viernes, 17 de febrero de 2017

Retos ELDE 03: Ground me

La semana pasada mi seguridad me jugó una mala pasada y todo fue culpa mía.

Los golpes, las explosiones... Un golpe bien dirigido a los ojos y estaba fuera de juego. Cuando me desperté notaba el aire rancio, de espacio cerrado, y cuando intenté abrir los ojos no pude. Empecé a hiperventilar más todavía cuando me di cuenta de que mis ojos ya estaban abiertos y no veía nada. Luego mis manos tocaron las cuatro paredes y entré en shock.

No es bonito, para nada, que te entre el pánico de tal manera que no puedes ni moverte. Por suerte Mari había venido conmigo esa vez porque decía que el asunto no le daba buena espina y pronto me sacó de allí. Al parecer alguien se había fijado en que no era el superhéroe más resistente de todos precisamente y había aprovechado. Era una trampa. El resultado: un edificio en llamas y cinco muertos, otros tantos heridos y un superhéroe ciego y catatónico. Todo por mi culpa. Me pasé una semana durmiendo en el jardín hasta que por fin me sentí a gusto entrando en la casa. Por suerte mi ceguera desapareció casi de inmediato y aunque tenía que tener cuidado por los posibles efectos secundarios de la conmoción cerebral al menos podía ver.

—Ariel, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? De verdad que no me parece buena idea —dijo Mari tentativamente desde la consola de mando.

Yo solo podía pensar en mi fracaso. Un pequeño agujero negro se había abierto en mi estómago y se alimentaba de mis inseguridades y miedos más profundos. ¿De qué sirve un superhéroe que se derrumba a la mínima? ¿De qué me sirve poder atravesar objetos sólidos si en un momento de pánico entro en shock y no puedo acceder a ellos?

—Estoy seguro

Iba a arreglarlo. A arreglarme. Terapia de shock, que lo llaman, ¿no? Una vez en el centro de la estancia respiré hondo y señalé a Mari con un gesto. Tras una breve vacilación cuatro paredes metálicas se alzaron rápidamente sobre mí hasta formar una caja. Un milisegundo después la tapa se ajustó y todo quedó en la oscuridad.

Oscuridad. Lo más lógico en estos momentos sería mirar adelante y salir a través de las paredes. Pero la lógica no actuaba bien en estos casos. El pulso se me aceleró de repente y mis pupilas se dilataron, buscando luz. Mi cuerpo intentaba moverse pero lo único que conseguía era temblar, estremecerse. Tenía que actuar, mi mente lo sabía, yo lo sabía, pero era incapaz de mover un dedo. Oscuridad y terror. Terror de nada, igualmente efectivo. Traté de arrodillarme y abrazarme, sentir algo, tocar algo a lo que me pudiese agarrar. Pero la tela era resbaladiza como la de mi traje y no había tracción suficiente. Sentía que me caía, que me resbalaba, una caída infinita por un mar infinito de aire que se juntaba para producir nada.

Respira, respira. Tú puedes hacer esto, tú has querido hacer esto. Si no eres capaz de salir de esta situación simulada no te mereces ser un héroe. No eres un héroe. Un héroe no se comportaría así. El suelo no sería sólido si dejases de hiperventilar —pero aquí no hay nada—, solo un poco de acción —¿para qué?—. Muévete. MUÉVETE.

— ...-el... -riel...

Oía algo pero no sabía qué era. No era nada, me lo estaba imaginando. Aquí solo estaba yo. Yo y mis pensamientos, yo y la oscuridad.

— ...-riel!

Me lo estoy imaginando, no es nada, no puede ser nada. Estas voces son mías pero no las quiero. ¡Que se vayan! ¡Dejadme en paz!

—¡ARIEL!

Algo me estaba tocando de repente. Algo cálido y frío a la vez, suave. ¿Qué es esto? Esto es nuevo, pero familiar. Yo he sentido esto en otra ocasión. La mano se movió y yo moví la cabeza siguiendo el movimiento. ¡No te vayas!

—Eso es, Ariel, sígueme, estoy aquí. Concéntrate en mi voz, ¿puedes oírla?

Puedo oírla, puedo oírte. Asentí con la cabeza nerviosamente.

—Bien bien, ¿y me sientes? Estoy aquí, abre los ojos.

Abre los ojos. ¿Los tenía cerrados? Una pequeña raja de luz apareció en mi visión y sin importarme la ceguera del cambio repentino los abrí. El garaje. Yo seguía temblando.

—Está bien, Ariel. ¿Ves? Hay luz, hay espacio. Tranquilo. Dime qué colores ves.

Lo que parecieron horas nos quedamos allí, arrodillados en el suelo, conmigo fijándome en formas y colores y diciéndolos en voz temblorosa. Finalmente alcé una mano y la posé sobre la suya.

—¿Ariel?

—Mari.

Ella pareció derrumbarse.

—Dioses, no me hagas esto otra vez —añadió la voz pequeñita—. Por favor.

—Lo siento.

Su mano era cálida y grande, con dedos largos y fuertes, como siempre. Familiar, bienvenida. ¿Qué haría si no existiera?

—¿Qué haría yo sin ti?

Una pequeña risa se hizo oír en el silencio.

—No lo sé. ...¿puedo tocarte?

—Ya estás haciéndolo.

Una pausa.

—¿Puedo abrazarte?

—...sí.

El abrazo llegó rápido pero delicadamente, consciente. El pelo le olía a romero y yo aplasté la cara contra él, dejando que me envolviera. Ella me acarició la cabeza con una mano, enredando sus dedos entre mi pelo.

—Sé que quieres librarte de ello. Sé que no te sientes bien pero esta no es la manera correcta de hacerlo. Las terapias de choque nunca funcionan. Quería que te dieras cuenta porque nunca me habrías hecho caso si te hubiese dicho que no. Pero nunca más. Tus fobias no te hacen peor persona ni te incapacitan como tu crees —su voz era suave, como si hablase con un cervatillo que ha perdido a su madre, calmadamente—. Ellos pueden tener a Phaser, pero Ariel es mío y no voy a perderle.

Y a eso, ¿qué habría podido añadir yo?

jueves, 9 de febrero de 2017

Retos ELDE 01: Soft and sweet

Mada tenía un sistema. Todos los años el mismo, para empezar con buen pie. El uno de enero, tras haberse ido a dormir tarde por la cuenta atrás en casa de sus padres y la abundancia del champán, llegaba la tranquilidad. Se levantaba tarde, sobre las once, y se quedaba un rato en la cama acariciando a su gato. Para que el monstruo en cuestión no la despertase a las cinco de la mañana pidiendo comida solo hacía falta llenarle el bol cuando llegaba a las tres así que ese día siempre disfrutaba de un Mimo más cariñoso de lo normal.

Una vez despertada y desvelada, Mada se preparaba una taza de café, cogía una bomba de baño y se daba un baño relajante tras ducharse rápidamente. Era una costumbre que le había robado a su hermano Ramón, que llevaba varios años ya viviendo en Japón y cada vez que volvía se deshacía en halagos por los furo, los baños japoneses. Era una costumbre increíblemente simple y, que si se reservaba para momentos especiales, no hacía a uno volverse una pasa muy a menudo ni sentirse culpable por agravar la sequía española. Aunque cada vez que veía un anuncio de el Canal de Isabel Segunda se encogía un poco igualmente de manera inconsciente.

Una vez consumido el café y completado el momento de relax, Mada se vestía con el jersey más grande que tenía y unos leggings y se apoltronaba en el sofá con una novela y un bol de cereales con leche. Y Mimo, que siempre que veía leche maullaba y se quedaba a su lado esperando un momento de despiste. Más de una vez había mirado a un lado y al volver al bol había pillado al monstruo con la lengua fuera y la cabeza en el bol de la leche. Minino malo. El uno de enero, sin embargo, no se lo estropeaba nadie y como ocasión especial no le reñía por ello. Se ve que Mimo ya le tenía cogido el tranquillo a la maniobra porque la repetía todos los años y ya ni fingía estar haciendo otra cosa.

El día transcurría tranquilamente con Mada leyendo y Mimo haciendo de almohada hasta la hora de la comida, momento en el que, como buena amante de las verduras, sacaba los utensilios de sus cajones y rápidamente se hacía un salteado en el wok para no perder tiempo en la cocina. De nuevo otro hábito sacado de su hermano el que tuviera una arrocera en casa y acompañase todo con arroz. Cuando comía se obligaba a esconder el libro y, en su lugar, ponía la tele. Pero todos sabemos lo amargadas que son las noticias y más cuando tienes un buen día, así que la solución era sencilla: Harry Potter. Gran fan de los libros, aunque no tuviera el mismo amor por las películas, con veinticinco años a sus espaldas Mada había crecido con ellas así que no había mejor momento para verlas. Además, una vez acabada la comida (y con ello los intentos de Mimo de robársela) la mente de Mada no iba tan rápido y podía ignorar todas las incongruencias que le encontraba a las pelis. Más de una vez le habían dicho que eran “pelis de noche”, como si hubiera una hora específica para ver una peli. Desde luego no pensaba ponerse las británicas a las cinco de la tarde.

El siguiente paso era sencillo: dormirse. Una buena siesta es marca española, aunque solo sea media hora, así que como todos los años Mada cogió una manta, permitió que Mimo se instalase en su pelo y entró en el mundo de los sueños.

El sonido de unas llaves girando en el bombín de la puerta la despertó. ¿Qué era esto? Estaba fuera del plan, su sistema no incluía visitas. Confusa pero sin saber si se lo estaba imaginando o no, Mada se encogió en el sofá y frunció el ceño. En respuesta un dedo desconocido pasó por el lugar mencionado delicadamente al mismo tiempo que una risa baja se hacía oír.

–Sabía que estarías aquí, no te conozco bien ni nada –dijo una voz familiar.

Entre bostezo y bostezo y sin querer abrir los ojos Mada giró la cabeza y atrapó la mano entre su mejilla y el sofá. Hm, estaba fresquita.

-¿Carle? – preguntó incierta.

–Ajá. Sabía que te ibas a pasar el día sola y aunque sé que es “parte de tu sistema” pensé que a lo mejor había un sitio para mí en el sofá –dijo la voz mientras el pulgar, el único dedo no atrapado, acariciaba su mejilla.

Haciendo un esfuerzo, Mada abrió los ojos lentamente y se encontró con unos rizos cortos y desordenados que enmarcaban una cara llena de pecas. Una cara que por lo que parecía, estaba bastante entretenida con lo que tenía delante. Sus ojos reían.

–Hm, en el sofá solo cabe Mimo.

–... tú lo que no quieres es que te quite espacio, ¿eh? –rió.

Mada frunció el ceño de nuevo, poco convencida.

–He traído roscón, con nata –apuntó Carle.

Eso no era justo.

–Supongo que te puedo hacer un hueco –recapacitó.

Las mejillas de Carle se estiraron y apretó los labios, conteniendo la risa, pero aún así dejó la bolsa (en la que Mada acababa de reparar) y se hizo un hueco debajo de la manta tras quitarse las zapatillas.

–¿Ves? ¿A que no es un mal cambio? –preguntó abrazándose a Mada–. Me encantan tus curvas.

–Bueno... –la susodicha se dejó abrazar, apaciguada por el cumplido.

Se podía repetir.