miércoles, 22 de diciembre de 2010

AFTER XYZ - Prólogo

PRÓLOGO
Primer sueño

La luz de las farolas inundaba a medias las calles de la ciudad colonial, creando todo tipo de sombras entre las jambas de las puertas y las maderas que sujetaban los pisos inferiores de posadas y bares. Era una noche tranquila, todo lo tranquila que podía ser esa noche en particular en esa ciudad. Había diversión en cada edificio y la gente que salía de cada lugar llevaba una sonrisa estampada en la cara más eficazmente que si se tratara de un sello.
Mujeres altas y bajas, hermosas y un tanto desagradables a la vista, caminaban del brazo de maridos, hermanos y padres, o simplemente de unos labios juguetones conocidos aquella misma tarde. Lo mismo daba que el primer vistazo hubiera sido hacía un par de minutos.

Un edificio en particular parecía realmente lleno y, por la cantidad de muchedumbre que se agolpaba a sus puertas, ciertamente popular. Ahora sólo se oían risas pero minutos antes todavía podía uno escuchar la función sin tener que pagar para presenciarla. Si bien es verdad que no se conseguía la misma calidad de sonido.

-¡Oh, señorito Warren! Por favor, ¡quédese un rato más por una vez! -rogó una voz femenina que prometía algo más que una dulce conversación a la luz de las velas.

El citado caballero lucía una melena ondulada recogida con una tira de cuero y una sonrisa amable con la que trataba de declinar el ofrecimiento. Como todos los hombres allí presentes, su atuendo consistía en unos pantalones largos y una chaqueta de corte elegante, no tanto como para acudir a una boda pero adecuados para asistir a una agradable velada en el auditorio del teatro. Tocándose con una mano el sombrero y haciendo una pequeña inclinación de cortesía, el hombre se despidió de la dueña de tan sugerente voz y de su compañera antes de dar media vuelta y enfilar por la calle llena de gente. Ambas damas suspiraron tanto de decepción como de deseo; por una vez que habían casi conseguido conquistar al soltero de oro de la época...

Se decía mucho del joven Warren, que realmente no lo era tanto, hijo de un gran mercader británico afincado en las costas de Génova. Un gran mercader a juzgar del ojo que había tenido para enviar a su propio hijo a darle el visto bueno a la mercancía que del Nuevo Mundo podían sacar. Y el que John Warren hubiera delegado tarea tan importante en su hijo, un auténtico bohemio que le llamaban algunos, amante de la música y del violín hasta casi un nivel enfermizo, devorador insaciable de toda literatura que cayese en sus manos... daba que pensar. Daba que pensar que quizás el joven heredero fuera merecedor de más confianza de la que parecía. Hecho que se había demostrado con creces.
Christian Warren, el joven de apenas veintinueve años que cruzaba las calles saludando a personajes importantes y a los que no lo eran tanto, no se definiría a sí mismo como “el soltero de oro” de aquellas tierras, pero pocos quedaban todavía que no compartieran esa misma denominación. Los murmullos le seguían a sus espaldas y aunque todos eran buenos, le creaban una fama a base de rumores que a él no le acababa de gustar. Sobre todo cuando insinuaban cosas como que ninguna mujer había tocado nunca su corazón pero que cualquiera que lo escuchase acariciar el violín caería a sus pies sin remedio alguno.

Un suspiro salió de sus labios al venirle a la mente la frase que la mujer del mercader Orlanos le había susurrado el día anterior al oído, pidiéndole confirmación de si la mismísima reina Victoria había llegado a pedirle unos acordes. Ciertos rumores eran increíblemente estúpidos pero la gente no parecía caer en ello con facilidad. Y cuando los desmentías, la mitad iban a parar de nuevo a más oídos desprevenidos que se los volvían a creer, comentando su modestia, mientras los demás devenían en rumores más extraños.
En cierto modo, la dulce noche que hacía ese día de verano era como una bendición para sus oídos, especialmente cuando dejó atrás el grueso de la urbe para internarse por los caminos secundarios que lo llevarían a su casa. Vivía a las afueras, en una gran casa que consideraba demasiado para él, aun cuando le gustase dar trabajo y hospedaje en ella a las gentes del lugar que en otras propiedades serían esclavos pero en la suya sólo criados.

Se aflojó un poco el nudo del pañuelo, que llevaba pegado al cuello, y se maravilló una vez más de la diferencia climática que había en las Indias con respecto a Inglaterra. Ese era otro punto. Muchos lo consideraban por lo que hacía con los esclavos o un santo o un loco. Un esclavo era un esclavo, ¿para qué pagarle? Pero para Christian eran personas y por tanto había que respetarlas. Gracias a esto se había ganado el afecto y el cariño de las gentes a las que protegía y más de una vez le habían ofrecido a escoltarle de vuelta de la ciudad a la mansión pero Christian lo consideraba innecesario. ¿Quién le iba a hacer daño a él sobre todas las personas en aquel bello país?

En esto pensaba cuando unos pasos comenzaron a oírse tras él. Fue de repente, como si se hubiera materializado sobre la grava. Se giró y unos ojos hundidos le devolvieron la mirada tras un rostro demacrado, haciendo que se preguntara si no tendrían razón aquellas sabias y supersticiosas gentes. Se aclaró la garganta pero la otra persona habló antes.

-¿Es usted Christian Warren? -preguntó el extraño con una cascada pero aún así susurrante voz.

El interpelado se sorprendió pero considerando que sería de mala educación callarse contestó que sí. Igual le necesitaba para algo o tenía algún problema con él.

-Me han dicho que usted es una buena persona, que se le puede pedir cualquier cosa necesaria y usted haría cuanto estuviera en su mano para cumplir con la palabra dada. ¿He sido mal informado?

-No, pero... -ahora sí que se encontraba perplejo. Dio un paso al frente con una sonrisa amistosa que le habría valido unas cuantas miradas de desaprobación. Cierto es que a veces tenía la extraña manía de ponerse en peligro por nimiedades pero si había en juego algo que otra persona considerase importante no se le podía pedir gran claridad de mente, era todo disposición-. Me gusta ayudar a las personas con problemas, eso es todo. De todas formas, es un poco tarde para hablar de esto, ¿no cree? ¿Porqué no viene mañana por la mañana...?

-No será necesario.

Un paso, y lo tenía al lado. Pillado por sorpresa de una forma que no entendía ni entraba en su concepción de la realidad, Christian sintió sobre su hombro, justo al lado de su oreja, la respiración del otro hombre, el sonido de su vida. Sonaba barboteante, cascada, como si tuviera años detrás y litros de alcohol se insinuaban en su aliento. Trató de apartarse pero unos brazos lo inmovilizaron y la luna, oculta por las nubes, no le facilitó la tarea de forma que le permitiera ver qué estaba ocurriendo. Sólo sombras.

-Lo único que tiene que recordar es algo realmente muy sencillo... -la respiración dejó de sonar junto a su oído y la espera se hizo eterna-.Mi cuerpo anhela la muerte.

Un repentino dolor le traspasó el cuerpo de arriba a abajo, empezando por su cuello que notó mojado y ardiente. Algo le desgarró la piel y la carne y las rodillas se le doblaron, tirándolo al suelo. Boqueó, sintiendo cómo la vida se le escapaba de las manos, y un líquido inundó su boca. Trató de echarlo pero algo se lo impedía y, sacudido por espasmos, se lo tragó. Su conciencia se fue perdiendo en la bruma y en poco desapareció.
El otro hombre se sentó al lado del cuerpo yaciente y, simplemente, esperó, toda la noche, escuchando los sonidos del llamado Nuevo Mundo por españoles, portugueses y británicos por igual. La única respiración no era la suya, a intervalos, y cierto tiempo después también dejó de oírse para dar paso a otra cosa. Los gritos surgieron de la oscuridad a su lado, y no paraban.

Corría el siglo diecisiete en aquél entonces y aquella noche algo se originó. Algo empezó y muchas cosas terminaron. Una ciudad entera se sumió en el silencio sin previo aviso y la historia pronto olvidó su nombre. Todos, menos él.

martes, 16 de marzo de 2010

Yo - Fanfic Road D Gray Man

Yo, que odiaba el blanco con toda mi alma.
Yo, que vivo entre negros absurdos donde la vida es incierta.
Yo, que arrebato almas al mundo con indiferencia.
Yo, que esparzo oscuridad a mi paso como si la llevara pegada a la suela de mis zapatos.

Quedé atrapada en el gris de tus ojos, que se tiñen de rojo de igual manera que lo hacen mis manos sin descanso de día y de noche;
deseando tocar tus cabellos con estas uñas que, impías, sangran lágrimas sin dolor propio;
soñando con besar esos labios incoloros tuyos, y morderlos y desgarrarlos como una fiera muerta de hambre;
anhelando manchar ese cuerpo sin mácula que parece vivir sin disfrutar de la vida;
muriendo sin morir puesto que se me comen los celos, mientras mi respiración se acelera una y otra vez.

Quiero arrancarte ese corazón que se esconde en tu pecho y meterlo en una pecera para conservarlo para siempre.
Quiero cortar tu cuerpo a cachitos y guardarlo en muchas cajitas para poder diseminarlas por mi cuarto como si fuera una obra de arte.
Quiero cortar tus cabellos y hacerme un collar de hilos que sangre y tenga una placa con tu nombre para poder demostrar al mundo que eres mío y de nadie más.
Quiero tantas cosas amor mío...

Quiero matarte pero a la vez conservar tu vida;
quiero hacerte daño y a la vez curar tus heridas;
quiero hacerte gritar pero también que toques para mí la más bella de las melodías;
quiero cristalizar tus ojos pero también que me dirijas tu mirada con una sonrisa.

Y sé que esto está mal pero no puedo rechazar ninguno de los dos caminos así que soñaré uno intermedio.
En el cual te haré buscar venganza y venir a buscarme, de manera que te pueda atrapar con estos malignos y por siempre malditos brazos y no escapes jamás.
Porque me costará pero lo conseguiré.
Te encerraré en esa jaula que soñé hace meses, la primera vez que nos encontramos y me miraste con inocencia más tarde convertida en odio.
Y ataré tus brazos y manos, para poder tocarte con más comodidad.
Y clavaré en ti estacas como las que decoraron tu cuerpo la primera vez que cruzamos espadas.
Y disfrutaré de tu dulce voz gritando mi nombre igual que canta el ruiseñor herido que no puede volar en su prisión de aire.
Y rodarán por tu rostro lágrimas rojas de dolor y sufrimiento, incitándome a probar su dulce sabor.
Y con el tiempo aprenderás a callar e ignorarás mi presencia, sin expresar tu rabia.

Pero nunca te dejaré ir y nunca volverás a volar.

domingo, 17 de enero de 2010

El ángel de la lluvia

Era un 7 de Agosto, yo caminaba por la acera de mi pequeño pueblo costero, mirando el mar, la gente que pasaba, los bonitos escaparates de las tiendas... Iba caminando, simplemente, sin fijar la vista en ningún punto en concreto, pensando, sencillamente, que hoy era mi cumpleaños, que había quedado, que era feliz, porque la persona que más amaba se había acordado de esa fecha tan especial, para los dos, puesto que justo un año antes nos habíamos conocido.

Era una tarde lluviosa, yo estaba en la playa, bajo toda esa agua, pensando sólo en una cosa. En que mis padres no me querían, que no me quería nadie... que no era nadie.
No lo vi llegar. Ya lo tenía encima cuando noté su sombra cubriéndome, cubriendo esa figura que se acurrucaba, temblorosa, sobre una roca, con los brazos alrededor de sus piernas y la cara entre ellas, para ocultar las lágrimas que rodaban sobre sus mejillas.
Levanté la cabeza de su refugio y fijé mis ojos grises, sin vida, en los suyos, trozos de hielo color azul, que horadaban mis pupilas sin poderlo evitar. Se agachó, lentamente, con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco que pudiera asustarme. Tendió sus manos hacia mis brazos, con delicadeza, como si fuera la cosa más frágil del mundo.

- ¿Qué te ha pasado? - levantó una mano hacia mis ojos para recoger una de esas lágrimas que se escapaban de mis ojos - ¿qué es lo que ha hecho llorar a la criatura más bella que se podría encontrar en este mundo?

Me miraba de esa forma, como sólo podía mirar alguien que no quería perder algo... ¿qué era eso que no quería perder?
Levantó la mano con la que unos segundos antes había atrapado mis lágrimas para coger mi barbilla con una delicadeza y una ternura nunca imaginadas y obligarla a mirarle más de cerca.

- ¿Nadie te quiere? - me preguntó. Sólo necesitó bucear en mis ojos para averiguarlo - Entonces, yo seré quien te ame.

Acercó su cara a la mía y cerró sus ojos, haciendo caso omiso de la lluvia a nuestro alrededor, regalándome el beso más hermoso que nunca hubiera podido imaginar.

Por aquel entonces, yo andaba perdida, sin saber qué hacer. Esa vez que me encontró fue una de mis muchas salidas a solas a la naturaleza, dejando en sus manos la curación de mi alma.
Lo que él hizo fue mucho más que eso, curó mi corazón con las mismas palabras con las que el viento me dijo que me lo robaría. No lo robó, se lo regalé.

Crucé la calle, dirigiéndome al sitio donde él y yo habíamos quedado, el mismo sitio donde, un año antes, me había encontrado, donde, sin hacer caso alguno al agua, nos habíamos prometido en silencio que nos amaríamos eternamente.
Llegué al último cruce, el único obstáculo que quedaba entre la fina arena del mar y yo. En ese instante, lo vi, estaba al otro lado del cruce, sonriéndome como sólo él sabía hacer, con el amor brillando en sus ojos.

Ni lo pensé. Empecé a cruzar el paso de peatones, corriendo hacia sus brazos.
No me di cuenta. Sucedió todo tan rápido, que no tuve tiempo de ver nada. Al segundo siguiente, estaba en el suelo, sosteniendo entre mis manos, sobre mi regazo, su cabeza llena de sangre. Acaricié sus cabellos color azabache y miré sus ojos azules, que tan sólo pedían perdón por no poder quedarse conmigo. Le abracé, allí, en medio del cruce, con un mar de lágrimas brotando de mis ojos, entre ese gentío que observaba, algunos con pena, otros con horror, otros llamando a una ambulancia... A pesar de saber que no iba a llegar a tiempo.

Yo me quedé allí, con su cabeza sobre mis piernas, viendo como levantaba la mano izquierda para acariciar mi mejilla, esbozando la última sonrisa de su vida, cerrando sus bellos ojos azules... Para siempre.

Y aquí estoy ahora, derramando mi mirada sobre el mar, encima del acantilado desde el que él me vio ese día, acurrucada sobre mí misma. Levanto la vista hacia el cielo, donde no se ve una sola nube que presagie tormenta. Vuelvo la vista hacia el sol, atisbando por los pelos una figura, que me tiende su mano. Sonrío, claro que iré. Es lo único que he deseado siempre, estar con él, para toda la vida, durante toda la eternidad.
Adelanto un pie y doy el paso que me llevará a su lado. Mis cabellos cobrizos ondulan al viento, mi vestido se mueve a su compás, y mi mano busca la suya, para que me guíe, me lleve. Con él. Por toda la eternidad.