionara. Yo tenía una pequeña esperanza dentro de mí pero la mañana del miércoles la esperanza se fue a la porra. Mi madre acabó tan harta de la música que me prohibió ponerla durante un mes y a Ana le pegué tal susto que la pobre se cayó de la cama.

La siguiente táctica fue la de Sara, menos sutil que la primera, la de los vasos de agua. La probamos jueves y viernes pero fue un desastre. Resulta que yo me muevo mucho por la noche y en el transcurso de ésta, con alguno de mis cambios de posición, los vasos se fueron a la porra. Bueno, no, a la porra no, se me cayeron encima, pero siguieron sin despertarme. Lo único que consiguieron fueron un par de chichones y que pillara un resfriado.

El lunes María declaró que no pensaba sacrificar media hora de su sueño para intentar despertarme ella misma así que la siguiente táctica la realizó mi madre. Después de la táctica de los vasos de agua todas estaban bastante desilusionadas pero Claudia decía que no había nada mejor para despertarse que que te despertase otro con fuerza y energía. Mi madre lo intentó, de veras que lo intentó, pero ni tenía la fuerza suficiente para despertarme a golpes ni la paciencia necesaria y tras diez minutos de intentos, lo dejó. Oliver se quejó un rato pero tras la promesa de un paquete de chicles y otro de palomitas se dejó convencer para ser él el que intentara hacer funcionar la táctica de Claudia el martes. Aunque yo tenía la impresión de que en el fondo todo esto le divertía y lo único que quería era probarle a las chicas que él podía conseguir lo que ellas no. Se le desinflaron los ánimos al fracasar.

Finalmente, tras probar la táctica de Silvia a ver si sonaba la flauta por casualidad (que no) todos se dieron por vencidos. No se les ocurrían más trucos para intentar despertarme. María estaba desesperada.

—Estoy muerta, sigo sin creérmelo. ¿Cómo es posible que nada de lo que hacemos consiga despertarte? —me dijo en el recreo.

Estábamos los dos solos sentados en las escaleras del patio, mirando cómo Oliver se descargaba de la tensión del examen de mates chillándoles a los del equipo, “que corrían como nenas” según sus propias palabras.

—Bueno, supongo que es lo que tienen los traumas, no se van fácilmente —respondí a media voz.

—¿Lo consideras un trauma?

Yo me eché a reír.

—¿Te refieres al antes o al después?

Ella suspiró.

—Supongo que tienes razón, igual sí que tendrías que ir al psicólogo.

No pude evitar enarcar una ceja.

—¿Qué? A lo mejor sirve de algo.

—Nah, imposible. De todas formas, ahora eso no es lo más preocupante.

En efecto. Lo más preocupante en esos momentos era que Luis parecía haberme cogido ojeriza, a lo bestia. Tal y como comprobamos todos al pasar los días, el gafas era un profesor correcto, serio, que tenía la mente bien clara y centrada en lo que debía. Pero también era atento y amigable. Muchas de las chicas que tenían problemas en Lengua (y muchas de las que no también) se pasaban por su despacho a menudo para que les echara una mano y él siempre tenía la puerta abierta. Hasta los chicos le consideraban “un tío legal” y le saludaban por los pasillos. En realidad, todos le saludaban por los pasillos, y Luis siempre respondía con una sonrisa, siempre, con todos. Con todos menos conmigo. A mí me miraba con algo que calificaría de mirada asesina cuando estábamos en clase, me hacía las preguntas más difíciles y no me pasaba ni una. Por los pasillos hacía algo más simple, me ignoraba, como si yo no estuviese entre el mar de gente que atestaba el instituto (algo bastante difícil de hacer, dada mi altura, pero que a él le salía sorprendentemente bien).

Luego estaban los castigos. Tal y como había prometido, cada vez que yo llegaba tarde, él me castigaba con algo. Normalmente solía ser después de que acabaran las clases, lo que siempre molestaba más que que te castigaran durante el recreo, que, quieras que no, sólo duraba media hora, mientras que después de clase podía obligarme a quedarme todo lo que le diera la gana. Gracias a mí y a mis castigos, la biblioteca nunca estuvo tan recogida ni sus libros tan ordenados, debo asegurarlo. Alguna que otra vez me dejó en su despacho colocando papeles y dossieres, otras tardes simplemente me dejaba en la biblioteca dos horas, allá me apañase yo, y me daba ejercicios de lengua para que los hiciese, los cuales debía tener perfectos para que yo saliese por la puerta. Y esto nunca pasaba antes de dos horas.

Yo ya no sabía si sentirme cabreado, ofendido, una persona horrible o un mártir. Por un lado sabía que me merecía los castigos por llegar tarde, pero no me explicaba el afán que tenía el gafas de odiarme. ¿Se podía coger ojeriza a un alumno por llegar tarde todos los días? Yo no lo sabía, nunca había sido profesor, pero para mi gusto el hombre se estaba pasando, sobre todo cuando yo no hacía nada aparte de llegar tarde para merecerme su odio. Sí, Lengua y Literatura no era mi asignatura predilecta, ni aquélla en la que sacaba mejores notas, pero oye, yo me esforzaba. Que se lo dijeran a mis esporádicos seises, esos que aparecían cuando los exámenes iban de gramática o más cultura general. Y si hablamos del plano sentimental (por llamarlo de alguna manera) yo no lo miraba con desprecio ni con altivez ni lo criticaba a sus espaldas. De hecho, hasta le saludaba cuando le veía, de lejos o de cerca, pese a que no me hiciera ni caso.

Y todo esto junto, agrupado, mezclado y fusionado, me revolvía las tripas.

—En serio que no lo entiendo, María, cuanto más intento ser buena persona con él más se cabrea.

—A lo mejor es que estás haciendo algo mal.

La miré alucinado.

—¿Yo? ¿Porqué yo? —me quejé.

—Bueno, es obvio, es él el que está enfadado contigo, no al revés.

—¡Sí, pero no hay motivo! —insistí.

—En eso tienes razón, hay algo en todo esto que me parece un poco raro. Después de todo, también alguno que otro llega tarde a clase, aunque no sea a la suya, y sin embargo no se lleva mal con nadie más que contigo.

—¡Exacto! —resalté con energía—. Oliver llegó tarde el otro día a Matemáticas y a Historia, pero sin embargo a él no le dijo nada. Vale que yo llego tarde a todas las clases a primera hora pero no es justo que sólo yo pague el pato, a todas las demás clases llego puntual y lo sabes.

Sorbí con fuerza el último poso del batido de chocolate y lo lancé contra la papelera tras aplastar el envase hasta formar una bola irreconocible, haciendo canasta. Me sentía cabreado y tenía que dejar salir el enfado como pudiera, antes de que me explotara en la cara. A mí o a cualquier otro. La canasta me dio una pequeña y estúpida satisfacción, pero satisfacción al fin y al cabo.

—A lo mejor es precisamente porque no eres como el resto, que no te esfuerzas en llegar a tiempo a su clase —alzó los brazos en pose defensiva cuando abrí la boca para protestar—. Que sí, que te esfuerzas, pero él no tiene porqué saberlo, ¿no te parece?

—O sea, que se cabrea porque no soy una ovejita obediente, ¿no? Pues que le den, él no es especial ni nada parecido. Si no puedo no puedo y si no le gusta me da igual. Estoy hasta las narices de ponerle buena cara y salir escaldado. Se acabó el Adrián con buen carácter.

María había seguido callada en su mundo mientras yo exponía mis intenciones y no pude evitar pensar que siempre había sido así, de las que rumian y rumian el problema hasta dar con la solución y presentársela al mundo con una sonrisa, como si hubiera dado con la panacea. Ay mi niña, cómo la quería.

—Hay otra posibilidad pero... no, no creo que sea tan tonto. Digo yo.

María apartó de mi mente mis pensamientos mujeriles y maternales y yo esbocé una sonrisa sardónica.

—Ja. No estoy yo totalmente seguro a ese respecto, mi querida científica.

Puse pose de doctor experto en materia y esperé a que riera, cosa que hizo. Sobre nosotros sonó el timbre que anunciaba el fin del recreo y no nos quedó otra que dejar el tema para otro día, u otro momento. Uno de los temas favoritos de María era los nuevos grupos de música que iba descubriendo poco a poco, cada día uno más, así que de camino a Historia me fue contando su último descubrimiento (realizado esa misma madrugada por aquello de las tres). Cuando pasamos por las escaleras para subir al tercer piso se nos cruzó Luis y yo tuve la satisfacción extrema de sonreírle con sorna cuando cruzó sus mirada con la mía. ¿Quería guerra? Yo se la iba a dar.

lunes, 12 de diciembre de 2011

BROMAS APARTE - Cap 1 (Parte 4)

Creo que María me llamó un par de veces la atención en mitad de la clase, puede que me enterara y que la ignorara, que la ignorara sin más o que ni siquiera me diera cuenta. Estaba en las nubes. De vez en cuando miraba a Luis dar vueltas entorno a la pizarra mientras explicaba algo en lo que no tenía interés pero la mayor parte del tiempo estaba en mi propio mundo. Hay veces que te pasa eso, te levantas activo y en cuanto pones el culo en una silla te quedas empanado.

Cuando por fin acabó la clase María tuvo que sacudirme a lo bestia por los hombros para que yo me diera cuenta del estado en el que estaba y me levantara soltando un sonoro bostezo.

—¿No dormiste anoche? —me preguntó con un deje de reproche en la voz.

—Qué va, dormí sin problemas, pero ha sido sentarme y entrarme la modorra —traté de explicar.

—Ya. Bueno, pues yo me voy a clase de Francés, que te lo pases bien con tu modorra.

Lo había dicho con tono borde y antes de que yo pudiera contestar media palabra ya había salido escopetada por la puerta. Al parecer estaba enfadada y sólo me llevó medio segundo adivinar porqué, después de todo, había llegado tarde. Y no era la única. Luis estaba en la mesa del profesor, guardando sus cosas con gestos sospechosamente bruscos mientras el resto de la clase salía del aula. Suspiré y, asumiendo que no me quedaba otra, decidí acercarme a él para intentar arreglar las cosas.

—Ehm, profesor —le llamé.

Luis levantó la cabeza y paró lo que estaba haciendo para prestarme toda su atención.

—¿Sí?

—Verá, quería darle las gracias. Por no castigarme y eso —dije sintiéndome un tanto estúpido.

—No tienes por qué darlas —dijo él—. Después de todo, ya te he dicho que si el jueves vuelves a llegar tarde, nadie te salvará del castigo.

—Bueno... es que... —traté de empezar. Joder, qué difícil era esto.

—¿El qué es?

—¿Qué? —pregunté yo a mi vez, desorientado.

—¿El qué “es que...”?

—No lo entiendo —dije sinceramente.

—Ni yo a ti —me respondió él. Luego esbozó una sonrisa—. Soy profesor de Lengua y Literatura, Adrián, no sólo de Literatura, como pareces creer. Y me gusta que mis alumnos sepan lo que están diciendo en cada momento. Tampoco me gustan los balbuceos ni los rodeos, así que, si tienes que decir algo, dilo directamente.

Ah, vale, genial. Pues adelante mis valientes. Tomé aire.

—No creo que el jueves llegue a tiempo tampoco.

El gafas me miró y yo le miré a él, esperando una respuesta, tenso como la cuerda de una guitarra.

—Ya veo.

Para mi asombro, el hombre alargó las manos hacia sus cosas y terminó de recogerlas todas, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Yo, sin saber muy bien qué podía haberle pasado por la mente al profesor (¿de verdad tanto le importaba que llegase o no tarde para ponerse así?), le seguí. Algo me decía que la acababa de cagar.

—Espere un momento, profesor...

—La cuestión es simple: —dijo parándose en la puerta y dándose la vuelta un momento— si no quieres que te castigue, no llegues tarde. No hay más.

Salió por la puerta y yo me quedé allí con cara de bobo. Para cuando por fin reaccioné y saqué la cabeza por la puerta, el gafas ya se había esfumado por alguno de los pasillos secundarios que cruzaban el pasillo central del segundo piso. Suspiré y salí yo también, en dirección a la clase de Ampliación de Inglés.

Pasé las siguientes dos horas aburrido como un muerto. La modorra me había abandonado ya por completo y, para mi frustración, cada minuto pasaba lenta y monótonamente, como si supiera que cuanto más lento fuera peor para mí. Como añadidura, por si no había tenido ya bastante esa mañana, María había decidido que quería seguir cabreada conmigo y se pasó la clase entera de Matemáticas ignorando mis intentos de hablar con ella, incluída la notita que le pasé a través de Clara, una de sus amigas, que parecía más bien divertida con todo aquello. María cogió el papel sin mirarlo y se lo pasó a Oliver, que puso cada de circunstancias al leer que le decía “Quiero hablar contigo, no me ignores, por favor” porque para empezar él no estaba ignorándome y porque cuando quería hablar con él hacía el típico gesto masculino que significaba “eh tío, luego te cuento una cosa”. Le indiqué que ignorara la nota y planté la barbilla en la mesa, girando la cabeza en un ángulo raro para ver si así cobraban sentido los números que Julio estaba haciendo en la pizarra.

Cuando acabó la clase y sonó el timbre del recreo me levanté lo más rápido que pude para agarrar a María y que no se escapase pero esta ya se había hecho su escudo particular de chicas con Clara, Silvia, Andrea, Estella y Sara y se dirigía a la puerta. ¿He comentado ya lo mucho que odio que las chicas vayan en grupo hasta al baño?

Pero aquella vez no se iba a zafar de mí tan fácilmente así que la seguí al patio y cuando vi un hueco entre faldas, pantalones pitillo y abrigos que no tenían que dar el más mínimo calor, alargué la mano y la agarré para sacarla del círculo entre sus protestas.

—¡Adrián, suéltame! ¡Estoy cabreada, ¿sabes?! ¿No entiendes el significado de la palabra o qué?

—No cuando te enfadas sin razón —le respondí, haciéndole un gesto a sus amigas para que nos dejaran en paz un rato. Ella se indignó.

—¿Sin razón? —dijo ella—. ¡Has vuelto a llegar tarde! Te dije que pusieses despertadores.

—¡Y los he puesto!

—Ya. ¿Cuántos? ¿Uno? ¿Dos? Sabes perfectamente que eso no es capaz de despertarte. Aunque a lo mejor ni siquiera me has hecho caso y simplemente te has puesto a dormir como siempre, dejando que te despierte tu madre —se burló.

Debía de estar realmente cabreada pero ahora me estaba calentando yo.

—Te equivocas —le dije.

—¿Ah, sí? ¿Cuántos despertadores pusiste? —volvió a decir con aire de burla.

—¡CUATRO!

Odiaba cuando ponía esa expresión de burla y se negaba a escucharme así que el grito me salió automático. María me miró con algo parecido a una leve alarma en la mirada y yo traté de calmarme. Venga, Adri, me dije, respira, expira... Lo siguiente ya lo dije en tono normal.

—Cuatro. Puse cuatro despertadores, y el móvil. Cinco en total, eso es lo que trataba de decirte.

—Vaya...

Sí, vaya. Vaya mierda, pensé yo.

—Lo siento, Adri, pensé que no me habías hecho caso.

—Nah, más lo siento yo. Te he gritado como un energúmeno —dije.

—Sí, pero sólo un poco —dijo ella tratando de salvar la situación.

—Bastante.

—Vale, sí, bastante. Eres un energúmeno que ha gritado como un energúmeno. ¿Contento? —declaró dándose por vencida.

Yo esbocé una sonrisa.

—Mucho.

Ambos nos echamos a reír en el preciso momento en el que Oliver se nos acercaba con cara de malas pulgas. Al parecer había oído el grito y venía a defender a María pero al ver que ya no había nada que defender se quedó un poco descolocado. Finalmente se encogió de hombros y me pasó un brazo por encima.

—Hey, colega. ¿A qué ha venido ese grito? —dijo.

—Ha sido un grito de energúmeno —le respondí.

—No no, ha sido el grito de energúmeno de un energúmeno —matizó María, y los dos nos echamos a reír otra vez. Obviamente, Oliver no se estaba enterando de nada.

—Am. ¿Y se puede saber a qué ha venido el grito de energúmeno de este energúmeno que tengo aquí a mi lado? —preguntó de nuevo.

—Resulta que Luis, el nuevo de Literatura —Lengua y Literatura, pensé yo para mis adentros— exige puntualidad absoluta en sus clases y ya sabes cómo es el energúmeno, ha vuelto a llegar tarde —respondió María.

—Ah, con que es eso —dijo Oliver, como si eso lo explicase todo. Aunque sí que lo explicaba todo, no había sido capaz de llegar a tiempo a una primera hora desde hacía tres años ya.

—Pero esta mañana Luis te ha perdonado, ¿no? —intervino Clara, que había vuelto a su lado con el grupo de chicas una vez habían visto que los ánimos se habían enfriado.

—Sí, pero no lo va a volver a hacer —me lamenté—. Es más, cuando ha salido de clase parecía súper enfadado.

—Oh...

—Y todos sabemos que no voy a ser capaz de levantarme a la hora —añadí.

—No, no lo sabemos.

La voz vino de María, que parecía acabar de tomar la decisión más importante de su vida. Todos la miramos sorprendidos.

—Hay muchas cosas que todavía no hemos probado. Podemos ponerte más despertadores en el cuarto, probar con una radio que se encienda a una hora determinada, que vaya yo a despertarte...

—Ah, no, no, ni de coña. De ti no me fío —dije rápidamente, haciendo que todos estallaran en carcajadas.

—Cuando mi hermano quiere levantarse temprano pone el despertador y un vaso de agua al lado y siempre que va a apagarlo se le cae encima y acaba mojado. Y ya no se duerme —dijo Sara, en un intento de ayudar. La idea me produjo un escalofrío.

—Yo me suelo despertar por la noche porque me destapo, quizás si duermes sin taparte te despiertes antes —sugirió Silvia a su vez.

—No sé yo... —dije, pero mi voz fue ahogada por María, que miraba a sus amigas con arrobo.

—Te compadezco, compañero —me dijo Oliver todavía con el brazo encima de mis hombros mientras veía cómo las chicas se daban ideas unas a otras.

—Yo también —dije sinceramente.

Parecía que allí estábamos de más así que Oliver me propuso jugar un partido (maravillosos partidos de Oliver, los consideraba la panacea) y juntos nos encaminamos al medio campo dejando a las adolescentes histéricas que eran las chicas planeando mi muerte en su esquinita al lado de las escaleras.
Antes de ponernos a jugar tuve una sensación rara y alcé la cabeza para mirar el corredor acristalado del segundo piso que se erguía en frente del campo de fútbol. El gafas estaba allí, mirando al patio con aire distraído. No sé qué me dio pero alcé la mano para saludarle con una sonrisa. No voy a decir Si Luis no me vio... porque me vio, y nada más verme se dio la vuelta y se alejó del ventanal, como con aire ofendido. Yo me quedé donde estaba, con la mano en alto y de nuevo cara de estúpido. Cuando sonó el silbato de Oliver, indicando el principio del partido, me di la vuelta y me dirigí a la pelota corriendo. Había veces que los profesores eran tan difíciles de entender que me preguntaba si vendrían del espacio.

Fin de Preséntese, por favor ✓

viernes, 2 de diciembre de 2011

BROMAS APARTE - Cap 1 (Parte 3)

A las siete María se pasó por casa —previa llamada para asegurarse de que había acabado con los deberes y que no tenía nada más que preguntarle— y entre los dos nos dedicamos a poner verdes a los dibujos animados que había en ese momento. Finalmente Ana se fue a la cocina a terminar un dibujo que le había prometido a Marina y María y yo nos quedamos a solas en el salón viendo Hora de aventuras.

—¡¿QUÉ?! —preguntó María cuando le conté lo que había pasado esa tarde—. ¿Me estás diciendo que ese tío bueno que tenemos por profesor de Literatura vive a dos manzanas de nuestra casa?

Nuestras casas, querida María —puntualicé masajeándome los oídos. Ese grito me había dejado sordo—. Pero sí, el gafas vive por aquí.

—¿El gafas? ¿Ya le has puesto mote? Y no es el más original precisamente... —murmuró, como si no la pudiera oír, sentada como estaba a mi lado en el sofá.

—Bueno, lleva gafas —me defendí—. Pero de todas formas, ¿tan bueno os parece que está? Yo lo único bueno que le veo es la cara. Es un tirillas, seguro que ese tío no ha hecho ejercicio en su vida.

—Aunque a ti pueda parecerte que el deporte es todo en la vida y que un par de brazos como jamones ibéricos son el mejor complemento para una chica, afortunadamente nosotras no pensamos lo mismo. Lástima que tú no seas más que un puñado de músculos y poco cerebro. ¿Dónde has perdido las neuronas, Chuck Norris? —dijo ella en son de burla dándome en la frente con el dedo índice.

Yo me hice el ofendido.

—Ya, pues que sepas que yo soy mucho mejor que él, estoy mucho más bueno y...

—¿Y?

—Y hago tortitas —dije recurriendo a una baza inesperada que se me acababa de ocurrir.

María se quedó momentáneamente callada. No había otra cosa que pudiera callar a María más que las tortitas. Lloraba por ellas, rogaba por ellas, mataba por ellas.

—Seguro que un hombre tan bueno como él sabe hacer tortitas de todos los tamaños y colores. Y mejores que las tuyas.

—Ya, seguro. NADIE hace las tortitas mejor que yo —me pavoneé.

—Por supuesto, por supuesto. Oye, ¿y cómo hemos acabado hablando de tí, Jonás? Volvamos al tema candente. ¿Qué llevaba puesto? —dijo María, decidida a olvidar su momento de debilidad.

—Eh... llevaba... ¿ropa?
Respondí lo primero que se me ocurrió y María me miró como si me estuviera perdonando la vida.

—¿Yo qué sé? Pues pantalones, lo normal, ¿acaso querías que llevara falda? —pregunté intentando salvar la situación. No tenía yo como hobby precisamente el ir mirando qué llevaban puesto los demás tíos a mi alrededor.

—Adrián, hay veces que me pregunto seriamente si eres así de tonto o si finges serlo. Dejemos el tema de la moda de lado. ¿Llevaba gafas como en clase? ¿Cuál dijo que era su casa?

—Pues sí llevaba gafas y me dijo que se acababa de mudar a ese edificio de pijos con la portería azul que hay cerca de la Rotonda de Marzo.

—Awwwwww —dijo ella poniendo cara de cordero degollado. Yo puse cara de asco, ganándome una colleja.

—¡Au!

—No te burles de los sanos sentimientos de una dama.

—¿Qué dama? Yo aquí no veo ninguna —dije moviendo la cabeza de lado a lado para observar la habitación en su totalidad.

—Adriáaaaaaaaaaaan...

Cuando mi madre llegó a casa ni me enteré, ya que estaba corriendo alrededor de los sillones del salón con una María furiosa tras mis pies, y casi la atropello. Como buen hijo de mamá haría me puse a su espalda y dejé que me protegiera de la bestia parda en que se había convertido mi amiga. Y mi madre, más en solidaridad con la bestia parda antes que con su propio hijo, la invitó a cenar. Mierda.

Al final el día acabó sin más percances ni peligrosas amenazas de asesinato pero cuando María volvió a su casa no lo hizo sin antes darme un consejo:

—Yo que tú, Adriancito de mi corazón, registraría la casa entera en busca de despertadores y los pondría todos en hora para que mañana tuvieras alguna oportunidad.

—Sabes que no va a funcionar —objeté.

María se puso seria y me miró a los ojos.

—La esperanza es lo último que se pierde. Y mejor esto que que te fuerce a ir al psicólogo, ¿no? —hizo una pausa—. Al menos inténtalo, no puedes seguir tu vida de esta manera.

Lo dijo con un tono tan lastimero que no pude hacer otra cosa que darle un abrazo y prometerle que pondría la casa patas arriba en busca de los dichosos despertadores. He aquí lo que una amiga de la infancia puede llegar a hacer contigo si te pilla por las partes convenientes. Escalofriante.

Al final me fui a la cama con cuatro despertadores en la cabecera de la cama, además del móvil, todos puestos en hora y con la alarma activada para que me despertaran al día siguiente a las siete y cuarto. “Tiene que funcionar”, me dije a mí mismo antes de apagar la luz y cerrar los ojos.

*****

Al día siguiente lo primero que salio de mis labios fue una palabrota. Sí, estaban todos los despertadores sonando, sí, me había despertado. No, no iba a llegar a tiempo. ¿Porqué? Porque el dichoso cerebro de Adrián Estébanez está programado para no despertarse cuando debe, para ignorar los pitidos del despertador (en este caso de los despertadores), para ignorar las tres llamadas que de camino al instituto vi que me había hecho María. Estaba hasta las narices.

Lo mejor fue la cara del gafas.

—De nuevo, tarde.

Me miraba con lo que sólo se podría denominar como una mirada asesina. Si hubiera sido un perro, habría bajado las orejas.

—Lo siento mucho profesor.

—Ya. ¿Y tienes alguna buena excusa? —preguntó. Puede que me perdonara y todo.

—No escuché el despertador.

—He dicho buena.

Pues no, no me iba a librar. Negué mirando para otro lado y maldiciendo contra mí mismo. Si me castigaba no me quedaría otra que apechugar. Luis suspiró.

—Por hoy está bien, pero no quiero que se vuelva a repetir. Si el jueves vuelves a llegar tarde, el castigo será el doble de malo. ¿Estamos?

Me quedé con la boca abierta. No me creía lo que acababa de pasar. Vale que los profesores sustitutos normalmente no fueran muy duros pero el gafas tenía de duro lo que yo de madrugador. Luis carraspeó, todavía esperando la respuesta, y yo salí de mi trance.

—Eh, sí. Sí, claro.

Me dirigí a mi asiento, al lado de María, como siempre y apoyé la mochila en la pata de la mesa, mirando al gafas mientras nos daba la espalda para escribir en el pizarrón.